Hacksaw Ridge: El poder de la ideología

Mel Gibson ha sido perdonado por sus pecados. Después de una cantidad considerable de años La Academia ha olvidado sus múltiples polémicas y lo vuelve a colocar en la lista de los nominados al Oscar. Atrás quedaron los comentarios antisemitas, las peleas con la policía y las alusiones homofóbicas para reafirmar su rol de macho. Después de veintidós años vuelve a estar nominado en las dos categorías que gracias a Braveheart lo hicieron acreedor del sexto Oscar entregado a un actor-director.

En cualquier caso, nos ocupa en esta ocasión la película más reciente en su haber como director, Hacksaw Ridge. Una vez más vamos al frente de batalla de la Segunda Guerra Mundial, esta vez en Japón, para vivir de primera mano la batalla de Okinawa, específicamente en el acantilado de Maeda. Pero no se trata, o no parece tratarse, de una película sobre la guerra, a pesar de las dimensiones de la producción y la centralidad que esta tiene en la pantalla.

La película de Gibson está basada en la historia real de Desmond Doss, un joven miembro de la iglesia adventista del séptimo día, que a la edad de veintitrés ingresó al ejército de Estados Unidos. Pero lo que movió a Doss a realizar tal acción no fue el deseo de matar a otros hombres para así defender los valores de su país, sino el de salvar la mayor cantidad de vidas posibles y de esa forma cumplir su deber. Al menos esto es lo que nos cuentan. Luego de tres años tuvo la oportunidad para cumplir con su objetivo.

A lo largo de la primera parte del filme nos muestran la abnegada obstinación con la que el cadete insiste en formarse mientras mantiene su posición firme respecto al uso de las armas. Su religión no le permite tocar un arma, mucho menos arrebatar la vida de otro ser humano, por lo tanto él mantendrá ese principio hasta el final. Las consecuencias no se hacen esperar, el acoso, maltrato físico y psicológico, hasta finalmente el intento de expulsarlo o llevarlo a prisión.  

Después de que consigue mantenerse y supera la formación militar le corresponde ir al frente, donde deberá demostrar su capacidad para sobrevivir sin un arma, al mismo tiempo que salva vidas a través de su oficio como médico militar. En ese momento que nos trasladamos a Japón, al risco donde se llevará a cabo el combate contra los japoneses. La media hora que sigue es absolutamente sublime para los amantes del cine bélico, donde toda la violencia, explosiones, disparos, bayonetas sangrantes y miembros mutilados, dará paso a la hazaña de Doss. Quién ayudó a los soldados que yacían heridos en el campo, salvando la vida de más de setenta hombres.

La película ya ha sido calificada de obra maestra y la crítica ha llenado de elogios el trabajo de su director, así como del equipo de producción, entre los cuales se encuentra Gregory Crosby, quien escribió esta historia que luego convirtieron en guión Andrew Knight y Robert Schenkkan. Por supuesto, buena parte de las loas recaen en la actuación impecable de Andrew Garfield, quien estuvo todo el tiempo a la altura del papel y la exigencia  de la trama.

La película se mueve en una frontera poco clara entre la historia de un objetor de consciencia que mantiene hasta el final sus principios, al mismo tiempo que con gran valor salva la vida de sus compañeros, en medio de un panorama de muerte, y la leyenda de un soldado de la fe, que movido por ella es capaz de encarnar la fuerza de Dios y servirle, teniendo la voluntad necesaria para salvar la vida de casi ochenta soldados. Es aquí donde se evidencia la manera como se debe realizar una película ideológica si quieres que funcione.

La clave en la eficiencia de un mensaje ideológico radica en la capacidad para transmitirlo de tal modo que no puedan acusarte de nada y  otra lectura sea posible. Por supuesto, al mismo tiempo eso se hace de manera entretenida, encontrando la idea perfecta para difundir los valores que se pretenden imponer. En muchos casos se obvia la importancia de esta relación y vemos películas con un mensaje tan obvio o trabajado con tan poca delicadeza que no funciona. En esta ocasión hasta el propio director ha evitado hacer referencia al tema religioso en las entrevistas, habla de un superhéroe de la vida real, nunca de un santo.

Mel Gibson supo escoger esta historia, basada en hechos de la vida real, donde un hombre logra, a través de la fe, no solo mantener sus principios sino hacer que ellos lo muevan, convirtiéndolo en el primer objetor de conciencia que recibió la medalla de honor. Sin duda, el tema de la objeción de conciencia da para mucho más, pero a los fines de un mensaje que apuesta a la fuerza de la fe no se puede negar que el objetivo se cumple exitosamente. Hacksaw Ridge es una de esas películas para aprender con precisión cómo se establece eficientemente la relación entre cine e ideología.

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