SALVADOR GARMENDIA, EL QUE ESCRIBÍA MALO

Con voz engolada, y muy circunspectos podríamos decir:

Salvador Garmendia Graterón nació el 11 de junio de 1928 en Barquisimeto, estado Lara. Murió en la ciudad de Caracas el 13 de mayo de 2001 diezmado por una afección pulmonar.

Garmendia, es uno de los escritores fundamentales de la narrativa venezolana. En 1946 publica su primera novela titulada, El parque. En simultáneo escribe para la revista larense Tiempo literario y para el diario El Nacional, al cual sigue ligado a lo largo de su vida.A los veinte años se muda a Caracas y comienza a trabajar en la Radio Nacional de Venezuela desempeñándose como guionista y locutor. En 1958 integra el grupo literario Sardio, y al año siguiente es editada su segunda novela, Los pequeños seres, por la que recibe el Premio Municipal de Prosa.

A principios de la década de los sesenta trabaja en el departamento de publicaciones, de la dirección de cultura de la Universidad Central de Venezuela, y posteriormente se traslada a Mérida para desempeñarse como encargado de Publicaciones de la Universidad de Los Andes. En 1961 se desintegra el grupo Sardio y se funda El Techo de la Ballena del que se hace colaborador. En 1974 escribe Memorias de Altagracia.

Pero Salvador, Salva, como lo llamaba su amigo Edmundo Aray, seguramente nos haría la sugerencia de que no le prestáramos tanta importancia a la formalidad. Nos invitaría a sentarnos debajo de una mata y con la brisa despertándonos a su voz áspera y atiplada a la vez, nos echaría un cuento sabroso, con esa manera suya profundamente reflexiva, que respira y se sumerge en el vaho de la picardía a la candidez con la que fascinaba auditorios…

Garmendia en cuatro estaciones:

I.- Los Fuequinde de Robinsón.

En buena parte de la casa se escuchaba el golpeteo incesante del pedal y la aguja de las máquinas, la mamá de Salvador y sus dos tías solteras desde el cuarto de costura competían con el Cristofué y los Querrequerres. A doña María le transcurrían las horas dedicada a este oficio y él, que era el más chiquito de los siete hermanos, pasaba las mañanas en alguno de los tres patios cargaditos de árboles que refrescaban la casona larense. Allí soñaba aventuras fantásticas donde Pancho El Pájaro hacía de las suyas, o doña Felicia y don Ildefonso, el papá y la mamá de los Fuequinde de Robinsón, armaban con Salvador un jolgorio bien sonado porque Paquito, al fin había logrado pronunciar de corrido, una palabra trisílaba.

¿Que quiénes eran los Fuequinde de Robinsón? Era una familia de trapo que la mamá y las tías de Salvador le habían confeccionado a punta de retazos de tela, y que salían de los bolsillos del niño para hacer travesuras, solo cuando los hermanos mayores y el padre no estaban cerca.

En esos patios de la provincia venezolana se deslizaba la infancia de Salvador cuando un hecho aparentemente desafortunado, lo sumergió en un mundo fantástico del que no salió nunca más. Entre los 12 y los 13 años se vio afectado por una tuberculosis ganglionar que sumada al breve desarrollo médico de los años treinta, lo confinaron por tres años, a un absoluto reposo.

Una tarde, de esas abnegadas al reposo pero ya sumido completamente en su naciente aventura, escuchó:

“No era ni aeronautas de profesión, ni aficionados a expediciones aéreas los que el huracán acababa de arrojar a aquellas costas. Eran prisioneros de guerra a quienes su audacia había impulsado a fugarse en circunstancias extraordinarias…”

Era la voz de su hermano Hermann, que con una entonación maravillosa leía las primeras páginas de La isla misteriosa de Julio Verne. Libro que, junto con el Don Quijote de Cervantes, lo impresionaron profundamente sumergiéndolo para siempre en el mundo de la literatura. A lo largo de su vida cada tanto volvería Salvador a leer estos dos textos, solo para quedar profundamente deslumbrado con su prosa, y recordar con nostalgia las muchas tardes y libros que impulsado por Hermann leyó e hizo suyos.

II.- Salvador llega a Caracas.

