¿Yo?, Yo mato suicidas

A PhilippBudeikin

-¿Cuánto tiempo pasas estornudando?

– Normalmente un estornudo dura un segundo, si algo me da alergia me tardo un buen rato, pero ah, si se me va el estornudo también puedo demorarme más.

-Bien, probemos algo más sencillo, ¿cuánto empleas en pronunciar una frase corta? por ejemplo, “te amo”.

-Bueno depende, a veces estoy a punto de decirles “te amo” pero ellos dejaron de escucharme.

 

Un diálogo breve como el anterior le tomó solo unos pasos intrascendentes a las agujas del reloj, pero…

En ese relámpago de tiempo alguien en el mundo se quitó la vida. Según la Organización Mundial de la Salud, cada cuarenta segundos una persona se suicida. Sin embargo las cifras (el fetiche de los gobernantes), por alarmantes que sean no logran expresar la magnitud del impacto generacional que hay antes y después del momento en el que alguien decide dejar de existir.

Pese a los autores que han señalado al suicidio como el acto más íntimo y aislado del hombre, es imposible divorciarlo del resto de los engranajes del sistema que alargan sus tentáculos en el espacio-tiempo. En boca de Horacio Quiroga: “para mí, el suicidio sigue inmediatamente a la desgracia”. Cuando Quiroga tenía tres meses de edad su padre se quita la vida disparándose en la cabeza con una escopeta. Su madre vuelve a casarse y después de cinco años, el padrastro se suicida con idéntico método al que había usado su padre biológico. Ya hombre, Horacio se casa con una de sus alumnas que poco después fallece intencionalmente tras beber líquido para revelar fotografías. En 1938, luego de mantener un breve idilio y una larga amistad con Alfonsina Storni queda devastado cuando hallan el cadáver de ella en el azul atlántico de Mar del Plata. A los 59 años Quiroga ingiere una dosis letal de cianuro. Un año después se suicidaría su hija mayor Eglé, y a su único hijo Darío, le tocó el turno trece años más tarde.

Quizás pienses que la vida de Quiroga es un caso aislado y el colmo de la “mala suerte”, pero ¿será completamente cierto?

El ritual de quitarse la vida si se observa sentado desde el sofá de la cultura oriental u occidental puede representar el acto de mayor honor, o de máxima vergüenza para quienes le rodean; por esto muchos de los intentos de suicidio y de los suicidios consumados se enmascaran o se silencian. Esta decisión sobre la muerte propia frecuentemente es analizada y teorizada desde una perspectiva moral, religiosa, psicológica o existencialista, lo cierto es que quien muere por propia voluntad despliega frente a los que seguimos vivos una pancarta kilométrica con un cuestionamiento de gravedad abrumadora.

Peter Sloterdijk, “comprende el ser–para–la–muerte como la circunstancia de que todo mortal ha de abandonar alguna vez el habitad en el que está relacionado con otros, en fuerte alianza con los demás. La muerte significa dejar un espacio vinculado. Aquel que voluntariamente elige morir está decidiendo desvincularse, abandona ese espacio por propia convicción. Este acto irreversible nos empuja a cuestionarnos el espacio y las alianzas que se han creado: o son despreciables o simplemente no son suficientes para soportar la vida, por eso la comunidad experimenta el suicidio como una afrenta”.

Existe un mito de que la conducta suicida se hereda como una especie de maldición, y en estos tiempos en los que hemos aprendido a examinar las raíces de las creencias populares como fuente viva de sabiduría ancestral, es fácil deducir que si bien la tendencia suicida no se pega como una gripe, lo que sí llevan adherido a la piel los familiares, son como dice Sloterdijk, el espacio y las alianzas que ese grupo familiar ha construido o ha tenido que padecer.

Quizás el primer suicida de la humanidad haya sido una mujer que se arrojó a las fauces de un felino prehistórico para proteger a sus hijos de ser devorados, sin embargo la biblia refiere como el primer suicida del mundo a Abimelec, a quien en mitad de un forcejeo, una mujer golpeó de muerte en la cabeza con una piedra. Abimelec, para evitar “la gran vergüenza” de morir a manos de una mujer le pidió a su sirviente que lo honrara atravesándolo con una espada. El suicidio, el acto de mayor soledad e individualidad a veces no lo es tanto.

Recientemente, el mundo se degradó en un gris de desconsuelo bajo el peso de las muertes de las mujeres yazidíes; el horror de ser capturadas y empleadas como esclavas sexuales por el Estado Islámico las empujaba al suicidio en masa. De este lado de la colmena en nuestra hermana Colombia los indígenas U’wa, hace unos años expresaron en una carta colmada de simbolismo y amor por la naturaleza y la humanidad, su intención de inmolarse si la pretensión del gobierno colombiano y las transnacionales petroleras de explotación de la sierra nevada, seguía adelante.

