La poesía, el amor, el poeta y su utilidad

Amor y desamor indisolubles,
cree en ambos, si existe Dios,
también el Diablo, la dualidad,
las dos caras, acompañan nuestra existencia.

Dicen que la poesía es un trabajo estéril y no sirve para nada. Es una pérdida de tiempo en este mundo globalizado y amorfo, un desperdicio del intelecto, una entelequia intelectual mal retribuida. La poesía se emplea para aplacar las tormentas del alma, redimir a una mujer o a un hombre o llenar el corazón de ese sentimiento llamado amor.

Recordemos parte del poema “Te quiero”, del escritor uruguayo Mario Benedetti: “Si te quiero es porque sos / mi amor mi cómplice y todo / y en la calle codo a codo / somos muchos más que dos…”.

La poesía es útil de muchas maneras, pero sobre todo es un instrumento para observarnos a nosotros mismos.

Puede, en dosis bien servidas, la poesía, alimentar el espíritu, asustar una soledad y alejar una tristeza. Sirve también para reflexionar acerca de si las piedras hablan o si la luna es medicina para el mal de amores. Por medio de la poesía podemos hacer hablar a las flores y poner el cielo de cabeza, cambiar la tarde de lugar.

Es un buen recurso para transgredir la monotonía y curar el insomnio. Un simple verso trastoca el sentido de una palabra, de un enunciado. El verso es una transgresión del sentido común. Un halo místico que impulsa los dedos, un flagelo al silencio.

A través del verso el poeta reflexiona acerca de la vida de una mariposa, de la muerte de un minuto en las manos del tiempo. En fin, la poesía es útil de muchas maneras, pero sobre todo es un instrumento para observarnos a nosotros mismos, como expresa el poeta y pintor chino Xingjian.

Porque cuando se concentra la atención internamente surge la poesía y empieza la aventura emocional de la palabra. ¿Qué pretende el poeta cuándo expresa su experiencia?

Octavio Paz decía:

La poesía, ha dicho Rimbaud, quiere cambiar la vida. No piensa embellecerla como piensan los estetas y los literatos, ni hacerla más justa o buena, como sueñan los moralistas. Mediante la palabra, mediante la expresión de su experiencia, procura hacer sagrado al mundo; con la palabra consagra la experiencia de los hombres y las relaciones entre el hombre y el mundo, entre el hombre y la mujer, entre el hombre y su propia conciencia.

No pretende hermosear, santificar o idealizar lo que toca, sino volverlo sagrado. Por eso no es moral ni inmoral; justa o injusta; falsa o verdadera; hermosa o fea. Es simplemente poesía de soledad o de comunión. Porque la poesía que es un testimonio del éxtasis, del amor dichoso, también lo es de desesperación. Y tanto como un ruego puede ser una blasfemia.

Los poetas han sido los primeros que han revelado que la eternidad y lo absoluto no están más allá de nuestros sentidos, sino en ellos mismos. Esta eternidad y esta reconciliación con el mundo se producen en el tiempo y dentro del tiempo, en nuestra vida mortal, porque ni la poesía ni el amor nos ofrecen la inmortalidad ni la salvación. Nietzsche decía: “No la vida eterna, sino la eterna vivacidad: eso es lo que importa”.

La poesía, la palabra del poeta, está siendo menospreciada en este siglo, pero no ha muerto.

La función de la poesía, en un mundo vacío pero computarizado, vuelvo a Mario Benedetti y su “Te quiero”, que sostenía que esto revelaba un déficit de comunicación personal. La poesía sirve de mucho y, aunque no alivia ni corrompe, purifica. No tiene más ideología que un alma y un espíritu en confrontación con todo lo que le rodea.

La poesía, la palabra del poeta, está siendo menospreciada en este siglo, pero no ha muerto. Como no ha muerto el amor, ni morirá. Deben los enamorados, no sólo los poetas, defender la poesía, porque los versos son inseparables de la defensa de la libertad, del amor y desamor. Sí: la poesía no se lee mucho en parejas como antes, pero no agoniza. En medio de las turbulencias de este siglo XXI, algo queda: un puñado de hombres y mujeres que describen el mundo con versos y prosa poética, que se inspiran en el amor y el desamor, la pasión del arte de amar como dijera Erich Fromm, entre los que humildemente me incluyo.

De Letralia | Por Washington Daniel Gorosito Pérez

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