El Amparo: defender la verdad y la dignidad

Desde hace años he escuchado hablar de la masacre de El Amparo que, junto a los sucesos de Cantaura, forma parte de las acciones criminales por parte del Estado venezolano en el período conocido como la Cuarta República. Por estas razones, y sobre todo porque había leído comentarios muy positivos, sabía que esperarme en la sala de cine cuando acudí a ver la película de ficción que lleva por nombre el lugar de la masacre. Sin embargo, cuando culminaron los noventa minutos que dura aproximadamente el filme, mis expectativas habían sido totalmente superadas. Lo único que lamento es que la sala no estuviera ocupada por más de quince personas.

En la escena inicial Rober Calzadilla, el director, deja muy claro cuál es nuestro papel en esta película. Somos testigos de muchos hechos y la posición de la cámara nos presenta los primeros acontecimientos desde esa posición. Llama la atención que hayan decido no presentar la masacre, más sí el antes y después de ella, probablemente para aumentar las emociones que debe generar en nosotros la observación de la tragedia que cae sobre este caserío en el interior del estado Apure y cerca de la frontera con Colombia.

A lo largo de los primeros minutos desde que se van encontrando los pescadores hasta que se adentran en el río el equipo logra un proceso de identificación clave entre los espectadores y los personajes. Cada uno de esos hombres se presenta con tal naturalidad en su vida cotidiana, sencilla pero honrada, llena de humor y familiaridad, que produce la empatía necesaria para padecer como propia la tragedia que se aproxima.

Catorce de los pescadores son asesinados por una comisión conjunta formada por las fuerzas de seguridad del Estado. Luego de esos sucesos, los protagonistas de esta película pasan a ser Pinilla y Chumba, los sobrevivientes, quienes junto a la familia de los compañeros y todo el pueblo, se aferrarán a la verdad hasta el final, enfrentando todo el peso de los poderosos contra esa gente. Por eso, El Amparo retrata el esfuerzo de estos dos pescadores para defender su dignidad y la de sus compañeros, sin imaginarse una lucha ambiciosa contra el gobierno sino tan solo la de los suyos.

Al finalizar, en medio del silencio que sobrecoge a todos los presentes en la sala, me pregunté cómo es posible que hayan logrado el realismo y las actuaciones que rayan en la perfección utilizando casi en su totalidad personas del lugar. En efecto, solo en algunos casos excepcionales estamos ante actores profesionales. Calzadilla y su equipo lograron que fluyera con absoluta naturalidad cada actuación, captando escenas que nos hacen dudar si estamos frente a un documental o a un video grabado en directo.

Hizo falta llegar a casa y leer para enterarnos que la película se rodó en la población de El Yagual, en Apure, a donde se dirigió todo el equipo para instalarse y vivir ahí hasta prácticamente formar parte del pueblo. Tatiana Mabo, la directora de casting local y también actriz, menciona en una entrevista todo el esfuerzo para, desde las entrañas de ese pueblo, encontrar los rostros necesarios que pudieran encarnar a los personajes de la película.

Esa inmersión en el lugar obligó a revisar varias veces el guion que había escrito Karin Valencillos y que adaptó de una pieza teatral en la que actuó Calzadilla y gracias a la cual llega a este tema. El director decidió ir entregando el guion solo de la escena que estuviera por filmarse, eso daba mayor naturalidad a la actuación ya que el personaje tenía que construirse desde la acción sin tener un horizonte completo de lo que sucedería con él más adelante.

Chumba y Pinilla, desde la celda en la comisaría del pueblo, deberán enfrentarse a todo el poder del gobierno saliente de Jaime Lusinchi, que no satisfecho con haber asesinado a sus compañeros querrá matarlos moralmente diciendo que son miembros de la guerrilla colombiana. Ese pequeño espacio será una trinchera de dignidad pero también de conflictos y crisis, la sombra del chantaje y el soborno tocarán a la puerta, al igual que los políticos y abogados. En medio de toda esa situación resalta la figura digna de Mendieta (Vicente Peña), el policía del pueblo, un hombre que hermanado con su comunidad defenderá a su gente por encima de sí mismo y su posición.  

La película se estrenó en “Horizontes Latinos”durante el Festival de San Sebastián, ganó el Premio del Público en Biarritz, abrió el Festival de Cine Latinoamericano del Instituto Cinematográfico Estadounidense y obtuvo seis galardones en el Festival del Cine Venezolano de Mérida. Ahora le toca disputarse un espacio en el Goya.

El Amparo es una película honesta, tan realista que cruza las fronteras del documental, dispuesta a acercarse a un hecho sin pujar interpretaciones ideológicas o partidistas. En la sinceridad de sus personajes resuena la sinceridad de sus realizadores.  En tiempos donde se impone la posverdad esta película nos recuerda que la verdad existe y se defiende desde las acciones pequeñas. Asimismo nos muestra que la verdad también es política, especialmente cuando rompe con las falsas polarizaciones.

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