Llegar desde la provincia a la Caracas de 1948 era como acercarse con lupa y ojo agigantado a la febril ebullición de un hormiguero. La Sultana atravesaba un estallido urbanístico: las avenidas Bolívar, Sucre, San Martín y la plaza Venezuela estaban recién inauguradas unas o en pleno período de construcción otras. El sistema de tranvías de la época fue remplazado por 43 líneas de autobuses, con una flota de 533 unidades que inundaban no solamente las calles con su presencia, sino hasta el aire con sus vapores hidrocarburados y el chirrido de sus cauchos y bocinas. Más arriba tampoco había paz, el cielo se estremecía por el motor de las aeronaves que llegaban al novel aeropuerto de La Carlota.

Salvador estrenando los veinte años llegó a Caracas y se residenció en una pensión de la pujante Catia, para chocar no solo con esta efervescencia constructiva sino con la novedosa multiculturalidad que la segunda guerra mundial había hecho florecer en la parroquia sucre, como desembocadura natural de la carretera que se abría paso desde el puerto de La Guaira. Es así como esta cotidianidad poblada con el rastro de árabes, italianos, portugueses, españoles y colombianos que se arraigaban firmemente en nuestros suelos, lo hizo aún más consiente de la identidad caraqueña.

Esa Caracas marco definitivamente la pluma garmendiana, y durante años los conflictos del hombre inmerso en el tránsito, en la pujanza del desarrollo constructivo, en el encuentro del modo del campo con la ciudad, fueron tema recurrente en sus escritos.

III.- La Calle Negrín.

La entrega de Salvador a la lectura y la escritura fueron absolutas, sus allegados recuerdan vívidamente aquella casita que tenía en Catia la Mar colmada con una vasta colección repleta incluso con títulos de diversos idiomas; tan valiosa que en 2005 pasó a ser patrimonio de la biblioteca Nacional de Venezuela. Su segunda esposa Elisa Maggi, evoca la disciplina cotidiana que Garmendia desarrolló durante años, en los que se levantaba muy temprano para ir a caminar al otrora llamado Parque del Este para luego avocarse con pasión a escribir durante siete u ocho horas.

Puede ser que, apartándose un poco de la disciplina de escribir cuentos y novelas, escribiese esta carta hermosa dirigida precisamente a su “calle Negrín”, como él llamaba a Elisa.

“Mérida, 17 de octubre de 1973

Calle:

Calle sola, oscurecida, quieta, solitaria, muda, rota, vieja muda triste calle Negrín con cien años de noches en los rincones y los días acumulados en rincones de trastos y muebles desfondados (…) …conociste la calle Negrín? La calle del brujo Negrín con caserones medio muertos y patios tupidos de malezas.

Antes que tú existieras las recorrí cien veces y miraba por las rendijas de las tapias… Y esto a qué viene? Resulta que me angustia no poder comunicarme contigo ¿Cuál es tu teléfono?… Por qué no llamas el lunes a las once a Cultura? La primera semana de noviembre estaré allá y ya no regresaré a Mérida hasta el viaje.

Es ridículo que no podamos ir juntos, especialmente por Barcelona. Pero pronto estaremos allá de nuevo.

Besos a todos y más para ti. Hasta pronto.

Salvador”

IV.- Salvador el que escribía malo.

Era 2001, el siglo XXI agitaba su sonaja asentando su llegada. En Estados Unidos de Norteamérica George Bush asumía la presidencia, la estación espacial rusa Mir reingresa a la atmósfera terrestre y se desintegra antes de tocar tierra, en los Países Bajos se celebran los primeros matrimonios homosexuales del mundo, con plenos derechos, Wikipedia inaugura su página en español, se reabría al público la torre de Pisa luego de diez años de restauración, en el mundo se tejía lo que a finales de ese año se concretó como el ataque a las Torres Gemelas de Nueva York. En Venezuela Salvador Garmendia con una larga trayectoria laureada por diversos reconocimientos, se dedicaba a la escritura de lo que póstumamente se concretó como el libro Mi familia de trapo, dedicada a su Fuequinde de Robinsón.

El autor de Memorias de Altagracia, con la omnipresente barba que pasó a ser el sello de su fisonomía, dejó huellas en todo el que lo conoció, entre otras cosas por el gran talento aderezado con un incisivo humor y la virtud de la modestia. Roberto Hernández Montoya entre risas recuerda una anécdota que le contara Garmendia: una tarde en su apartamento de Sebucán regresa Salvador a su despacho y se topa a Adriano González León, que se encontraba de visita, tecleando la continuación de un escrito que Salvador llevaba a medio camino; entonces se queda inmóvil unos instantes para luego decirle con gran alarma: “¡deja eso chico que escribir malo es muy difícil!”.

Fuentes referenciales:

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