La contradicción performática / Estar o no estar conectados

Contraensayos sobre el presente, II parte

¡Conectados o No conectados, esa es la cuestión!

El perfilarse no es el único asunto que nos convoca a tantear los vericuetos de la red y nuestra actividad en sus espacios. Opinar sobre estos asuntos puede hacer pensar a cualquiera que se está proponiendo una renuncia o un autoexilio o el suicidio digital.

Sí. No.

Este es más un territorio del fragmento y la reconciliación con las formas primarias del pensamiento. Intempestivo, efímero, a cuenta gotas, a ráfagas, de repente exageradamente optimista y en otras ocasiones —en la mayoría de los casos— tan lleno de desconfianza y sospecha que no hay lugar para celebrar nada.

Vivimos, encarnamos la contradicción performática, el Estar o No Estar Conectados.

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Acá se ensaya o mejor dicho se contraensaya porque se entiende el (contra)ensayo como “prueba o intento incompleto” como diría Northrop Frye.

Contraensayar es prueba, circunstancia, intento por voluntad e incompleto porque no es totalizante, es por ello que es una herramienta fundamental para abordar el presente y experimentar esa gran interrogante epistémica.

No es casualidad que el pensamiento latinoamericano más sólido venga de sendos (contra)ensayos, y también la “ciencia” moderna/contemporánea con sello europeo haya sido concebida desde el (contra)ensayo, desde una literatura impuesta como verdad.

Contraensayar es más apto, fragmentario, más acto sacrificial que tributa al caos, más periférico, más marginal, más hacker, más nahual, más tarén.

A falta de categorías propias esto podría ser un tarot/oráculo/blog a la vieja usanza del combinar palabras y conceptos para ver si sale algo que significa o mejor dicho, le signifique a otros.

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Estar o no estar conectados…

No tener WhatsApp podría condenarte al olvido entre tus amistades. El no enterarte jamás de la discusión para escoger el nombre de tu futuro sobrino. Esa reunión, clase, fiesta, que fue suspendida a último momento pero no te enteraste por estar “ausente”.

Tenerlo podría provocarte ataques repentinos de ansiedad, represiones continuas de ira volcánica por no poder ser políticamente incorrecto con tu jefe en algún grupo de WhatsApp que crearon para que todos “estuviesen informados”.

Este es solo uno de los ejemplos que Globalistán, en su vaso plástico con cordel comunicante, nos ofrece. Estamos ante la contradicción de disponer de una poderosa herramienta (la red y demás dispositivos tecnológicos) que amplía y masifica discursos y al mismo tiempo nos domestica, enajena, blanquea y adormece.

Nunca habíamos estado tan en contacto con nuestros iguales en cualquier lugar del mundo. Jamás habíamos tenido la posibilidad de potenciar a tal nivel nuestro mensaje y al mismo tiempo nunca hemos sido más caracterizados, vigilados y observados.

Sin darnos cuenta todo esto ocurrió con nuestro consentimiento.

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Pregúntese ¿en qué grado de hipnosis se encuentra a partir de todo lo digital que consume? ¿Es usted un productor sin salario del hipertexto que es a su vez extensión de su mente y otras mentes? ¿Qué tan extenso es el playlist de la MUZAK que escucha y le hacen escuchar? ¿Qué tantas estaciones y pisos, años y vidas recreándose con esa música de ascensor endemoniada?

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Somos productores de ingentes cantidades de subjetividad sin recibir casi o nada a cambio o me equivoco, hay likes, filtreo virtual y demás divisas del ego.

Memes, canciones, tuits, frases, e-literatura, banners, cajas de diseño, tutoriales, artículos engordan el arca de la red y la mayoría no recibimos un centavo.

La hiperproletarización que en algún momento llamó con el hermoso eufemismo de “salario justo” al pago mísero por una esclavitud moderna, velada de expresión ética del trabajo, hoy se sustenta gracias a la labor sin descanso de la mayor maquila de producción estética de la historia de la humanidad.

