Hombre, Cultura y Libertad

Artículo escrito por Teresita Vera

La libertad, como la justicia o el bien común, más que como una realidad constitutiva del ser humano, se presenta siempre con anhelo. Así resulta que la cuestión de la libertad se trasforma en el deseo de ser libre que todo hombre tiene en la historia sin fin que describe ese deseo. En esta búsqueda, el hombre aprende a ser libre. Y la civilización occidental da cuenta, acumulativamente, de este aprendizaje y de sus resultados hasta nuestros días. En ese ejercicio lo primero es poder elegir. Esta es, invariablemente, la condición primera para transitar en el camino hacia la libertad. Y se trata de una primera condición en el sentido de base o de fundamento a todo lo que vendrá. Porque poder elegir llevará, inmediatamente, a la necesidad de saber elegir. Este segundo estadio humano tiene a su vez una condición: conocer. Es el conocimiento el que libera, o mejor aún, el que hace posible la libertad en el hombre.

La libertad es de este modo iluminadora, volviendo, por supuesto, oscura la realidad donde ella no es el valor principal. Y la libertad no puede ser un valor apreciado si la vida humana transcurre en el reino de la necesidad bajo el imperio de la ignorancia consentida. Allí donde se desprecie el conocimiento (La Razón), no será posible encontrar ámbitos de desarrollo para este anhelo natural del hombre. Cuando el ser humano “sabe” su posibilidad de ser más, de ser mejor, comienza una lucha en la que también tiene pequeñas y grandes derrotas. Pero lo que nunca se pierde es el deseo de construir la libertad para construir la vida. Porque este es el aprendizaje civilizador, es decir el aprendizaje social, cultural e institucional que le da un sentido superior a la existencia. Y en este permanente y cotidiano ejercicio de la elección está en juego, también, a cada instante, la totalidad de esa existencia y la posibilidad de su libertad. Cuando el hombre elige puede ocurrir que se sienta acorralado por la necesidad, y ésta será siempre enemiga de una elección libre: en primer lugar porque la necesidad es justificadora de errores y en segundo lugar porque es engañosa. Puede pensarse, desde ella, que se debe postergar la libertad hasta concretar, por otros caminos, las urgencias primarias de la vida. En esta argumentación, la libertad es considerada una necesidad secundaria, en sentido cronológico. En los hechos  y frente a determinadas situaciones límites esto “aparece” de este modo. Pero no lo “es”. Porque la condición de realización de una existencia no existe sin el requisito previo de la búsqueda de libertad para empezar a vivir. Si esto es comprendido así, entonces se está frente a la ideología de libertad y a la libertad como ideología. La primera remite al ejercicio individual del hombre, aquel cuya ideología es ser libre; la segunda lleva a la asunción social, colectiva, de la libertad como condición del desarrollo. Sin duda, estos son los caminos de comprensión que abren al hombre al espíritu y a la creación de sistemas de vida que permitan su desenvolvimiento en plenitud. Pero este ser “dotado” del anhelo de libertad que es el hombre, conlleva también la capacidad de resignar este anhelo, individual o colectivamente. Y así se lo ve inscripto en opciones donde su auto-censura oscurece su razón para conducirlo a adhesiones autoritarias donde desaparece el deseo de libertad. Estas “elecciones” lo terminan dejando sin poder elegirsin saber elegir, conduciéndolo de lo nuevo al difícil aprendizaje de ser libre, después de haber entregado su condición humana a alternativas que finalmente se descubrieron en toda su perversión. Este es el peligro de ser un “mal alumno” de la libertad. Este es el peligro, también, de subordinar el ejercicio de la libertad a valores secundarios que aparecen como contradictorios con ella y que debe saberse que, si lo son realmente, deben ser desechados y también que la mayoría de las veces no lo son, sino que se los presenta así porque el objetivo es el exterminio de la libertad.

Amor y temor a la libertad

¿Quién podría decir que no ama la libertad? Sin embargo, el esfuerzo interno y externo que su vigencia exige no siempre quiere ser asumido. Basta citar algunas frases comunes a esta afirmación: “ese es el precio de la libertad”, “la libertad tiene su precio”, etc. Pareciera así que se debe pagar por la libertad. Ahora bien, pagar qué y cómo. Sin duda la libertad es trabajo. Implica en sí una trasformación de las condiciones de la propia vida que luego debe transcender hacia lo social. Requiere un “sostenerse” casi épico en el valor que ella representa. La libertad exige militancia. Y toda militancia exige convicción y crecimiento. Es este crecimiento que garantiza la libertad el que “duele” y a veces angustia. La angustia de ser libres conduce, si no se transforma en la certeza de que la libertad es un bien idéntico a la vida, el temor. Y el temor de ser libres es el temor a la responsabilidad de ser dueños de la propia existencia individual y social. Este temor, alimentado socialmente por ideologías autoritarias y mesiánico-salvadoras, pueden hacer perder a hombre y pueblo su vigilia-alerta de la libertad. En las sociedades modernas los hombres eligen, cuando pueden, su lugar partidario, sus colores, sus emblemas. En este ejercicio de la elección a veces se olvida que la posibilidad de hacerlo es la vida en libertad. Sin embargo debe saberse que la libertad está más allá de los partidos pero no de los sistemas. Este conocimiento permite reemplazar el temor de la libertad por el temor al autoritarismo. Un sistema autoritario jamás preservará la menor libertad. Por el contrario, será garantía de su desaparición.

