Noé Jitrik, novelando en la estela de Macedonio

Con la novela Terminal (Buenos Aires, Voria Stefanovsky Editores, 2016), Noé Jitrik retoma y relanza una de las líneas narrativas que venían insinuándose en anteriores libros como Evaluador, publicado en México, Citas de un día, Long Beach y, especialmente, en Destrucción del edificio de la lógica, editados en Argentina. Otra línea, autobiográfica, se ha manifestado en Los lentos tranvías, Libro perdido, Atardeceres, Mediodía, Casa Rosada y La nopalera, entre varios más.

Terminal comienza (amaga) con lo que podría ser una novela policial (un crimen, una mujer que lo comete y huye, una ¿probable? ¿inevitable? persecución). Pero su “lógico” (y/o esperable) desarrollo queda trunco por el procedimiento: disquisiciones, comentarios y planteos que se hacen cargo de la carga (mental, tanto la del autor como la del lector) que implica el lugar común (lo repetido habitualmente hasta la banalidad, hasta la misma pérdida de sentido) y que lo asumen con humor, ironía e inteligencia. El arte de la digresión se acomete aquí a partir del contexto creado –aunque volátil, de contornos imprecisos y cambiantes metamorfosis– y de los personajes –nominados, increíblemente, por una inagotable “familiaridad teológica”: Graziadío, Donadei, Amadeo Diosdado, Dionisia Santino–. En una suerte de mosaico literario, se nos presentan personajes que, aunque pareciera imposible, comentan y discuten sobre literatura y artes, política e historia, a la par que varias conjeturas de un narrador-no-tan-omnisciente son pronunciadas (arriesgadamente, y apenas) como suposiciones, ya que, ante tal o cual cosa concreta, se dice “es imposible afirmarlo, porque no se puede saber”. Y, sin embargo, se sabe: un país “de vaivenes económicos incontrolables”, la relación campo-ciudad, temas como la explotación de mujeres, la mafia y la policía, la religión y el arte y un artista “hereje” encuentran, en los personajes –sea un policía o un mozo de bar–, un planteo, una discusión, cierto desarrollo. Con todo, uno afirma: “Termino por no entender lo que hago ni lo que me pasa”.

Se explicita o plantea: “¡Qué súbitos cambios! Cómo, pregunta inquietante, en tan pocos instantes esas personas podían volver a ser lo que eran antes de ser lo que habían sido”. Tenemos aquí, ante los peligros de la “fatiga de materiales”, nuevos métodos o modos de la narrativa. Decir, pensar y hacer –por parte de los personajes y del narrador– pareciera, por momentos, ser indistinto (o indistinto en sus momentos) por el fluir de la prosa (qué se cuenta y cómo se cuenta por sobre quién lo hace). La acción propiamente dicha no importa en demasía, al menos desde la esperable y tradicional narración y su estructura “de relato”. Terminal escapa a todo eso y destaca el simbolismo que condensan ciertas palabras, ciertas fórmulas consagradas, populares, y eso es lo que hace a la significación de la obra.

En la estela que dejó Macedonio Fernández, Jitrik retoma las posibilidades de huir de toda convención literaria; se lanza y se abre camino recorriendo calles rebautizadas con sus propios libros (“Diagonal de los Lentos Tranvías, Calle Balcones Barrocos, Avenida del Cálculo Equivocado, Costanera Mares del Sur, Calle del Limbo”) y ofrece una novela “única” como un modo de la vanguardia, nada menos.

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