Crítica de cine | La Planta Insolente

La crítica del cine venezolano se mueve entre la indulgencia, un poco lastimera, y el doble rasero con el que se juzgan algunas películas por el trasfondo, no tan al fondo, “ideológico”. Mientras unos declaran su militancia política, haciendo de su cine un medio puesto al servicio de determinadas tendencias, otros son señalados sobre la base de que arte y política no pueden ir de la mano. Le sucedió a Bolívar, el hombre de las dificultades que no tuvo ninguna oportunidad y la aplanadora de los juicios le pasó por encima.

Hace un mes se estrenó La planta insolente, la última película dirigida por Román Chalbaud con guion de Luis Britto García. Debo confesar que fui a la sala de cine con cierto escepticismo, sobre todo porque mi impresión de Zamora no es precisamente maravillosa, pero salícon lo que escribí antes dándome vueltas en la cabeza. No tiene mucho sentido exponer aquí la crítica demoledora dirigida a los asuntos de forma o atacar el fondo sobre la base de la mentada “ideologización”. Sencillamente porque es lo que van a hacer quienes aplican el doble rasero, esos mismos que elogiaron películas como Pelo Malo, por ejemplo. Además, realmente hay cosas que le dan valor al filme de Chalbaud.

¿Qué sabemos sobre Cipriano Castro? En realidad poco, como sabíamos de la historia en general, hasta que el huracán político volcó sobre nosotros la conciencia histórica. Conocíamos a Castro como un hombre enfermizo, incapaz de mantenerse en el poder y traicionado por su compadre, quien definitivamente si algo supo fue mantener el coroto. Por eso, la principal virtud de la película radica en hablarnos detalladamente de un momento histórico del país sobre el cual no conocemos mucho.

La primera escena abre con Roberto Moll, con una barba oscurecida, sentado en una habitación y esperando a ser atendido. Inmediatamente después, un disgusto lo hace salir del sitio, lanzando la amenaza de que volverá a la fuerza. El lugar no es otro que el Palacio Presidencial, por ese entonces ubicado en La Casa Amarilla. Desde ese momento y hasta el final de la cinta, acompañaremos a Castro en su ascenso al poder, su desenvolvimiento en él, su caída y el posterior exilio.

La película se extiende la mayor parte de la trama en el período presidencial de Cipriano, acompañado por el ejército de andinos con los que venció al Presidente Ignacio Andrade y alcanzó el gobierno nacional. Durante ese tiempo vemos desfilar frente a la pantalla una cantidad de personajes. Caricaturizados por Britto García aparecen los señores que aun creyéndose mantuanos exigen que el Presidente cumpla sus órdenes, junto a ellos se presentan los lacayos e inversores extranjeros, además de los compañeros del propio Castro. Todos entrarán en un intenso conflicto durante los primeros años de gobierno, caracterizado por el esfuerzo para pacificar el país.

La historia venezolana a comienzos del siglo XX evidencia que la política es la continuación de la guerra por otros medios y cómo los ricos se meten en política para defender sus intereses. Cuando finalmente Castro derrota a los ricos alzados contra su poder, estos emplean todas sus maniobras financieras para bloquear al país con el fin de imponer sus deseos. De esta manera, Venezuela se convirtió en un pequeño país latinoamericano asediado por las principales potencias mundiales que exigían el pago de una deuda contraída de manera fraudulenta. Este episodio de la historia latinoamericana es muy importante para todos aquellos que aun hoy luchan contra esas deudas ilegalmente contraídas.

El pueblo venezolano vence la amenaza de las potencias extranjeras y la planta insolente del extranjero no logra imponerse en este territorio, dando un ejemplo fundamental para las luchas que se desarrollan en todo el Hemisferio Sur. Sin embargo, la guerra disfrazada de maniobras políticas sigue acechando y Cipriano Castro debe seguir lidiando con las conspiraciones en su contra, la incompetencia de sus propios ministros y la traición, mientras intenta refugiarse en su esposa que lo apoya durante su enfermedad. En cama, al cuidado de Zoila, toma la difícil decisión de separarse del cargo para ir a tratarse en Europa, sucediendo lo que conocemos. Luego de depuesto, Castro realiza un periplo que es aún menos conocido y ahora sabemos gracias a Luis Britto García.

Al personaje protagónico se suma su compadre Juan Vicente Gómez, interpretado por Pedro Pineda –el mismo Gómez que recorre las esquinas de la Plaza Bolívar de Caracas–, Zoila de Castro encarnada por Juliana Cuervos y para nosotros uno muy importante, Manuel Vicente Romero García, quien representa la figura del intelectual venezolano que a comienzos del siglo XX se sumó a la política e incluso participó en luchas armadas. Romero García aporta algunas importantes reflexiones que en su boca coloca el guionista, puede que con la intención de exponer sus propias ideas.

La segunda mitad de la película está llena de elementos asociados al realismo mágico, tal vez puestos por Luis Britto García para reflejar la locura que puede ser gobernar este país. La enfermedad de Castro lo hace delirar con los personajes que rodean al poder presidencial: los aduladores, los traidores, los banqueros y los burócratas. Es el mejor momento en el guion y le da un giro interesante a la forma como se cuenta la historia. Parece que Britto, desde su ingenio, ha querido transmitirnos una sátira sobre el poder en Venezuela y yo no dejo de pensar en los paralelismos con lo que debe haber vivido Hugo Chávez durante su presidencia.

Pero el esfuerzo se queda a medio camino, hubiese preferido que toda la historia fuera narrada en tono de humor negro, ese que tanto disfruta el venezolano y que invade nuestra política. Pudimos estar ante un Dr.Strangelove criollo ¿Por qué no? Porque todavía nos falta un poco más para empezar a ver la política y la historia desde esa perspectiva, creemos que el heroísmo y el sentimiento patriótico se contradicen con el humor. Tal vez se habría ganado mucho más cinematográficamente empleando el humor negro desde el comienzo.

Otra debilidad en la historia es la falta de claridad en las motivaciones que inspiran a Castro para realizar una revolución con el objetivo de derrocar el gobierno de Ignacio Andrade. Todo queda pintado como la revancha de un hombre ofendido porque el presidente no lo recibió en su oficina. Al final no está claro si el guionista tiene la intención de mostrarla ausencia inicial de motivos más allá de lo personal y que luego dan paso a un espíritu nacionalista, o sencillamente faltó desarrollar la etapa.

Sin embargo, volvamos a lo valioso. Como dijimos, es un logro que este episodio tan importante para la historia venezolana y latinoamericana haya sido llevado a la gran pantalla. Debería ser vista por estudiantes y circular por el continente, donde seguramente casi nadie conoce esta historia. Se reconoce el esfuerzo de Luis Britto García para introducir elementos oníricos y acercarse desde el humor al poder en la historia venezolana. Las locaciones aportan en ambiente de época necesario para que la película se desarrolle de manera natural, el equipo de producción aprovechó de buena manera los espacios caraqueños y el resultado es creíble.

Por último, hay actuaciones que dan gusto, empezando por la del propio Roberto Moll, quien cumple satisfactoriamente con el rol. Juliana Cuervos nos entrega una representación muy bien llevada de principio a fin y el Juan Vicente Gómez de Pedro Pineada es exactamente como siempre nos hemos imaginado al Benemérito de acuerdo a lo que nos han contado.

La planta insolente es una película que merece ser vista, por el valor histórico del relato, la actualidad del tema que se toca, la vigencia que tiene para todos los que luchan contra el imperialismo, las actuaciones notables de sus protagonistas y la visión satírica que deja el poder político al desnudo.

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