El cine que estremeció a la historia

La Revolución de Octubre es el evento más importante de la Historia y llegó a transformar cada aspecto de la vida de campesinos y obreros incluyendo la cultura y las actividades artísticas.

Este cambio no surge de la nada. En los cien años anteriores a la Revolución, la literatura rusa dio a luz autores como Pushkin, Gogol, Dostoyevski, Tolstói, y Chéjov; compositores como Mussorgsky, Rimsky-Korsakov, y Tchaikovsky y, además, desde fines del siglo XIX las experiencias de Konstantín Stanislavsky y Vsevolod Meyerhold transformaban el arte del actor. Por supuesto, estas expresiones artísticas sólo estaban al alcance de uno pocos privilegiados.

El cine, a su vez, hizo presencia en Rusia desde sus inicios, cuando los primeros operadores viajaron a filmar la coronación del zar Nicolás II en mayo de 1896. Meses después, los Lumière establecían una oficina en Moscú para adelantar actividades de producción y exhibición en diferentes puntos del Imperio. Luego llegarían otras compañías como Pathé y Gaumont.

Desde el principio, “el teatro eléctrico” resultó muy atractivo para el proletariado ruso. Jóvenes escritores como Máximo Gorki mostraban al cine como una fuente donde satisfacer la sed de nuevas sensaciones fuertes. El crecimiento fue tal que en 1906 se llegaron a establecer normas para regular su funcionamiento. Este público entusiasta permitió el desarrollo de una industria cinematográfica con algunas obras importantes, la mayoría de las cuales se ha perdido.

El triunfo de la Revolución puso el conocimiento universal al alcance de las masas. Todas las áreas del conocimiento eran objeto de debate más allá de los círculos intelectuales. Esto, a pesar de las dificultades de la contrarrevolución: ejércitos de veintiun países emprendieron una invasión a Rusia y sus acciones militares se extendieron desde 1918 hasta 1921. En este proceso, el proletariado ruso aprendería la importancia del cine como arma de agitación política.

Siguiendo la orientación de Lenin, se construyó el primer agit-train, equipado con laboratorio de revelado, sala de edición, sala de proyección, una compañía de actores y una imprenta que reproducía la prensa del Partido. En pocas semanas, el Ejército Blanco descubriría que le resultaba imposible obtener apoyo político de las poblaciones por donde pasaba el agit-train.

La producción cinematográfica de la naciente URSS enfrentó serias dificultades. La más grave fue el bloqueo económico que impedia el acceso a película vírgen. Sin embargo, los trabajadores supieron encontrar nuevas posibilidades en los obstáculos. Por una parte, se adelantó un importante trabajo de reflexión teórica en un momento en el que el cine era reconocido como arte sólo por una minoría de intelectuales; por otro lado, en los cursos que luego darían orígen al VGIK (la primera escuela de cine del mundo), se hacían ejercicios “sin cámara”: puestas en escena muy planificadas cuyas notas se conservaban en espera de la posibilidad de producirlas después. Además, se aprovechó el material existente dándole otro sentido a través de la edición. Tal vez este fue el principal aporte de los cineastas soviéticos: la teoría y la práctica del montaje.

Un joven editor del noticiero Kino-Nedelya se convertiría en el padre del documental: Dziga Vertov. Su noticiero, Kino-Pravda hacía de cada episodio un filme documental que buscaba registrar la vida cotidiana de la nueva sociedad. El talento de Vertov llega a su máximo nivel con El hombre de la cámara (1929).

Partiendo de los principios básicos del materialismo dialéctico y desarrollando diferentes experiencias en la mesa de edición, Lev Kuleshov descubre que un plano más otro no son dos planos sino una idea. Un plano de un actor cambia su significado dependiendo del plano que se le yuxtaponga. Esta práctica pasará a la historia como el “efecto Kuleshov” y es empleado hasta el día de hoy en producciones de todo tipo. El más significativo de sus filmes es Las aventuras de Mr. West en el país de los Bolcheviques (1924), una comedia que custiona la práctica de promover la mala imagen del socialismo a partir de campañas de prensa tramposas.

En 1925 un joven proveniente del teatro, Sergei M. Eisenstein, estrena: La huelga. Este filme episódico, fuertemente influenciado por D.W. Griffith, pero nutrido en sus principios estéticos por el pensamiento marxista, narra una huelga ocurrida en 1903 desde la aparente calma de la fábrica hasta el exterminio de los trabajadores. La intención de Eisenstein era inspirar el pathos revolucionario en los espectadores: salir de la sala de cine con el impulso moral para derrocar el poder político de la burguesía. En diciembre de ese año estrena El acorazado Potemkin, filme que conmemora la revolución de 1905 y que es una pieza de estudio fundamental para cualquier cineasta. Posteriormente adaptaría el libro de John Reed Diez días que estremecieron al mundo en Octubre (1927) como parte de la celebración del décimo aniversario de la Revolución. Dos años después estrenó Lo viejo y lo nuevo, filme que buscaba celebrar y promover la colectivización de la agricultura.

En 1926, Vsevolod Pudovkin, actor de Las aventuras de Mr. West…,  estrenaría su adaptación de la novela de Gorki La madre. Esta película, ambientada en la Revolución de 1905 cuenta la historia de la madre de Pavel, un joven revolucionario perseguido por las autoridades por participar de una huelga. Con la esperanza de salvarlo, la mujer les entrega a su hijo. Durante el encarcelamiento, la madre toma consciencia de la situación y se une a la lucha socialista. Este sería la primera obra de su “trilogía revolucionaria” que se completa con La caída de San Petersburgo (1927)  y Tempestad sobre Asia (1928).

Otro de los aportes del cine soviético es el documental de archivo o documental de montaje. Este fue creado por Esfir Shub, una joven editora que, tras diez años de experiencia, creo su primer documental editando las películas caseras y material de noticieros de la familia imperial. El resultado fue La caída de la dinastía Romanov (1927) una obra que, en la práctica, nos recuerda la importancia del audiovisual para la reconstrucción de la memoria.

En 1928, Alexander Dovjenko estrena Zvenigora, el primero de los filmes de su “trilogía ucraniana” junto a Arsenal (1929) y La tierra (1930). Aquí nos enfrentamos a una puesta en escena que contrasta las realidades históricas con la fantasía. Es casi un anuncio del realismo mágico pero también una vía para entender cinematográficamente el mundo desde la paradoja y la contradicción.

Toda esta explosión de talento y creatividad encuentra su fin en 1934 con la imposición del “realismo socialista”. A partir de aquí llega un arte institucional que lega muy pocas obras de importancia para la historia y se emprende la persecución material y sicológica de muchos artistas. El cine soviético empezaría una lenta recuperación después de la muerte de Stalin pero los tiempos ya son otros.

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