Ya no existen los horarios, todos somos freelancers.

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Así como alguna vez lo hizo y sigue haciendo el dispositivo educativo institucional —escuelas, universidades y demás campos del ojo eurocentrado— el funcionalismo más rapaz nos empuja a no solo formarnos como fuerza de trabajo sino a convertirnos en nuevos sujetos transmisores de posturas y demás tejido de subjetividad resignificado como objeto marketinero. En pocas palabras: cada individuo una sucursal de relaciones públicas de la ideología de consumo.

Esa exposición pública de nosotros como marca o marcas, a través de los medios interactivos que disponemos, nos permiten la ampliación inmediata de esa producción de subjetividad en todas las formas mencionadas.

Somos al mismo tiempo productores, gestores y distribuidores que engendran imagen, sonido, discurso, y estos vástagos se escriben (como código) no solo para la gente “formada”, sino para cualquiera que pueda “responder” cualquier publicación y contenido; hay una especie de “sentido común” del decir, de la opinión, podríamos decir que se han redimensionado las posibilidades de ampliación de los discursos ante la obligación de responder a la interpelación de lo que publicamos.

Si antes el texto, en el caso de la literatura, era un artefacto inacabado, ahora es apenas un esbozo.

En este escenario, recibimos respuestas de interlocutores no tan abstractos como en el caso del lector que recibe un libro impreso o cualquiera que sea el dispositivo que lancemos al escarnio, y allí, el discurso inacabado, sin barreras, sigue ampliándose, no es inacabado por escueto sino por entropía y abultamiento, una idea en permanente engorde.

Ninguno de estos contenidos bastan con publicarse, quedan allí, inconclusos como un monstruoso apunte, producto tal vez de la sobresaturación de información saturada al mismo tiempo.

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Nadie se salva de producir fetiches y demás objetos que se acumulan en el gran desván de Occidente llamado Internet, incluso sin estar conectados lo estamos. Hay lugares en donde ciertos trámites te exigen tener cuenta de correo electrónico y siquiera es institucional, es a partir de una marca en específico, muchos trabajan ad honorem para las corporaciones.

Incluyéndonos. Incluyéndome. Incluyéndote.

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¿Qué formas de poder atraviesan la reflexión estética, ética y política de hoy? las industrias culturales y estéticas siguen conservando su potencial legitimador de lo que se dice aunque no parezca, el usuario/creador en su perfil deviene en publicista, discursero y gestor transmedia de sí mismo.

Esta cultura general transmediática sigue condicionando todas las reflexiones estéticas, políticas y artísticas.

La sospecha de Ludovico Silva del “medio como ideología actual que disimula valores de otro tiempo” encaja a la perfección, hay, incluso, quienes han proclamado la red como un nuevo espacio para la libertad o democracia expandida.

A estos hay que decirles: bueno, ni tan ilusos, ni tan quejicas, ni tan simples.

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Estar o no estar conectados… Estamos ante una nueva lucha política con las mismas características de dominación y ante el reto de no solo promover formas libres de creación, sino de circulación y publicación de lo creado y sobre todo de acción pública, de la vida pública, puesto que la exposición que estamos realizando es más que discursiva, es corporal y por lo tanto humana.

El reality en el que hemos convertido nuestro día a día es otro escenario de batalla por la libertad Otra.

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Este engordamiento es copy & paste. Aunque las voces agoreras de los tanques del pensamiento liberal (en este caso específico: las academias) nos venden la resignificación y la apropiación como herramientas del nuevo tiempo, no hay nada más antiguo.

Memoristas, copistas, artistas no creativos, el mundo como collage ha sido una manifestación que nos ha acompañado desde el comienzo de la primera creación, al igual que el posicionamiento político de quien crea, puesto que toda producción material es expresión de las condiciones materiales en las cuales fueron desarrolladas y a su vez son tanto productoras de ideología como expresiones de la misma.