Dice un fragmento de la carta: “algunos jefes blancos han horrorizado ante su pueblo nuestra decisión de suicidio colectivo como último recurso para defender nuestra madre tierra. Una vez más nos presentan como salvajes. Ellos buscan confundir, buscan desacreditar. A todo su pueblo le decimos: el U’wa se suicida por la vida, el blanco se suicida por monedas. ¿Quién es salvaje?”.

 

Bueno depende, a veces estoy a punto de decirles “te amo” pero ellos dejaron de escucharme.

 

Schneidman definió el suicidio como el “acto consciente de aniquilación autoinducida, que se entiende mejor como un sufrimiento multidimensional en una persona vulnerable que percibe este acto como la mejor solución a sus problemas”.

Cristóbal Alva, con Goethe mordiendo la carne bajo sus uñas, escribió:

“…vio en el suicida que bailaba con el árbol

la profunda certidumbre.

Armó un manojo de tristezas y lo arrojó

desde el mar de los espectros de su niñez

hacia el espejo de agua

Lotte ya no estaba…”

Jorge Amado en su novela Cacao, lo refiere así:

Cuando se enteró de que el futuro doctor venía a pasar la fiesta de San Juan en el campo, se compró un vestido nuevo con sus ahorros y una caja de colorete.

Vestida de estreno y muy pintada, lo esperó en medio del camino. Él pasó sin mirarla. Pero a la noche vino a la aldea y fue a la calle del Barro. Zilda lo llamó:

– Osorio…

– ¿Y usted quién es?

– Zilda.

– ¿Qué Zilda?

– Usted me desfloró en la plantación de su padre.

– Qué fea esta… parece un cuero, caramba…

Y se fue a dormir con Antonieta.

Al día siguiente Zilda tomó veneno. Las putas hicieron una suscripción para enterrarla, pues ella se había gastado los ahorros en el vestido nuevo. Cuando pasó el entierro, pobre cajón mal pintado, Osorio cruzaba la aldea a caballo.

-¿De quién es ese entierro?

-De Zilda.

-¿Se murió?

-Se mató.

-Que sea feliz en el infierno…”.

 

No deja de ser una ironía por decir lo menos, como se esfuma la piedad de las principales religiones monoteístas sentenciando a alguien (cuyo tormento ya era tan grande como para tomar el camino del suicidio), a sanciones que van desde el rechazo hasta una eternidad de sufrimientos. Tan irónico como la contradicción de que los “pecados” solo puedan expiarse a través del sometimiento a distintas penitencias, de que el suicidio de Cristo cuando se entregó a los judíos sea un acto profundamente reverenciado y sin embargo para el suicida de a pie, al hijo e’ Lola como diríamos en criollo, ofrendar la penitencia máxima de quitarse la vida asegura, por ejemplo en el catolicismo, la expulsión o excomunión para los colaboradores, y el infierno a quien se trunca la existencia.

173 años después sigue vigente el compita Marx, “la religión es el opio de los pueblos”, si la vida está llena de contradicciones la religión te da una salida concisa: sopórtalas. El sistema requiere ejércitos de esclavos dóciles.

Es innegable que un porcentaje de suicidios tienen motivos solo atribuibles a índoles psicológicas como la esquizofrenia, pero la mayoría aplastante de muertes autoinflingidas se deben a condiciones mentales relacionadas con la estructura del capitalismo y su esencia represiva. La depresión, la angustia, la baja estima, la frustración, al ser analizadas tienen su base en la estructura económica, en el sistema de valores capitalistas, y/ o en los dogmas religiosos.

Con respecto a la frecuencia de los suicidios dos franjas de edad tienen el mayor peso: el final de la adolescencia, cuando nos enfrentamos con el mundo más allá del círculo semiprotegido de la familia y el grupo escolar, y la edad mediana, cargada de responsabilidades laborales, familiares y de pareja así como de máxima exigencia en el cumplimiento de los roles sociales asignados por el capitalismo machista.

El capitalismo impide que podamos realizar nuestros deseos dado que por encima de estos debemos ser productivos y seguir los dictados de la cultura consumista; el sistema transforma la naturaleza en paisajes encementados, elimina el erotismo, la ternura, la solidaridad, el reconocimiento del otro y reduce los sueños a un imposible. Se fundamenta y se fortalece en la perversidad de las contradicciones sociales y económicas, taladrando en nuestras espaldas un cartel de loser, de ser inferior, incluso de egoísta o avaro cuando no podemos  obtener el equilibrio de gasto continuado que el sistema y sus alienados nos imponen.

