Seis poemas de Robert Mora

Piel profiterol

Suspiros…

suspiros…

suspiros…

Disipa la luz entrada en espejos

que contornean la figura,

sobre la orilla del lecho rasga el lenguaje

con el sortilegio que escondes enmudecida.

Desata los bordados grabados en tus girasoles

y con ecos fluviales descubre el punto y atraviésalo.

Manifiesta tus bestias ante la voracidad de duraznos,

enreda tus florescencias ante la extensión de mis ramas,

unge con savia tus senos de nácar

expuestos en arenas movedizas.

Yo tan solo seguiré el rastro de caracolas

hasta encontrar tu archipiélago.

Suspiros…

suspiros…

suspiros…

Extiende el fuego vertiginoso

desvaneciendo en lo abismal.

No contengas el diluvio

no impidas el naufragio.

Vislumbra en la órbita de tu córnea.

No será sacrilegio convertirnos en manzanos;

La carne es el despojo

la carne es el vórtice ante nuestros soles.

Resistamos a la obertura

y mordamos el anzuelo sideral

para que las vibraciones abran los umbrales

donde dormiremos sobre aguas.

Yo tan solo bendeciré tu vientre de oliva

para fecundar el fruto que morderemos.

Gemidos…

Gemidos…

Gemidos…

 

***

Descubierto está el cuerpo de las calles.

 

Descubierto el cuerpo de la avenida

por trompetistas atosigando el movimiento

y ademanes brotando del asfalto.

Descubierto el cuerpo peatonal

por malabares pincelando el cielo

sobre los dientes de la fiera.

Descubierto el cuerpo del boulevard

colmado de megáfonos con remates

y valet parking hasta para triciclos.

Descubierto el cuerpo del callejón

atiborrado de alquimia, cuarzo y pólvora,

donde danzamos sobre el ron sereno,

con hoteles apodados«promiscuidad»

ventilados con hierbabuena.

 

Descubierto está el cuerpo de las calles

con manos de limosna hilando certidumbres,

con ojos de cebolla morada contemplando la penuria,

con labios cociéndose un: Pure nuestro que estás en el guetto,

con pulmones sudorosos inhalando indicios,

con el corazón abaleado por amores esporádicos,

con el hígado saturado por la noche fermentada.

 

Descubierto está el cuerpo de las calles

se le están cayendo sus atuendos

¿Quién ayudará a vestirla?

 

***

 

“Soy esa absurda epidemia que sufren las aceras,

si quieres encontrarme, ya sabes dónde estoy.”

Joaquín Sabina.

 

Las aceras son los pétalos

de lo dado por despedido,

son la tensión en los huesos

y los cuervos de mi carne.

Las aceras son acariciadas

por la hojarasca de mi estirpe,

solapada de corchos y colillas.

Las aceras son almohadas empedradas

donde los sueños pernoctan,

quién sabe si Dios ha dormido en las cunetas.

Las aceras manifiestan el cubismo

y esparce sus vísceras perfumadas.

Son el techo del averno,

son el tablero donde Dios juega al azar,

quién sabe si el oligarca percibe

que el penthouse es sostenido por las aceras.

 

***

“Cuando llueve no es que llueve

es que Dios aprende a llorar.”

La Misma Gente.

 

La llovizna empaña el follaje mecánico

expuesto al mar contaminado,

abre los poros del pavimento

donde renace una flor.

La llovizna no desvía el destino del pájaro

tan solo lava su aleteo y entona su canto

para sacudirnos las angustias.

Gota a gota

deslizándose por la corteza

mientras buscamos el sol en otros ojos.

 

Escampamos en los kioscos

que venden el periódico de ayer de Héctor Lavoe;

derramándose, dispersándose van las palabras

que nos empapan y nos pintan las manos.

Nos vestimos de vaporización

y nos apaciguamos en el calor de la inmovilidad.