Libertad, creación y cultura  

El hombre es el ser transformador por esencia. El más pleno ejercicio de su libertad es, de este modo, su capacidad de crear. Portador de cultura, es, además, productor permanente de nuevos objetos culturales. Este motor humano, infinito en su potencialidad, es la justificación más precisa de su pasado por el mundo. De su creación dependerá la cultura y ésta tendrá la medida de la dimensión de la libertad alcanzada.

La vida en libertad es la condición de la creación cultural de un pueblo. Todo pueblo posee un espíritu. Pero no todo espíritu de un pueblo es libre. Esta es la cuestión cultural.

Si se subordina la creación a las necesidades primarias, a los objetos generales, a las reglas de juego de ideologías particulares, se habrá perdido la capacidad de crear por falta de libertad. Porque la cultura no participa de “lo que conviene” hacer o decir, la cultura, si es libre, hace y dice por sí, las grandes culturas del mundo son culturas de la libertad. Modelos de libertad donde la belleza como valor pudo desarrollarse. El sentido estético del hombre aparece cuando abandona su atadura en la caverna. Cuando libera su espíritu. Y cuando este espíritu le enseña el camino a la libertad, descubre y desoculta la belleza. Entonces crea y separa su esencia de lo animal en sentido puro: es humano. Esto parece simple porque ya fue hecho, pero lo que debe comprenderse es que ésta es una tarea de todos los hombres, todos los días. Porque más simple aún es volver a la condición primitiva y abandonar el esforzado camino de la dignidad de ser hombre, libre y creador.

Las ofertas de regreso a la caverna están siempre presentes en la historia. Y no son siempre desechadas. Porque su apariencia justificadora de males y errores es un canto de sirena. Pero una sociedad de hombres y pueblo que decide construir su cultura debe custodiar ese anhelo de vida, de belleza y de libertad, y por encima de todo saber que la condición de todos sus objetivos es la existencia de la libertad.

La cultura en sentido estricto

El arte, la religión, la ciencia y la filosofía son las más grandes creaciones culturales humanas y también las que más exigencia de libertad presentan entre todas las actividades del hombre. No podemos imaginar al artista censurado en su arte, aunque sí lo podemos encontrar “censurado” en sus necesidades primarias. ¿Cómo es esto? Aquí encontramos un modo de explicar esta condición insoslayable del ser libre. Puede limitárselo en todo, pero no puede esperarse de él una obra que no sea producto de su extrema libertad, de sus propias imágenes, de su anhelo estético. Si censuramos su modo, debemos saber que perderemos su arte. Si el artista tiene miedo, debemos olvidar su obra. El la guardara dentro de sí, si conserva su vida, pero sólo podrá crearla cuando conquiste su libertad. No hay arte sin libertad. Tampoco hay ejercicio confesional si éste es subordinado a principios superiores de convivencia. Y también la investigación científica, la aventura de la ciencia puede dar lugar al oscurantismo y a la negación del progreso en sociedades actuales, como el ejercicio del pensamiento pudo y puede volver a ser una actividad subversiva si no vigilamos el estado de libertad.

Todas estas parecen advertencias y reflexiones bizantinas a las puertas a las puertas del siglo veintiuno. Pero es bueno saber que no lo son tanto cuando el camino que se está recorriendo es todavía nuevo y cuando en el horizonte posible hay zonas de confusión aún entre muchos que adhieren fervientemente a la libertad. La condición material de la libertad sólo se reconoce ante su pérdida. Cuando la libertad está vigente su condición es intangible. A esta participación en lo etéreo que tiene la libertad se la debe materializar para poder ponderar su necesidad. Si se es libre “para” podrá conocerse entonces “utilidad de la libertad”, mucho más que si se dice simplemente que es libre. Tener libertad es poder usarla. El acto libre es eso: acto. Y actuar es elegir. Pero elegir sabiendo es la única garantía de elegir con libertad. Conocer y saber, decía Aristóteles, para conocer y saber. Nosotros podríamos decir hoy, para poder seguir conociendo y sabiendo, según nuestras propias búsquedas. No es imposible, todavía tenemos la libertad.

 

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