Notas para una crónica de la extinción humana

Artículo escrito por Antonio C. Ferreira

Dos camionetas se detienen muy cerca en la acera de enfrente. De inmediato, cuatro hombres salen de ambos vehículos. En sus caras, fiel reflejo del anonimato masificado, se percibe esa rígida determinación de quien sabe ducho en cierta actividad. En menos de tres horas, los tipos han cumplido su misión y dos cedros gigantescos yacen reducidos a pequeños trozos de madera y aserrín. Las razones, siempre  las mismas: resquebrajamiento de la calzada por culpa de las raíces, obstrucción del tránsito peatonal, acumulación insalubre de las hojas y ramas caídas, o, simplemente, inconveniencia a la estética urbana. En general, podemos resumirlas todas en una sola idea: la incompatibilidad cada vez más radical entre el desarrollo civilizacional contemporáneo y su contexto natural (ecológico).

En torno a esta suerte de “suicidio en masa” giran las más controvertidas posiciones. Para unos, se trata de una situación aparente, provocada por el reacomodo del hábitat en beneficio del progreso humano; otros pensamos que el hombre tiene entre manos la peor y más impredecible crisis que haya afrontado el planeta. Crisis que, dicho sea de paso, ha provocado el propio ser humano, a través de una guerra abierta contra su entorno, desde hace aproximadamente 20.000 años. De tal modo, que quizás estemos presenciando los últimos momentos de una especie en extinción. Esto quizás pudiera resultar indigerible para los apologistas del Desarrollo, dado el largo programa de acondicionamiento ideológico que ha procedido al actual estado de cosas. Estos “apóstoles de Dios Progreso” y su prepotencia me hacen recordar la vieja fábula del rey, cuya vanidad lo hizo deambular desnudo por las calles del reino, timado por sus sastres, y a quien sólo la inocencia de una niña pudo sacar del engaño, gritando entre risas: -¡El Rey está desnudo…!-.

Asimismo, pareciera que todo el pensamiento contemporáneo padece de una especie de obnulación  teórica que le impide hacer cualquier análisis radicalmente objeto sobre la Crisis Ecológica actual. En mi opinión, esto obedece a un proceso de sedimentación ideológica, en virtud del cual, nuestra cultura se sobreentiende a sí misma como un milagro de la naturaleza, asegurado “in perpetuum”. Dicho proceso adquiere un especial énfasis en el conjunto de discursos generados a partir del siglo XVIII. Sí, aquella variedad epistémica que conocimos con el nombre de Ilustración, escribió sin duda, los primeros trazos de la teoría científica moderna, que no es otra cosa que un sutil y acabado sistema legitimador del más sofisticado aparato de guerra contra la naturaleza que conozca la historia: La industria. En vista de esto, la ciencia bien podría encarnar, paradójicamente, el “réquiem” anticipado de la especia humana.

Vamos a comenzar la discusión del concepto ciencia, señalando el presupuesto epistemológico oculto en sus discursos, y común denominador de la filosofía y la religión, vale decir, los tres pilares del pretendido Proyecto Humano. Todo el pensamiento Occidental, que es el que en definitiva se ha impuesto como estructura ideológica hegemónica en el universo social desde los griegos hasta nuestros días, está cimentado sobre “a priori”, de cuyo desdoblamiento nace el concepto Dios, y de cuya consolidación brotan como hongos los indicios de una esencia material dialécticamente opuesta. Este, es un “prejuicio ontológico” que consiste en una especie de certeza incontestable del carácter preponderante del hombre con respecto a su entorno y, en consecuencia, de su condición de rector eterno del mismo. Así, todas las estructuras teóricas con que el ser humano ha intentado aprehender la realidad e interpretarla, están más o menos influenciadas por esta suerte de racionalidad antropocéntrica, cuyas manifestaciones en el rigor discursivo trataremos de puntualizar acto seguido.

En primer lugar, este “leit motiv” funciona como lógica de cohesión de los referentes; los compone, los vincula, los hace indisociables, en estructuras esencialmente artificiales; dotándolos de este modo de una sutil inmanencia. Esta lógica de la que hablo, está en búsqueda permanente de la figura de orden en todos los espacios en todos los espacios del mundo fenoménico. En realidad, se trata de la proyección de una estructura social en particular, y sus peculiares relaciones, en la comprensión del universo físico. Todo esto configura una especie de sub-consciente conceptual arraigado firmemente en el proceso de producción de conocimientos, a lo largo de los últimos veinte milenios aproximadamente. De tal modo tenemos un “común denominador semántico” que procrea exitosamente un “modus faciendi” de la percepción, encaminado a legitimar de antemano la sensación de equilibrio, autócrata omnipresente en el reino de las ideas.

Precisamente, este espejismo del equilibrio viene a construir la segunda manifestación concreta del antropocentrismo del que venimos hablando. La idea de la inmutabilidad de las relaciones que articulan las estructuras reales, o, cuando menos, de una estabilidad relativa de las mismas, se muestra como paradigma fisiológico universal. Evidentemente, este “reino del equilibrio” está consubstanciado con la búsqueda de determinadas formas de ejercicio del poder. El mecanismo ha funcionado a lo largo de la historia, maniobrando la percepción de las relaciones de explotación, a través de una transubstanciación de imágenes artificiales sugeridas por medio de las ciencias naturales.

Por último, esta identidad orden-equilibrio, que se manifiesta como lo sincrónico de la tendencia antropocéntrica, se complementa con un tercer dispositivo semántico de gran ubicuidad: la finalidad. Esta ubérrima generatriz viene a dar amplitud diacrónica a la dualidad anterior. Funciona decretando procesos análogos a la vida y la muerte, en todos los fenómenos físicos; intuyendo una especie de plan para el universo. Como si todos los hechos de la realidad se articularan en un mismo proyecto teleológico. Podríamos citar como ejemplo, la muy popular tesis astronómica del “Big bang” y su coletilla del Universo en expansión”, que pretende dar un origen primigenio al cosmos y una dirección cuantificable a su evolución. Estimo que los científicos que apuestan a estas teorías están a la zaga de erguirse como los “Sumos Sacerdotes” de la nueva Religión del siglo XXI.

Así pues, este antropocentrismo, rector “ad initio” del proceso de producción de conocimientos, se manifiesta como una búsqueda de sentido a través de una percepción  restringida en función de tres vicios esenciales: orden, equilibrio y finalidad. De este quedan conectadas de antemano las posibilidades teóricas, al resto de los procesos fisiológicos del sistema social. Esta relación es el producto final del desarrollo histórico de las formas de vinculación entre superestructura e infraestructura, en el decurso de las sociedades clasistas; y uno de sus productos típicos es el estado de inconsciencia que ha generado en la especie de los peligros que corre, y la extinción total del instituto de preservación. Sólo así se explica el carácter devastador de la Industria, la cual ha venido acorralando y destruyendo paulatinamente especies animales y vegetales, indispensables para la supervivencia humana; ha extinguido o dañado recursos como el agua, el aire, los suelos, etc; en suma ha generado un “mare magnum” que tal vez, hoy resulte irreversible, y ya no sirva de nada gritar: ¡El rey está desnudo!.

-Texto extraído de la revista La Tuna de Oro / Valencia / Enero – Febrero 1990 / Nº 7-

 

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