Cuento: El guaral de Héctor

Le pregunté bajito, ¿y ese poema? Giró el mundo; él me había contestado y continuó con la serenidad del inocente disertando sobre un par de temas casi en simultáneo.

Desde la primera vez que hablamos tomó por el mango esa tendencia mía de cuando una conversación me apasiona: mi absoluta incapacidad de abordar un solo tema a la vez; y él es una de las pocas (muy pocas) personas que no terminan perdiendo el hilo o impacientándose con esa maña mía. Pero además no lo deja así, sino que igual en simultáneo va alimentando el entramado de tópicos con el ingenio, las vivencias o la asombrosa memoria semántica con la que analiza las repercusiones del capitalismo en los juegos olímpicos, describe el olor a papelón de alguien que ama, recita de memoria las películas de un buen puñado de directores, ironiza sobre algún antivalor, y me mata de risa con una de sus ocurrencias.

El guaral de Héctor.

Héctor era un amigo. No, era el mejor de los amigos. Usaba un sombrero de cogollo (herencia de su abuelo), mucho antes de que los conuqueros de Facebook y Twitter lo convirtiesen en moda. No sé si de su sombrero, pero a cada rato sacaba un manojo de bromas hilarantes que iba desmigajando a su paso, porque en la vida decía, “si tú no coges, te cogen”. Sus bromas estuvieron ahí cuando de tanto pedirle ostras al mar, su padre se sumergió para convertirse en una. También cuando mi mamá débil por la quimioterapia entre zalamería y zalamería de Héctor, al fin consentía en comer.

– Héctor, ¿por qué será que los chamos la han agarrado por colgar esos zapatos en los cables?

Fue la única vez que no sonrió.

– No le prestes atención a eso china.

Era la pobreza quien colgaba los zapatos, la cuarta república hincando sus pies en los hombros del pueblo, para alcanzar a lamer los talones del Imperio.

En la casa de Héctor sus tres hermanitas habían decidido dejar las horas de hambre en el liceo para subirse a las motos de los jíbaros del barrio. Una tarde él maldijo los zapatos colgantes, ¡los encendió a peñonazos! pero el dolor era mucho, así que corrió escaleras arriba y se fue tras sus hermanas… encontró cañón y una acera roja.

Del bolsillo de su pantalón sobresalía una cartera flaca con una foto del abuelo, y la trenza marrón con la que solía distraer a sus hermanas bailando trompo en las tardes de infancia. Sobre el cemento se iba desintegrando un anciano, el rostro asediado por las arrugas de angustia, las manos destrozadas de la faena diaria, tenía 26 años. En sus bolsillos atesoraba un guaral de trompo y la venganza contra aquellos zapatos.

Él

Días después él dijo, ¿te leo el poema? No era necesario, yo había memorizado sus versos cuando descubrí que hablaban de Héctor, de todos los hombres que son Héctor. Cuando descubrí que él es la única persona que ha entendido sin decírselo, cuanto me pueden doler los pájaros que penden de un cable.

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