Salve Goofy

Sé que no era la aspiración de mis padres, ni lo que se suena cuando uno está chiquito.

Cuando se es pequeña, se anhela ser maestra, cocinera, atronauta, cantante, feliz, amada: no se suele patear la calle con cuatro años a cuestas decretando la sentencia de plomo, “Cuando sea grande seré pendeja”. Pero es así. De nada ha servido una carrera universitaria, tantas películas, uno que otro libro, tanta experiencia navegando por la vida. Saber demás no solo es una molestia sino también una amenaza. Ver más allá de los ojos es peor que sufrir de lepra cuando de supervivencia se trata. Saber de antemano el capítulo final de la historia te garantiza dos horas de tedio esperando ver los créditos de “Fin” para por fin poder pararte de la sala o, lo que es peor, una gran arrechera porque siempre supiste que perderías tus reales.

Por eso, y a pesar de que ya sé cómo seré también mi capítulo final, aunque sepa que el destino me depara un sino similar al de la hormiga blanca, he tomado la solemne decisión de ser boba.

No me importa sin en la calle piensen, “Pero esta niña es medio estúpida”. No me interesa que mi familia considere que se perdió la cosecha. Me da igual si piensan que camino en sentido contrario a la raya amarilla, y que la gafitud me ilumina el camino. Así que, cual si fuera decisión vocacional de enclaustrarme en un convento a rezar veinte avemarías gloriadas, como si optara de por vida no comer carne ni fumar, he tomado la determinación de que de ahora en adelante seré una tonta.

Cuando se es cándido,  se es feliz. Se pasea por la vida creyéndose protagonista de musical de Disney así se transite por la calle del infierno. Ser tonto es garantizarse mil y una alegrías así te estén engañando en tus narices. Hacerse el loco, el Willy may, whatever so, más bien ayuda a que uno no deba posicionarse demasiado ante el pelotón de fusilamiento. Nunca se verá por la vida a un tonto con el ceño fruncido:  el heredero del cronopio nunca asume que tiene por delante mil batallas perdidas, ni que ha sido derrotado ni que fracasará en su próxima encomienda. Detrás de un tonto corren mil vivos buscando reafirmar su viveza: mil vivos buscando jugar con su ingenuidad cual presa. “Papaya”, los parces dicen. En este mundo todos los días sale a la calle un pendejo, y quien se lo encuentre es suyo, dicen porai.

Este es el mundo de los vivos y de los tontos, no de los conscientes.

Los vivos andan al acecho, regalando sonrisas de envoplast. Buscan tontos por el mundo que les encaminen su razón de ser. Los vivos tratan de sobrevivir a una carrera en la que los únicos sobrevivientes deben ser ellos, sin importar quién muere en el camino. No importa, no hay tiempo qué perder.

Los conscientes sufren: sufren de indigestión espiritual ante tanta basura y podredumbre en el planeta. Es difícil ver a un consciente por la vida con la frente despejada. La indignación es su himno de lamentos bajo el coro de “Qué barbaridad”, y aunque asuman grandes, titánicas y utópicas empresas, en el fondo saben que llegaron al lugar y el tiempo menos indicados. Siempre serán los señalados de su época, y la historia suele darles la razón 300 años después… cuando ya es un poco tarde.

Por eso, para no sufrir de úlceras, ni envejecer de pena, me rindo. En esta vida de querellas me pondré mis viewmasters y veré puras comiquitas. La vida pasará por mí, pero yo no pienso emitir palabra. Me fundiré con el río y haré de oídos sordos ante toda amenaza de realidad. Fluiré. Viviré en el mundo paralelo, me olvidaré de la consciencia, seré feliz y estaré loca. Seré pues, una tonta. ¡Palabra!

¡Gracias, Kaiser Sozé!

 

(2006)

 

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