El balido de una oveja

Le operaron la lesión de los nervios de la asociación auditiva en el lóbulo temporal del cerebro, en el Área de Wernicke, que se había lesionado con el fuerte traumatismo sufrido en el accidente que la dejó sin poder oír absolutamente nada.

A partir del día de mañana, así lo decidió la junta médica, volvería a oír.

Tendida en la cama, después de haber vivido durante cincuenta y tres años oyendo las maravillas del sonido; llevaba casi cuatro años en el anonimato de la total sordera, con esa sensación tan desconcertante que le producía un mundo silencioso. Sería como renacer de nuevo en una tierra tan extraordinaria en sonidos. Ya llevaba demasiado tiempo con una sensación de pérdida, de soledad, donde todas las imágenes desaparecían parcialmente en el mundo del silencio.

Al día siguiente, pasado completamente el efecto de las drogas y mitigados los dolores, la notable zoóloga especialista en comportamiento animal Celine Valderme, esperaba anhelante la visita del médico que le retiraría los vendajes y le explicaría su nueva situación. Los médicos del equipo que la operó, auguraron que había sido un total éxito la intervención.

Entró el médico a la habitación acompañado de una enfermera. Con hábiles manos le levantó despacio los vendajes.

Lo primero que oyó Celine fue el rumor de la lluvia de un día pluvioso, también, el ligero crujir del uniforme de un blanco reluciente de la enfermera. Después los rumores de la calle y el ruido del tráfico.

Lágrimas de entusiasmo y regocijo salían de su ansiosa mirada. Se rompía el agobiante silencio. El sonar aumentaba el encanto de cuanto la rodeaba. No había prisa, saboreaba cada ruido de la habitación.

-¿Está oyendo Celine?- le preguntó el doctor. –Tómalo con tranquilidad, al principio quizás sean solo susurros, luego, gradualmente oirás perfecto- le aseveró.

Celine vio como la boca del médico se movía hablándole, pero lo que oyó fueron los bramidos de un toro.

-¿Qué tal, cómo oye?- le repitió el doctor, mientras le revisaba minuciosamente los oídos; otro bramido escuchó Celine.

La enfermera se acercó con una alegre sonrisa, le arregló las sábanas y le dijo: -¿Se encuentra feliz verdad señora?-

Todo era incongruente, absurdo, la voz de la enfermera no era como recordaba ella la voz de una mujer, era el melifluo maullido de una gata. No respondió, desesperada se tapó ambas orejas y después de un momento, las destapó de nuevo. La enfermera estaba cruzada de brazos diciéndole –No parece entusiasmada- Celine oyó un bufido felino.

En voz baja, el médico le estaba dando instrucciones a la enfermera. Ella oía bisbiseos de bramidos entremezclados con maullidos. Ambos se retiraron de la habitación y quedó sola.

Celine, esperó un pequeño rato y se asomó discretamente a la puerta de su habitación. De un extremo se acercaba un carrito de la limpieza, hasta el pequeñísimo  ruido triquitrante de las ruedas oyó; la empleada que lo conducía la saludó con unos –Buenos días señora-  sin embargo, ella escuchó un zumbido de abeja. Del otro extremo avanzaba dos médicos que conversaban entre ellos, el más alto y robusto rugía como un león y él otro bajito, le contestaba con ladridos estridentes de chihuahua. Incluso, a un mensajero que llegó por el ascensor saludando a los que iba encontrando en el trayecto le oyó ululares de búho.

Empezó a experimentar una sensación terrorífica, el pánico se estaba apostando en todo su cuerpo, ya se reflejaba en su expresión y le temblaban las manos. Regresó a la habitación, al cerrar la puerta escuchó el ruidillo de las bisagras de la puerta, se recostó agobiada en su cama. Todo los sonidos del derredor eran normales, todos, excepto  los que salían de las bocas de las personas.

La enfermera maulladora entró de nuevo en la habitación, le trajo un sedante y bajó las persianas; Celine sin replicar se lo tomó inmediatamente. Quería dormir a ver si al despertar de nuevo todo volvía a ser normal. La pastilla le hizo efecto rápidamente y una sensación agradable de abandono se apoderó de su cuerpo.

Celine despertó para encontrarse con la mirada castaña y una melosa sonrisa de la enfermera que le traía el desayuno, y con maullidos le notificaba,  que después llegarían para darle el alta.

En ese mismo instante, Celine se dio cuenta de que ella no se había oído su propia voz; hasta ahora había gesticulado, fruncido el entrecejo y sonreído escasamente. No se había atrevido a responder nada a ninguna pregunta.

Llegó el médico acompañado del doctor jefe de cirujanos, para orgullosos del resultado, darle el alta a su hospitalización.

-Con un destemplado relincho, el jefe de cirujanos le dijo: -Hoy mismo se va usted Sra. Valderme. Se podrá integrar totalmente de nuevo a todas sus actividades e investigaciones sobre la conducta del reino animal-

Celine con el corazón desbocado en el pecho respondió – Muchas gracias-

Sin embargo, ella misma se oyó con pánico como el balido de una oveja salía de su boca.

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