Reverón: Más allá de la luz

Artículo escrito por Floriman Bello Forjonell

«Los colores no existen en el trópico debido a que la luz los ha desvalorizado»

 Armando Reverón

Un día llamado diez de mayo nació él, de seguro le amarraban los pañales con cabuya -de allí su cordoncito al momento de pintar-, no solamente para separar el alma del cuerpo sino para que no se le escaparan todos los fragmentos de luz y para que estos pudieran esparcirse en el momento justo en que él tomara su pincel.

Allí comenzaba la función:

Reverón en su gran teatro de vida, siempre hacía escenas muy graciosas y mordaces junto con su mono Pancho. Cuenta Luis Rawlinson que una vez disfrazó a pancho de pintor y le dio unos pinceles para que realizara un cuadro abstracto, cuando el mono terminó de trabajar, Reverón aplaudió y gritó eufóricamente, después recogió los pinceles, guardó la tela y se sentó a conversar con las visitas. Una de estas señoritas le dijo: “Armando nosotras venimos de Caracas a verte pintar”, a lo que él les contestó irónicamente: “¡Guá! ¿Y ustedes no venían a ver pintar a un mono?”.

Conocer a Reverón desde la mirada de otros da cuenta de su radiante luminiscencia; Vicente Gerbasi en su obra Edades Perdidas (1981),  nos lo pinta así:

“La playa es un cristal de mediodía

que anula los colores.

Solo en el fondo del espejo

se hunde el fantasma

de una acacia en flor.

Esta es la bahía

pintada en su casa de palmas.

Los ojos de sus muñecas

me miran como girasoles”

En esta mirada de Gerbasi hay continuidad y cadencia metaforizada en esa tríada reveroniana: el azul, la luz y el sepia, tomando -quizá- las palabras que alguna vez Reverón le pronunció: “Pongo las llaves sobre tu libro porque la poesía es la que tiene las llaves”. Como si de espacios cálidos se tratase, Gerbasi y Reverón hablaban del mar -que aunque parezca un tema comúnmente fácil de expresar, no era así al momento de pintarlo-.

Elvira Cuervo de Jaramillo (del Museo Nacional de Colombia), enfatiza: “Reverón tuvo la virtud de captar la luz enceguecedora y la volvió pintura, pero fue ante todo, un pintor latinoamericano – y así debemos referirnos a él-  que nos dejó en sus obras aquella atmósfera del litoral.

Un período azul, un paso al período blanco y otro al sepia como si de una gran ola se tratase, una ola entre lo sensual y el desnudo, entre lo interno y el ahora, entre la luz y lo místico no como antagonismo sino como una gran metáfora pictórica -sus mitades en una tríada- que hoy conocemos como Reverón. Por si algún día me lo encuentro, le preguntaré por la luz de cada color, por la luz y su discurso teatral de vida.

El arte venezolano tiene su luz -tiene a Reverón- en todos los tonos, no solamente como pintor, también como el histrión que jugaba siempre a ser los sentidos: margen, filo, límite, periferia, borde, provincia, orillas, espacio imaginario, mujer, mar, trópico, lluvias, cadencia y sobre todo ser una voluntad de formas que juega con plena lucidez y conciencia, hasta ahora y siempre.

Por si algún día me encuentro a Reverón le preguntaré: ¿y la luz?

 

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