El poema, esa obscura perpetración

Por Un Adepto

 

Soy el bufón del rey (lo confieso) y como tal,

quiero entrar en el banquete de la Poesía con una

Prematica particular.

Quisiera ser la almendra amarga en el pastel

de los bufones de moda.

 

Quevedo, el más grande y más moderno de los poetas

del Siglo de Oro español, ya se refirió sobre los poetas

“hueros, chirles y hebenes”, que en todo meten el tenedor

de las argumentaciones . Yo, no soy más que un bufón, repito,

se de mis limitaciones y me contento en la tarea de ser un

lector exigente de mis ratos libres de bufonerias. Hago una

lectura en positivo y una lectura en negativo. Y de esa confrontación

establezco una certeza: el lenguaje verdadero del falso. “Creo, -decía Pound-,

que una obra de arte vale cuarenta prefacios y otras tantas apologías”.

La poesía es de naturaleza alada y radiaciones extrañas, habría que agregar. En tanto,

que el poema sigue siendo música y la música poesía.

 

Estoy tan fuera de la realidad, que soy de los que creen que no se lee

un libro sino se convive con él. De ahí que proponga que por

cada poeta haya cien menos. Y para cada poema lo que el incinerador

aguante. Solo así, , la lectura existirá en su agosto

y la poesía renovara su primavera de pura originalidad.

El atanor cósmico del alquimista esta encendido. El secreto

(para estos tiempos de la cantidad sobre la calidad) , está en

restar y dividir para lograr claridad.

Separar lo sutil de lo fijo con atención extrema. “En teoría el autor de

un buen libro- decía Auden – debería permanecer en el anonimato, ya que

la legítima depositaria de la admiración del público es la obra, y no

la persona del autor”. Los poetas griegos, los poetas latinos, navegaban por esas

aguas. Había una secreta correspondencia entre poesía y belleza ponía en orden

el imperio de los dioses.

 

Un profesor apócrifo de este siglo, Mairena, nacido de la pluma de Antonio Machado,

dirá plena de lucidez: “ La poesía, señores, será el residuo obtenido después de una delicada

operación critica, que consiste en eliminar de cuanto se vende por poesía

todo lo que no es”.

 

Antes, cuando la poesía era escrita por poetas, el poema raramente estaba desasistido

de sus dioses, musas, ángeles, demonios y hasta por príncipes amantes que darían su

reino por un verso absolutamente logrado. Y un poeta ciego de nuestros días, Jorge Luis Borges, había asomado con ironía, parafraseando a Homero, (octavo libro de La Odisea) que era posible que los dioses hubiesen tejido las desdichas para que las futuras

generaciones tuvieran algo que cantar. De ahí toda una épica y una dramática memorable

que sacralizo el universo y sus cosmogonías.

 

Los grandes poemas están siempre esperando al fondo del abismo. Porque para quien sea poeta, un verdadero poeta, esas regiones no le son para nada extrañas. El

abismo y solo el abismo , es la medida de lo que se puede perder de la “dimensión de las cosas” y de lo que se puede ganar con lo perdido en aquella dimensión de las cosas.

¿No es esta la quintaesencia lírica de la poesía de todos los tiempos?

 

Eliot, que era un gran lector de poesía, además de un gran poeta, decía que “el poema posee una existencia propia, ahí afuera: estaba antes que nosotros y estará cuando nosotros ya no estemos”.

 

Es posible que esa permanencia natural de la poesía del ser, sea ni más ni menos, que

un continuo estado de gracia tal como el que viven los ángeles.

Ya que la edad de la poesía es la encrucijada suprema de un poeta, habría que ver si

esta no es una época sublime donde se pasean por la calle los espantos. Lo que establecería, es verdad, que esta es una época, de identificación con los espantos.

 

Como bufón del rey puedo encaramarme al poder; pero enseguida caigo rodando

haciendo sonar los cascabeles.

 

Para las multitudes (no para la conciencia crítica), todos son poetas.

Así como todos los gatos de la noche son pardos. En las reuniones

culturales y de palacio, todos son poetas. Para los desvalidos

y los que disfrutan del poder , todos son poetas; pero a la hora de la verdad

cuando los entusiasmos se apagan y pasan a ser leña para otro fuego que nada

perdona , el Parnaso , que no admite tales digresiones , esta decididamente solo o , a

lo mas, con uno o dos visitantes gloriosos. De lo que se desprende, claro está, que el

efecto del vino pasa y queda un gran dolor de cabeza. Cervantes señalo con anticipación

algo de lo que ahora digo, en el Viaje del Parnaso, arrojando a unos cuantos intrusos por la borda.

