La ciudad como Torre de Babel o como cúpula urbana

Artículo escrito por Floriman Bello Forjonell

«La ciudad está llena de caminos.
Todos son buenos para escapar de ella.»
-José María Fonollosa-

 

Una rápida lectura del Génesis, en cualquier idioma, revela que la primera ciudad fue la de Caín, de ahí, ha resultado la imagen negativa que el Antiguo Testamento ofrece del mundo urbano, pues, pensamos que se trataba de una cultura de nómadas, contrarios a la sedentarización. Aparece en Isaías 24, 10: y describe una entidad «del caos -o caótica». El Génesis: evoca la imagen de una ciudad devastada, inhabitable, no hospitalaria « (…) Es la inversa de un mundo creado». Así que el caos primordial podría ser una ciudad destruida que ofrecía —y ofrece— la imagen de un mundo carente de vida, la descripción del espacio originario de donde esta vida —si la hubo— ha huido, ¿Constituye un mito o es una metáfora? ¿Describe cómo se concebía realmente aquel espacio, o se trata tan sólo de una imagen poética? Es difícil precisarlo, sin embargo, es muy posible que exista un sustrato mítico más o menos perceptible, en este caso, la comparación del caos con una ciudad arrasada o habría sido una urbe caótica, así pues, la comparación con el mito de la ciudad primigenia sería inevitable.

 

Por su parte, el Diccionario de la Real Academia Española (RAE) define a la ciudad diciendo como un «conjunto de edificios y calles, regidos por un ayuntamiento, cuya población densa y numerosa se dedica por lo común a actividades no agrícola», más allá de esta definición material que se asemeja tal vez a la definición que ofrece Ítalo Calvino en Las ciudades invisibles cuando dice que la ciudad es lo que se opone al desierto, es interesante preguntarse ¿Qué es la ciudad para la literatura? ¿Qué es la ciudad para sus habitantes y cómo la literatura muestra y crea una idea de ciudad y de habitante que lleva a darle un sello propio y una identificación particular? ¿Cómo es la ciudad? ¿Hay sólo una o son varias conviviendo en un mismo espacio físico? ¿Qué les sucede a sus habitantes? ¿Sus vidas son una consecuencia de la ciudad o son sus vidas las que la caracterizan? Ciudades hay muchas, escritores en todos los tiempos y lugares han respondido de una u otra manera a estas interrogantes. Desde la perspectiva de que el arte y las letras tienen un papel en la formación de la conciencia de la ciudad, de la sociedad, es necesario a reflexionar a través del análisis de tres de las ciudades clave en el paisaje del siglo XX, la socialista, la franquista y la posmoderna.

 

Es necesario analizar la relación entre la ciudad industrial de principios del siglo XX y la ciudad textual, construida con periódicos, gacetas, relatos de viajes, textos breves, cuentos, chistes, chismes, anécdotas y hasta guiños, donde el producto de la transformación de la primera por la segunda termina incorporándose a la experiencia de la ciudad en un movimiento vertiginoso e incontrolable, de allí la certeza de acercarse al error ideológico de que ciertas preferencias estéticas favorecen el orden o la anarquía.

 

La ciudad de Roberto Arlt, por el contrario, está construida de fragmentos residuales, de deshechos que se reúnen para conformar un espacio de gran cohesión voces carcelarias, léxicos foráneos, rufianes, putas, gays, criminales y gente hastiada hasta la muerte y soñando hechos extraordinarios, se suceden en su obra y provocan un doble movimiento: tan pronto como reconocemos la ciudad en los datos de la realidad (barrios, costumbres, arquetipos, grandes urbanizaciones), ella se nos vuelve ajena bajo la mirada ejercida a través de la maldad. Cada uno de los fragmentos, a la vez, traza sus propios recorridos que, tarde o temprano, tendrán siempre el destino común del fracaso o de la imposibilidad. Esta potencialidad es la constructora de las múltiples ficciones que motorizan el relato, el poema y cualquier texto; a la vez, la puesta en escena del mecanismo ficcional constituye el discurso mismo: «los hombres se sacuden sólo con mentiras. Sí, todas las cosas son apariencias… dese cuenta… no hay hombre que no admita las pequeñas y estúpidas mentiras que rigen el funcionamiento de nuestra sociedad», en el momento en que lo imaginado se encuentra con los bordes de la realidad, queda atrapado en un mecanismo que, como una fuerza centrípeta siempre termina lanzándolo al punto de partida.

