Que la desmemoria nos Ampare

Los años ochenta estuvieron marcados por un sangriento historial contra el pueblo venezolano, durante este lustro cuatro masacres contradecían ese país “democrático” del que tanto se pregonaba en los medios de difusión como una referencia de nación. Cada hecho tenía su particular característica con un elemento en común; que era en desmedro de las clases más desposeídas. Parafraseando aquella frase que se les ha acuñado a varios autores: “El pueblo que no conoce su historia está condenado a repetirla” nos remite al convulsionado presente sociopolítico que vivimos. Queda de parte de cada uno de nosotros asumir la reflexión del carácter ahistórico y de desmemoria en el que estábamos sumidos gracias al terror y el miedo por parte del aparato represivo del estado. Las heridas están intactas de un número significativo y bochornoso de personas asesinadas y del daño irreversible en el tejido social, producto de un estado represor que usaba la violencia como un modo de hacer política.

Ante la violencia sistemática el cine ha sido una valiosa herramienta para atizar la memoria y ponernos frente a frente a nuestras contradicciones y estimular lo afectivo, la solidaridad, la dignidad más allá de lo efectista, aunque algunos hayan optado por hacerle el juego a las élites. El cine y el arte siempre va relatar la otra parte de la historia que el poder siempre quiere silenciar.

Estos lamentables hechos en concreto son: LA MASACRE DE CANTAURA, LA MASACRE DE YUMARE, LA MASACRE DEL AMPARO (éste es el tema que abordaremos a propósito de la opera prima de Rober Calzadilla, recién estrenada en el cine nacional  con un muy buen reconocimiento por un lado y por otro sin el total apoyo tanto público como privado). El otro suceso fue el estallido social conocido como EL CARACAZO. Precisamente también llevada al cine por Román Chalbaud.

Mis referencias con Rober Calzadilla son por la poesía y alguna obra de teatro. Justamente años atrás había leído su poemario “ESTUPEFACIENTES para ombligos (Vulvaje y asfalto)”, un libro que te deja hediondo a humo, calle sexo y los más variados licores.  Ahora vuelvo a escuchar su nombre, a propósito de la adaptación de la obra de teatro “Sobrevivientes” de la dramaturga y guionista  Karin Valecillos, de la película en cuestión “El Amparo”, que cuenta la historia de un pueblo de pescadores ubicado en los llanos de Apure, del mismo nombre  de la película, donde  un grupo comando del ejército venezolano, atacó miserablemente a dieciséis pescadores  argumentando que eran guerrilleros colombianos. Catorce de ellos murieron y dos lograron sobrevivir.

Los medios de comunicación estatales y privados, también jugaron un papel fundamental en la defensa de los intereses de la clase política que no solo eliminaba enemigos impunemente, sino que decidían la suerte de los ciudadanos que osarán a contradecirles, los medios como un poder más, se hicieron eco y cómplices de los asesinos. La matriz de opinión que los pescadores asesinados y sobrevivientes eran guerrilleros se mantuvo en el tiempo. Lo que nunca podrán ocultar es la verdad y dignidad de un pueblo mancillado.

El hilo conductor de la cinta de Calzadilla, está centrada en los dos sobrevivientes José Augusto Arias  “Chumba” y Wolmer Gregorio “Pinilla”, quienes después del asesinato de sus compañeros tuvieron que lidiar con el estigma, la duda, persecución  y el chantaje de los organismos de seguridad del estado presidido por Jaime Lusinchi. Personeros del gobierno llegaron al pueblo para comprar a los familiares de las víctimas ofreciéndoles dádivas para justificar sus horrendos crímenes.

El Amparo, como otros pueblos de provincia antes de la cobarde masacre que próximamente cumplirá veintinueve años de haberse cometido, estaba sumida en el olvido gubernamental, “Chumba y Pinilla” encarnan el más digno ejemplo de lucha y la cara humana de una realidad que se repetía en muchos lugares del país. La contradicción en la que entro la comunidad puso en una balanza esos valores irreconciliables que se antagonizaban en dos personajes claves a mi parecer que son Hilario “El cavero” quien encargo la pesca a las víctimas y “Mendieta” el policía del pueblo, quien se jugó el todo por el todo, por el honor de los pescadores,  la vida e inocencia de “Chumba y Pinilla” y en solidaridad con sus vecinos. Lastimosamente se ha naturalizado el policía movido por el poder, dinero y cargos, “Mendieta” haciendo las veces de antihéroe, optó por la vida, la justicia ante un estado que estaba dispuesto a hacer cualquier cosa por lavarse la cara impunemente. Otro personaje destacable es “Rubita” esposa de “Pinilla” quizás la única que pudo ver a su marido volver de la fatídica pesca. “Rubita” tomo el camino más simple y decidió irse del pueblo y dejar solo a “Pinilla” en la comisaría donde se encontraba junto a “Chumba” bajo la custodia de “Mendieta”.

La película de Rober, no hace concesiones con nadie, no media en su tajante alegato que es firmemente político. La fuerza de “El Amparo”, esta signada en un contundente guión que se nota que está muy bien cuidado. La dirección es impecable y lo que considero lo mejor del filme dado a su naturalidad y estética que se constituyó en poetizar el poderoso argumento: las actuaciones.

Definitivamente han marcado una enorme diferencia en esas actuaciones esquematizadas repletas de clichés que terminan por convertir en un culebrón a la mayoría de las películas venezolanas. Sobre esto Calzadilla, expresó que no mostro el guión hasta el momento del rodaje realizado en el pueblo de El Yagual, lugar donde el equipo realizador de la cinta se hospedo para aprender, convivir y sentir la calidez de la gente que tuvo una participación activa y terminó por darle ese toque mágico reflejado en la película.

Otra cosa que considero pertinente resaltar es que la película esta publicitada en dos cines nacionales ambos privados. El Trasnocho Cultural y en Centro Comercial Metro Center, justamente a este último decidí ir a ver la película con una compa y al pedir las entradas para “El Amparo”, la cajera sonrió en tono burlón. No entendimos hasta que entramos a la sala dos, a las siete y quince de la noche.

Éramos las únicas personas de la sala.

Previó vimos un desfile de gente en las demás salas.

Ella me comentó:

__ ¡Que bolas no apoyamos lo nuestro!

__ Si pana que tristeza un cine vacío

__ Después nos vamos del país diciendo que somos muy venezolanos y poniendo banderitas en todos lados…

__ Ya va empezar…

Estamos ante una película sincera y valiente. Una historia que fábula con lo humano y nos invita a ponernos en el lugar del otro. No nos queda nada por agregar, solo decir a los panas que corran a verla sin complejos mas allá de si gano el premio tal o cual.

Escrito por Edicson Meléndez | CritiCarte

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