Las superestrellas como corporaciones trasnacionales

Artículo escrito por Alberto Rodríguez Barrera

Hollywood como el “fast food” del cine

Re-publicamos este articulo de la Revista Criticarte –  Año 1 – Nº 1 de Octubre de 1997, donde Alberto Rodríguez Barrera mostraba lo que para aquel entonces era el gran negocio del cine y de Hollywood, hoy, siglo XXI nada ha cambiado, sólo los nombres de las nuevas “superestrellas” que han surgidos de esa avariciosas y ansiosas cadenas de actores y actrices, el mercado del cine sigue siendo fructífero para las mega corporaciones del 7mo arte.    

La naturaleza intrínseca de las superestrellas hollywoodenses desencadena la extraordinaria paranoia de la codicia devorando a su paso cifras multimillonarias. A diferencia de la época de Charles Chaplin, lo que ahora vemos no es más que la trituración del buen cine por el gran dios dinero. Atrás va quedando lo que antes era un arte respetable…

Las estrellas cinematográficas han sido siempre compensadas por sus atractivos únicos, su “look” y otros atributos. Spencer Tracy Clark Glabe ganaban entre 300 y 600 mil dólares al año; grandes sumas hoy. Eran, sin  embargo, empleados de un estudio, sujetos a suspensiones y despidos. No se les permitía compartir las ganancias superiores de las películas, ninguna parte del ingreso bruto. Estaban en el negocio de ser actores. Y se hubieran impresionado de lo mucho más lucrativo que ha llegado a ser el negocio de la celebridad.

Porque en la actualidad, las grandes estrellas llegan a ser celebridades primero y actores (algunas veces) en segundo lugar. Como tales, han asumido el “status” de corporaciones multinacionales con falanges de asesores y vastas inversiones en negocios y bienes raíces por todo el planeta.

Una gran estrella de hoy no sólo actúa en una película; es efectivamente el dueño (al menos de una porción de ella). Mel Gibson, Arnold Schwarzenegger, Tom Cruise y otros miembros de esta élite, ganan entre 15 y 20 millones de dólares por película, además de obtener participaciones de los ingresos brutos de comercialización que oscilan entre 10 y un 15 por ciento. Lo que esto quiere decir es que Tom Hanks, por ejemplo, puede ganar $ 50 millones por Forrest Gump y Tom Cruise igual por Misión Imposible. Y todo esto en dos o tres meses de trabajo.

Gracias a esta nueva matemática cinematográfica, las grandes estrellas y directores se están haciendo mucho más ricos que los ejecutivos de los estudios para los cuales trabajan, amasando fortunas de ciento millones de dólares. Steven Spielberg, quien produce películas (Twister), dirige (Jurassic Park) y es socio de una nueva compañía productora (Dream Works), llegará a ser uno de los cinco norteamericanos más ricos para finales de este siglo, muchas veces billonario. Sus participaciones brutas en las películas en que se involucran llegan hasta el 50% a medida en que se acumulan los ingresos de de cada proyecto.

¿Qué impacto tendrá todo esto en las delicadas psiquis de las superestrellas? Aún es muy temprano para sacar conclusiones de esta nueva época de celebridades super-ricas, pero diríamos: es un impacto que desata y desatará más locuras. Y no hablamos de arranques temperamentales o egocéntricos solamente. Hablamos de paranoia y  comportamiento auto destructivo. Los resultados, más y más, están a la vista del público para quienes tengan ojos atentos, tanto en el trabajo como fuera de él.

Jim Carrey, quien fuera un amable y amistoso canadiense, fue el gran culpable del desastre que fue The Cable Guy (El tipo del cable). Hace un tiempo, Carrey vivía en su carro y ayudaba a su familia enviando a casa algunos dólares ganados en trabajos. Vinieron los éxitos de Ace Ventura y The Mask (La máscara) y se hizo rico instantáneamente. Compro una casa multimillonaria y se trasformó en el típico nuevo rico. Entró al club elitesco de los $20 millones por película cuando se le dio también todo el control sobre el proyecto del tipo de cable.

Carrey decidió transformar esa película en un “psico-thriller” tipo Atracción Fatal, con lo cual pensó extender su dimensión como actor. La torta fue magna, terrible y dejó a Carrey confuso y en caída libre. Callando para siempre sobre ese desastre, se enterró en el siguiente proyecto, The Truman Show, por el cual cobró sólo $12 millones.

El caso John Travolta refleja aún más el comportamiento de una estrella como misil descontrolado. Después de algunos éxitos que lo rescataron del olvido, Travolta debía comenzar en París una película (The Double), dirigida por Roman Polanski, basada en una oscura novela de Fedor Dostoyevsky. Su sueldo sería de $ 17 millones (más emolumentos participativos). Antes de comprometerse con el proyecto, Travolta se reunió con Polanski, discutió el papel con él y aprobó el guión, después de ciertos cambios.