 

Una vez soñé, como lector, en recopilar un Manual para protegernos de los malos

poetas, Y voy a señalar porque. Como primer bufón del rey que soy, todo el mundo

me traía su poemario y ahí (perdón para quien se sienta aludido) , tuve la sensación que

detrás de la palabra poesía había una multitud de farsantes.

Farsantes de todo tipo, de toda religión y hasta sin ninguna religión.

 

Ser lector de poesía exige una preparación: no correr con los ojos ni ver con la velocidad.

Leer es una faena intelectual más limpia; correr es propio del atleta, es decir, una actividad de competencias. Se vive una época de desenfreno en el que nadie lee, pero donde todo el mundo se desvive por demostrar que está al día con los vertiginosos.

Ahora: ¿demostrar que?

 

Baudelaire decía que la poesía era una flor rara que debe cultivarse en la religión de la soledad.

Ergo, leer poesía es escapar del ruido cotidiano como se escapa de la alienación de la

computadora , cuando esta deja de ser una valiosa herramienta para convertirse en un

semidiós. En una época finisecular como la actual, en la que se han descartado

los dioses ( y se pretende descartar al libro) en aras de un libro sin “libro” del Internet

de una inteligencia artificial , con poemas igualmente artificiales , de nuevas

nomenclaturas , de atroces neologismos e iconos para alfabetos, que se puede esperar…

¿Acaso una poesía de analfabetos? …

 

Y todos emiten su discurso. Ante cada naufragio de pierde el virtuosismo, se corrompen los entendimientos, se expulsa la melopia poética. ¿Podrá quedar algo del necesario misterio de la poesía?

 

Para ser sincero: todo parece indicar que nada puede ya salvar al lector del mal poema nacido de una comunidad que hace culto del feísmo y la trivialidad , cristalizada en la carencia de imaginación, en la sacralización de una conciencia mecánica, abominablemente aprendida

en la frondosidad de una cocina de mal gusto.

Pero yo tengo un antídoto para eso: Verlaine, Hordenling, Poe, etc-

La escritura poética, no obstante, se redime en estos tiempos de sombras; porque

existe más allá del sexo y del entendimiento mismo de quienes manipulan la información.

Atiende a la música del porvenir.

Como lo anuncia Lautreamont en los Cantos de Maldoror: “Si la tierra estuviera cubierta de piojos

, como de granos de arena la ribera del mar, la raza humana se vería aniquilada, presa de terribles

dolores !Que espectáculo! ! Yo con alas de ángel, inmóvil en los aires contemplándolo! “. Qué maravilla. Cabe imaginarnos si esa lucidez clarividente no es el vestigio irrefutable de un mundo

perdido. Espantosamente perdido en la máscara de la simulación de los días que corren del imperio tecnocrático. Esto trae una fascinación abominable por la copia monótona de un mundo que se va unificando, valiéndose de cualquier estúpida fuente de publicidad, imposible todavía de justipreciar.

!  Ah, el poema, esa obscura perpetración!… La poesía, mal que les pese a los epígonos

electrónicos, no es un objeto: hace los objetos. Definitivamente las canciones no son

poemas; pero un poema puede ser una canción .

¿Podría ser el alma en pena de Villon?…

 

Consiguientemente: ¿está la poesía herida de muerte? Mucho me temo que a pesar de que

el futuro este preso de autómatas de oficio y de audaces de la peor especie, la razón

poética sea un aire in- contaminado para la ensoñación. Saber, soñar, es tarea de elegidos

Nerval decía que “hay años de angustias, de sueños, de proyectos que quisieran apiñarse

en una frase, es una palabra”. Sin embargo junto a la poesía también está agonizando el

idioma , frente a los enlatados transculturales y la preconización de un estilo, justamente

de no tener “estilo”.

Sería deseable reconvertir ese imperio muy antiguo y muy moderno a la vez, del que

la poesía esta edificada; pero, ya pueden ver, no soy el rey. Soy un monigote.

Apenas un lector en la penumbra y la desconfianza. Y yo estoy más acá de las estrellas. Con ojos desnudos para las palabras… Entended mi tristeza.

 

QUEVEDO

REVISTA LATINOAMERICANA DE POESIA

78

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

A %d blogueros les gusta esto: