Leonard Cohen (1934-2016): el hombre de la entrega permanente

1.

Cantar y contar: dos actividades  que, en algunos artistas, cobran formas prodigiosas, han perdido recientemente a uno de sus más fervorosos practicantes: el canadiense Leonard Cohen (1934-2016). Aunque sus comienzos son literarios, Cohen terminó desestimando o relegando la actividad escritural, pasándola a un segundo plano, en aras de poner al frente su faceta musical como cantautor. Luego de sus dos novelas aparecidas en la década de 1960 –El juego favorito y Hermosos perdedores–, se publicará el primer disco, Songs of Leonard Cohen, hacia finales de esta, manteniéndose además la publicación de volúmenes de poesía –el primero es de 1956– en paralelo. Así, Cohen ha sabido conjugar y combinar músicas y palabras durante seis décadas de prolífica –aunque no permanente (ha tenido sus parates) – actividad.

2.

Si Cohen en sus novelas tematizó la garra juvenil, “antisistema” y “nihilista”; cierta “fuerza beatnik” en la narración de la experimentación vital y la búsqueda (también a tono con lo que sería poco después el “espíritu del sesenta y ocho”, del Mayo Francés); y/o la amarga oscuridad “a la Henry Miller” en la prosa, en materia musical evolucionó desde el folk al rock y blues, además de infinitos modos, tipos y estilos de baladas –y valses–, incorporando los sonidos y tecnologías de cada época –apréciese, por ejemplo, en el disco I’m Your Man (1988), los sintetizadores y baterías electrónicas; y “Jazz Police”, tema primo-hermano de más de uno de Laurie Anderson–, y transformando su voz, con el paso del tiempo, en una tan potente como sutil caverna que desgrana cada una de sus historias –historias “de vida”, “de la calle”, de avatares, sufrimientos y pasiones– con gravedad y aplomo; elegantemente. (El autor de un poemario como Flores para Hitler (1964) podía mostrar, también, una faceta de “Fera ferida” –fiera herida–, como cantó Roberto Carlos y versionó luego Caetano Veloso.) Cohen se dedicó en sus canciones a las heridas amorosas; melancólico, a rememorar lo perdido; o pudo ocuparse de las urgencias del momento: cantarle a un partisano (en 1969, versionando un clásico francés de la Resistencia en su disco Songs from a Room), o decir(nos), en 1992 –de manera inteligente y en extremo sombría–, en qué consistirá “el futuro”: en asesinatos.

3.

De amplia cultura, Leonard Cohen practicó el budismo zen y fue conocedor y admirador de la poesía del poeta y dramaturgo español Federico García Lorca (así lo dejó más que claro en su discurso ante el Premio Príncipe de Asturias de las Letras, que recibió en 2011). Tras un quiebre económico particular –su mánager lo estafó– se vio obligado a salir nuevamente a los escenarios, brindando (y asombrando con) recitales de dos y hasta más de tres horas de duración por todo el mundo, y componiendo nuevos temas. Sus últimas tres entregas de estudio, los discos Old Ideas (2012), Popular Problems (2014) y You Want It Darker (2016), de tintes crecientemente crepusculares –en el tema “You Want It Darker” Cohen dice varias veces “Estoy listo, mi señor” (I’m ready, my lord)–, no hicieron más que confirmar su talento y el amplio rango de preocupaciones e intereses. (Ya en “Amantes”, publicado su primer libro de poesía Vamos a comparar mitologías, de 1956, contaba una dura historia: “Durante el primer pogrom / se vieron detrás de sus casas derruidas” […] “Y ante los calientes hornos se las / ingeniaron para un beso efímero / antes de que llegara el soldado para a culatazos / arrancarle a ella sus dientes de oro.”)

Leonard Cohen cantó a infinidad de temas. Pero, principalmente, a uno: el amor. Así, decía que “no hay cura” para el amor, que este podía llevarnos “a miles de metros de profundidad”, o hacernos bailar “hasta el fin”… El autor de “Hallelujah”, “Suzanne” y “So Long, Marianne” (por mencionar solo algunos pocos temas célebres) falleció, pero su presencia permanece –mediante todas y cada una de sus obras– en la cultura.

@demian_paredes

 

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