Entre la llovizna

somos los techos de cartón de Alí

somos los paraguas de René Magritte

somos el amarillo de Van Gogh

somos la piel de los Mucuchíes.

 

Esta llovizna nos otorga aguamiel de consuelo

y el rezo de una madre para eludir el resfriado.

Esta llovizna nos otorga una libertad silente,

seca las lágrimas de una ciudad que convulsiona

y que está viviendo el nublado celeste.

Esta llovizna que precisamente habita

en las calles de nuestro torso.

 

***

La noche tiembla ante la ventana,

quiere atravesar mi corazón

y gritar los nombres que he profanado.

Thomas Bernhard

 

 

La noche revive criaturas hibridas

que bailan en la cacofonía del brindis

y cantan bajo el neón lunar,

despierta los fantasmas del bar

que mendigan cigarros

para huir de santificados.

La noche florece las cunetas

y enciende las velas del póstumo,

expande escalofríos resguardados en la lujuria

y agoniza en el crepitar del insomnio.

Yo solo espero

que el día nos convierta en bienaventurados.

 

La noche es sublime y usa antifaz,

nos promete amores sedantes

con el tacto de puñal para después relegarlos,

nos otorga callejones comprimiéndose

tras filtraciones en el lecho.

La noche es un saxofón al borde del beso,

entre el olor a despojo

entre el peligro abismal,

de jeringas pinchando las incógnitas

de ácidos levitando el peso.

Yo solo espero

que el día nos tenga misericordia.

 

La noche es grotesca

y aborrecida por estrafalarios que gritan:

¡Oh, Santa Dipsomanía!

no me desampares de noche

porqué ya no te tendré de día.

La noche es un revolver con silenciador

engatillado por nuestros temores,

si no fuera por los grillos

que custodian los jardines místicos

el azabache ya nos fuera devorado.

Yo solo espero

que el día nos purifique.

 

La noche es cosecha de ciruelas y uvas

sobre el balcón azotado por espirales astrales.

Sereno perpetuo extendiéndose por la ventana

queriendo atravesar la puerta.

Silente y gutural a la vez.

La noche es un blues

donde despilfarro la ebriedad del pensamiento

y me resisto a las regresiones.

Es un roedor por las alcantarillas de nuestros corazones.

Yo solo espero

sobrevivir nuevamente y por centésima vez

a la noche.

 

 

***

II

Mi sangre se adhiere a las transparencias urbanas

al quehacer cotidiano

y promulga la voz de los otros,

se extiende por las venas de la mecanicidad

hasta llegar al corazón cinético.

Mi canto es de los mercaderes

montados en el transporte público,

mi llanto es de los niños

creciendo con sonajas de monedas,

mi rabia es la segregación

causada por la aristocracia,

mi risa es de quienes desvisten la vida

y guapean en matinés.

 

Creo en el sincretismo para la salvedad y resolución de enigmas.

Creo en el Dios que encontramos aspirando aberturas.

Por lo que soy un ademan de la calle,

por lo que soy la hermenéutica del poema,

por lo que yo soy ustedes.

***

Robert Mora. (Maracay, Aragua, 1995). Un tal dipsómano, cognoscente y miembro del poetariado. Estudiante de Psicología en la Universidad Bolivariana de Venezuela (UBV). Ha participado en los talleres de poesía y narrativa en la Casa Nacional de las Letras Andrés Bello. Participó en la antología poética “Nueva Poesía Erótica Venezolana” 2015 y la antología poética “Poesía a la Carta” 2017. Ha participado en diversos recitales, entre ellos: Peña Literaria: “Poesía Japonesa y Palabra Criolla” 2014, Festival de Poesía Internacional “Palabra en el Mundo” (2014, 2016), 11ª Feria Internacional del Libro de Venezuela (FILVEN 2015), 12vo Festival Mundial de Poesía Venezuela (2015), Festival de Poesía Realenga 2016.

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