“Toda mi obra es un pie de página de Harold Innis”, llegó a decir Mc Luhan de su Galaxia Gutemberg; toda producción hoy expuesta, cargada, subida, es una entrada, un pie de página de la hiperconciencia del devenir transhumano, de la conciencia transhumana en construcción.

La conciencia no puede formarse en la rapidez del spectaculum, y como ya sabemos, esa no es la consciencia que conviene al 1%.

Un fantasma/lenguaje recubre al mundo. La globalización expresa y expande todos los sistemas de sentido para desembocarlos en su proyecto transhumano. Estamos presenciando Otra oleada de colonización cultural teledirigida desde los centros de poder ahora convertidos en servidores informáticos.

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Si el alfabeto es arquetipal (Zola), es decir, que nos habla incluso desde nacer en la preconsciencia del inconsciente colectivo y nos acompaña a todos en esa conexión del todo y si efectivamente el abecedario contiene al mundo (Fray Luis de Olod), ¿Quién nos contiene en esta hiperconsciencia, quién nos contendrá?

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La sociedad red es el Gran Experimento para el perfeccionamiento del algoritmo que formará la consciencia transhumana, porque todo proyecto que pretende materializarse, en este caso, el abandono/transformación/modificación/hibridación del cuerpo, necesitará una nueva consciencia conforme a su nueva realidad material.

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La Gran Sospecha por encima de la clasificación y sistematización del sampleo, el remixeo y demás herramientas de nuestros actos híbridos, es que dicha hiperconsciencia necesita todos los datos de lo más profundamente humano, este orientará hacia qué debe o no neutralizar. Hacernos conscientes de nuestras potencialidades es arremeter con tiempo de sobra a su capacidad de neutralizarlas. No olvidemos que el proyecto consiste en despolitizar, adormecer, entretener (que es lo mismo distraer), blanquear los datos libres.

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El estar conectado implica —éticamente denunciar al comando del capitalismo cognitivo—, explicar cómo trabaja, conspira, actúa y daña. Informar, reflexionar, analizar, filosofar cómo el capital es un panfleto reversible lleno de retórica y demagogia con forma de timelines.

Estar conectado involucra la toma de conciencia de nuestro pensamiento periférico y sus voliciones, nuestro constante devenir de resistencia como población 2.0 activa.

La población red es un registro demográfico del Imperio en Estado de Excepción Global.

Así como la imprenta instala el Estado Nación en los papeles que soporta su burocracia (Mc Luhan), la globalización instaura en el 2.0 el Estado de Excepción Global que permite conservar el poder y el control al Imperio Digital.

Si se ha de estar Conectados, es imperativo saltar convencionalismos, luchar por la emancipación en medio de la esclavitud digital. Estar o no estar conectados, he allí el dilema. Tendrá sentido en la medida en que sea un ir y venir, como tránsfugas, chamanes, guerrilla, nahuales que burlan este no territorio y aprender de sus vericuetos y burlarlos. Hackers.

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Si Facebook fuese un país —estadísticamente hablando— estaría entre el 1er y el 3er lugar de los más poblados.

Con base en esta demografía 2.0 ¿podríamos decir que Mark Zuckerberg es uno de los grandes dictadores de la historia contemporánea?

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Tal vez no estamos del todo seguros con Facebook, pero Google, el gran Aleph digital, ya declaró la “muerte digital” en su Imperio algorítmico.

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Para Mariano Picón Salas “lo más significativo en la historia de cada pueblo es su impulso de “devenir” y su capacidad de adaptarse y dirigir las circunstancias que trae cada época…”; pulsemos entonces por imantar esa red global de resistencia en este Pueblo Global Conectado, utilizando esta herramienta discursiva espectacular (del spectaculum) puesto que “No existetodavía, por tanto, un mundo uno” (Retamar).