Parte del triunfo del capitalismo consiste en lograr el endurecimiento del corazón del hombre o la mujer, convirtiéndolo en juez de sus iguales, especialmente de aquellos o aquellas que los aman. Se robustece cuando consciente o inconscientemente nos dejamos inocular la idea de que “gana” quien mejor sabe aferrarse al individualismo y al ego. El amor es un enemigo peligroso, es la inocencia de nuestro espíritu en la hojita de árbol con la que de niños jugamos maravillados toda una tarde, y que después, metiendo la mano en el bolsillo cada tanto para jugar con ella, nos llevamos a la casa para regalársela a alguien que amamos.

A veces estoy a punto de decirles “te amo”, pero ellos, ellas, dejaron de escucharme.

 

¿Yo?, yo mato suicidas.

 

Cuenta Earle Herrera, “un día a mi casa fue un plomero y empezó a explicarme que él era de Río Caribe y que allá, no se sabe por qué, los hombres del pueblo empezaron a suicidarse, todos lo hacían con el mismo método: ahorcándose. Entonces el prefecto… prohibió la venta de mecates”.

El pasado diez de septiembre se organizó otro Día mundial para la prevención del suicidio. Es alarmante, (echando mano de nuevo a las estadísticas), como siendo el suicidio la segunda causa de muerte entre las personas de 15 a 29 años y teniendo también una incidencia alta en los adultos mayores, esta iniciativa hizo lo que un pellizco de hormiga a un elefante.

Salta a la vista que los factores que inducen al suicidio poco pueden enfrentarse con el aviso en la bodega de: “no se venden mecates”, pero mucho menos con el silencio de familiares, y la apatía de nosotros quienes nos encontramos en el diseño y/o ejecución de Políticas Públicas, en los movimientos de organización popular o frente a un rostro  cuyos ojos jamás nos hemos detenido a mirar. Nosotras, nosotros, somos responsables históricos de analizar las estructuras y asumir responsabilidad con miras a la transformación de la sociedad capitalista, machista y patriarcal.

Entre los siglos XVI y XVIII se impuso en los Países Bajos la norma de castigar con la horca casi todos los delitos. El suicidio era considerado como uno de los crímenes más graves, por ello se decidió que quienes se quitaban la vida serían castigados póstumamente con una ejecución pública. Por absurdo o terrible que parezca esta práctica no se aleja mucho de nuestra cotidianidad.

El suicidio traspasa el acto concreto de oprimir el interruptor y apagar la propia vida, también la indiferencia es una manera de enroscar la cuerda al cuello y patear el banco.

Y tú, ¿matas suicidas?

 

Fuentes.

Alva, Cristóbal. “Reflejos”. Poemario: Mosaicos del viento. Colección las Formas del Fuego. Monte Ávila editores latinoamericana, C.A. Página 35. 2016.

Amado, Jorge. Cacao. Biblioteca Ayacucho. Página 30. 1991.

Atobas, Victor. Capitalismo, enfermedad mental y suicidio. LaHaine.org. 2011.

https://www.lahaine.org/est_espanol.php/capitalismo-enfermedad-mental-y-suicidio

Corpas Nogales, José Manuel. Aproximación social y cultural al fenómeno del suicidio, comunidades étnicas amerindias. Gazeta de Antropología. 2011.

http://www.ugr.es/~pwlac/G27_33JoseManuel_Corpas_Nogales.html

Espiño, Isabel. Conducta suicida, ¿una enfermedad hereditaria? El Mundo Salud. 2003.

http://www.elmundo.es/salud/2003/518/1047662649.html

La nueva televisión del sur, Telesur . Suicidio, responsable de 800 mil muertes al año. Telesur.net. 2014. https://www.telesurtv.net/news/El-suicidio-en-el-mundo-20140909-0066.html

Leconte, Patrice. Le Magasin de suicides. Youtube.com. 2015.https://www.youtube.com/watch?v=pCQ5Fx3zVtY&list=PLILMi_krWN-h-sNGagB9VTjuQ7lIGTzte

Pueblos U’ wa. Carta de los U’wa al mundo. Koinonia. 2000.

http://servicioskoinonia.org/agenda/archivo/obra.php?ncodigo=397

Quiroga, Horacio. El Suicidio. H Enciclopedia. 1896.

http://www.henciclopedia.org.uy/autores/Quiroga/suicidio.htm

RuilobaAusin, Alberto. El suicidio en las tres grandes religiones monoteístas. Tanatologías. 2011.

http://www.tanatologias.com.mx/2011/10/17/el-suicidio-en-las-tres-grandes-religiones-monoteistas/

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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