Luego se hizo que su trailer hecho a la medida (costó: $200 mil) fuera enviado a París. Travolta tiene la fama de ser la estrella más exigente; y en su cara lista de periquitos está la inclusión de su propio chef; con la cual ayudó a elevar los gastos de pre-producción a $13 millones más.

Todo parecía ir bien hasta que llegó la estrella con sus 8 acompañantes. Travolta se reunió con Polanski nuevamente y leyeron el guión. Travolta lo hizo con un tono aburrido, sin entusiasmo. Luego exigió una semana de postergación que costó $200 mil. Afirmó que no estaba en sintonía con las directrices de Polanski y pidió control creativo, además de que Polanski se sometirra a su “visión creativa” al dirigirlo y escribir para él; así como también que se abstuviera de hacer sugerencias sobre la forma en que interpretaría su personaje. Con todo el mundo mirando, los rumores explotaron: ¿se irían Travolta?, ¿reemplazarían a Polanski?

Como pasa generalmente en situaciones como ésta, lo peor sucedió, Travolta partió al aeropuerto, se paralizó el rodaje y comenzaron a volar los juicios legales. El comportamiento caprichoso de Travolta sorprendió a Hollywood. Travolta había surgido a la fama instantánea con Saturday Night Fever (Fiebre del sábado por la noche), para luego caer y quemarse. Al resurgir, se pensó que saltaría ante la oportunidad de trabajar con un director de actores como Polanski. No fue así. A los pocos días, Hollywood le ofreció a Travolta nuevos proyectos multimillonarios.

La filosofía de Hollywood es no caer en la trampa de hacer películas-de-medio-pelo sin el gancho de una “gran” estrella (o el potencial mareador de una campaña de mercadeo como la que lanzó a Independence Day a la estratósfera taquillera). El camino más prudente es pagar grandes dólares y arriesgarse, en vez de perderse en la demanda.

Dado este punto de vista de un proceder endemoniado, los sueldos de las estrellas (y los porcentajes adicionales) continuarán creciendo, porque la demanda de superestrellas sobrepasa en mucho a la oferta. La gran pregunta es: ¿dónde está la tapa? (la tapa del basurero es mejor que la cascabel del gato).

La teoría es que, ya que las superestrellas son los dueños metafóricos de la tienda, probablemente terminarían siendo los dueños de hecho. (Por “tienda” nos referimos al producto, no al estudio que lo produce y distribuye).

Bajo este modelo triunfante, los Schwarzneggers y Gibson -habiéndose efectivamente “apreciados” fuera del mercado- se encontrarán con que la única manera de construirse una obra fílmica será pagando sus propios proyectos y siendo dueños de los negativos (siempre y cuando los estudios no decidan arriegarse con alguna y otra porquería). La estrategia también podrá ser aplicable al mundo de las publicaciones por parte de los escritores como  John Grisham y Tom Clancy, quienes han creado tan extraordinarios “nombres de marca” que ningún editor puede pagar lo que ellos exigen; los veteranos del medio creen que terminarán autopublicándose y adueñándose de sus copy-rights.

Todo esto podría parecer exagerado si no fuera por el espíritu empresarial que ya anda desatado en las superestrellas. Como evidencia “A”, no se requiere ver más allá del Planeta Hollywood, esa madre de todas las cadenas de hamburguesas, cuyos dueños principales son Schwarzneggers, Sylvester Stallone, Bruce Willis y su esposita Demi Moore. Simplemente con pavonear sus cuerpos de superestrellas en las inauguraciones de esos restaurantes por todo el mundo, estas celebridades han ayudado a crear una cadena de más de 33 comederos. Y para el año pasado (1996), el valor del mercado de esta compañía llegó a los 2.8 millanes de dólares.

Aunque sea chic decirlo, Planet Hollywood es el gran símbolo del poder usurpador de celebrilandia. Y un recordatorio de que, para las superestrellas de hoy, la actuación es solamente el comienzo de una avalancha de ingresos adicionales. Así como una película “mayor” genera sus grandes billetes en mercados “auxiliares” -como video, TV, música y parques de atracción-, la celebridad mayor también está presta y ansiosa de explotar, lo que venga. Y cada superestrella está rodeada hasta el sofoque de un ejército de abogados y expertos licenciados igualmente desesperados para ganar en esta bonanza de celebridad.

Por este camino, queridos terráqueos, se pierden algunas cosas. Una vez que un artista es trasformado en una corporación trasnacional, no es irracional pensar que su arte sufrirá. Con tales impresionantes megadólares regándose realengamente, ninguna estrella tomará riesgos artísticos de verdad, Más y más películas se asemejarán al “hit” llamado Eraser (El protector) de Schwarzenegger: $120 millones de cine cínico de una línea de ensamblaje, con todas las escenas y chistes dados por pies computarizados.

La superestrella que vive rodeada por cifras trituradoras pasa a ser más una cosa corporativa que un artista, a quien no hay que distraer de su llamada fundamenta: hacer dinero. Un negocio que va dejando de ser interesante, ya que interpone seriamente en el camino de algo que muchos consideramos un proceso respetable: el hacer buen cine.

 

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