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¿Qué aspectos del mundo de lo humano nos refleja la interconexión? ¿Acaso los fenómenos que ocurren en la cultura y sociedad red solo toca concretamente ese ámbito? ¿Qué acontecimientos e intenciones desencadenan exógenamente estos nuevos lenguajes, mecanismos, discursos y sentidos comunes?

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Quienes no están conectados se han sometido al autoexilio del tramado de subjetividad contemporáneo que teje por igual la cultura musical como la tv y demás guiños de la cultura pop/2.0/mainstream, sujetos a una especie de analfabetismo estético/cultural para sobrevivir en el discurso del relato postmoderno.

Algunos de los No conectados se creen libres por no estarlo, ignoran que quién no conecta lo hace reproduciendo lo que ve como normal en el mundo real que es la misma reproducción de los espacios digitales.

Ejemplo (estos son apenas dos sujetos): reciente conocí a alguien que no tiene idea de cómo administrar su cuenta de Facebook, pero entiende a la perfección la nueva economía del Bitcoin.

Sujetxs sobran, tan diversos como complejos. Multitasking generation.

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El asunto de la caracterización y la obsesiva tarea de definición de la demografía del Estado de Excepción Global es parte de la lógica cartesiana que ha normado todos los conceptos, herramientas y artefactos, desde el mismo libro y sus géneros, estilo y cantidad de páginas, hasta la red, sus nodos y algoritmos infinitos.

La dimensión positivista todavía nos tiene tomados por el cuello, la res extensa cartesiana como materia de datos, como descarga, como fibra óptica, como algoritmo.

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La verdad es que “pese a todas las teorías y enunciados tajantes, un verdadero poeta nunca es un dogmático”, como diría Alfredo Silva Estrada, es decir, no todo en la red es malo, puesto que donde hay poder hay contrapoder, aunque estemos sujetos a una gran máquina alienante hay sus cientos de miles de millones de emancipados que son las piedras del zapato del Gran Algoritmo y utilizan estos espacios como herramientas para transformar.

No conforme con las luchas antisistemas históricas, el asunto va más en adaptarlas a los nuevos tiempos. Tomemos prestadas las palabras de Richard Stallman: la meta es construir una sociedad digital justa.

No se equivocó Paul Virilio, efectivamente estamos en una Guerra Civil Global, y todos disparamos aunque no nos demos cuenta. Ahora bien, no podemos olvidar que la guerra (como) supresión de la ética (Nelson Maldonado Torres), nos interpela para otras praxis, en nuestro caso concreto, una praxis liberadora del estar Conectados.

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Imitemos al héroe de Lautréamont, nos aconsejaba preclaramente Alejo Carpentier cuando todavía no existía la Internet: “Hay un momento, en el sexto canto de Maldoror, en que el héroe, perseguido por toda la policía del mundo, escapa a «un ejército de agentes y espías» adoptando el aspecto de animales diversos y haciendo uso de su don de transportarse instantáneamente a Pekín, Madrid o San Petersburgo…”.

Hagamos de nuestro Yo Conectado en la red, un Otro Conectado para la emancipación, como un “doble proyectado en el tiempo, un animal o una energía que unida al recorrido del espíritu de una obra en la selva de los arquetipos: su nahual”, como diría Allan Mills, puesto que ya sabemos lo que pasó con Skynet y ya se demostró que la ficción termina imponiéndose como verdad.

Nunca hemos sido tan huxlianos, kafkianos y orwellianos.

Nuestro devenir nos requiere expertos en el arte de la apropiación de los códigos de acceso (lingüísticos, teóricos, políticos, literarios, imagéticos, sonoros) y transformar los contenidos del ciberespacio.

Ser demiurgos del Gran Demiurgo. Correctores, editores de la (contra) Wikipedia, maestros de preescolar de nuestras (otras) Siris.

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