 

Esta ciudad —la ciudad, todas las ciudades— microscópica, la ciudad de apilamientos, la ciudad telaraña o la ciudad bidimensional, esta última como una posible de los catálogos de los urbanistas son las ciudades jardines, las ciudades satélites, los ensanches… La ciudad moderna espacio nuevamente descubierto y conquistado por la trama literaria para la ideación poética, en ella hay una trama genuina que no se da en otros espacios de manera apabullante: en un claro de un bosque, en una autopista como la París-Marsella de Cortázar, por ejemplo, en una aldea… La ciudad, como diría Martín Gaite (Cuadernos de todo), es una geografía de narraciones. La ciudad propiamente mujer, orgánica, orgásmica y fenomenológica, una mujer: carne y atuendo. Pero además, es «un conjunto de cosas: memorias, deseos, signos de un lenguaje, lugar de trueque» pero también es un no lugar, es un sitio de paso, un sitio para no estar: aceras, pasajes, paradas de bus, pasos cebrados, mercado de chinos, gritos sordos, leyes deambulando, catástrofes apolónicas, perros abombados con sus fétidas poses de modelos Victoria Secret, las ciudades como macizo de hormigón, putas esquinas, plazas calladas, edificios impropios, boulevar pisoteado, elegías en paredes, lugares ocultos, lugares olvidados; la ciudad, encuentro y desencuentro. Si Borges, Nabokov, Beckett, Morand, o Dante hubiesen visitado nuestras ciudades serían en él cosmopolitas buscadores de otras ciudades, los verdaderos halladores de la poética de la ciudad en cualquier idioma, es una ciudad eminentemente literaria, tiene un valor inequívoco.

 

Pero la literatura no sólo tiene una relación espistémica con la ciudad, tiene también una relación epistolar, onírica, creadora, insiemística, cosmológica… la ciudad es una microesfera, es un microcosmos, una realidad monadológica que lo reúne todo, la más comprehensiva de las obras del hombre, como diría Walt Whitman debe tener un pasado paleotécnico, un pasado bibliocástico, un pasado epidemiológico, un pasado holocáustico todas las ciudades son poliédricas y profundamente literarias, encierran la diferencia, la clave de la trama literaria moderna: el laberinto y el encuentro y un espejo onírico de todos los que deambulamos en ella. La ciudad como Torre de Babel o  Cúpula Urbana y de nuevo a ella, lo diferente se presenta al hombre como un espacio de seducción o como una amenaza. La literatura se enriquece con la aparición de la metrópolis creando un espacio infinito para la ideación literaria, la ciudad donde caben las multitudes, donde ya se han ampliado las calles y las avenidas para que se deslice la masa que envejece por el peso y por el tiempo, el francotirador del tiempo que sólo es posible en un espacio urbano, en esa trama literaria surge cuando la apariencia no se corresponde con la realidad. La ciudad es el espacio donde más posibilidades hay de distanciamiento entre el mundo de las apariencias y el mundo del ser: el anonimato, donde hay una percepción distraída del hombre metropolitano que ha abandonado la rigidez, la dureza y la violencia de las categorías metafísicas tremendamente unificadoras La ciudad es la respuesta a la territorialidad que busca el poeta.

 

La ciudad: Un espacio de probabilidad literaria (construcción de la trama), así como lo es para Calvino, para Cortázar: las ciudades son mujeres. La nuestra es un encuentro con la mujer la trama y el hombre verso esencia del espacio urbano, oscuro (agujero negro) y curvado geometría urbana. Esta ciudad —todas— tiene claramente un poso literario, una referencia interpretativa ineludible en la ideación literaria como un espacio genuino de oportunidades para la diferencia, las ciudades: tierras de letras.

 

Referencias

 

Arlt, R. (1999). Los lanzallamas. Madrid, España: Cátedra: Letras hispánicas.

Augé, M. (1993): Los no lugares: espacios del anonimato: antropología sobre modernidad. Barcelona, Gedisa.

Barthes, R (2003). Semiología y Urbanismo. Pretil, I 1. Calvino, I. (1998). Las ciudades invisibles, Barcelona, Minotauro.

Chueca Goitia, F. (1998): Breve historia del urbanismo, Madrid, Alianza.Sarlo, B. (2007). Una modernidad periférica: Buenos Aires 1920 y 1930, Buenos Aires, Nueva Visión.

Steiner, G. (2002). Extraterritorial, Madrid, Siruela.

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