Algunas normas de los cuentos de hadas

/Por Héctor Manjarrez

No siempre hay hadas en los llamados cuentos de hadas, aunque sí otros seres sobrenaturales. Tanto ellas como duendes, trasgos, gnomos, elfos, enanos, ondinas, unicornios, sirenas, príncipes valientes, gigantes, demonios, dragones, lobos, zorros, aves, trols, monstruos, brujas, ogros, kraken, magos, encantadores y demás viven muchísimos años, pero son mortales. Según algunas versiones, son santos caídos en desgracia o antiguos aliados de Satanás o de dioses vencidos por el dios cristiano. Cuando a un trol dormilón y despiadado lo despierta un olor desagradable, exclama: “¡Aquí huele a sangre de cristiano!”

  1. En estos cuentos no hay noción de justicia o de virtud, sólo privilegio y buena o mala fortuna.
  2. Los personajes suelen ser buenos o malos y así permanecen. No hay atisbos de psicología ni verdaderos rasgos de carácter. A veces algún rey (o padre) se arrepiente de su dureza con sus hijos (pero nunca con su pueblo).
  3. Los reyes pueden ser injustos con un hijo o súbdito bueno sin por ello provocar la ira o el escándalo del narrador. Los reyes pueden mandar matar a sus hijos o súbditos –buenos o malos– sin someterlos a juicio. No tienen empacho en ahogarlos en el mar o enterrarlos vivos, pues siempre quedarán impunes.
  4. En contraste, las reinas malas siempre son mal vistas.
  5. Las reinas buenas no reinan. Aunque se trate de narraciones fantásticas, las reinas sólo pueden ser bellas y malvadas (como la madrastra de Blancanieves) o decorativas y subordinadas.
  6. Los malos son feos o los feos son malos, por regla general. El caso paradigmático son las brujas, que son hadas feas y malas. También los ogros, especie de lumpen de los seres fantásticos (aunque hay algunos graciosos y hasta de buen corazón).
  7. Las hadas y las princesas son bellas por definición, también los príncipes. Cuando no lo son, es por culpa de alguna bruja o algún encantador que los maldijo y castigó. Al final del cuento recuperan su belleza, privilegios y felicidad.
  8. Los reyes en general son asexuados y nunca se nos dice si son apuestos o no. A veces sí se menciona que tienen gota o están gordos o viejos.
  9. Algunos monarcas hacen cosas raras como irse a buscar una princesa perfecta para el príncipe heredero, desentendiéndose de la gobernanza de su reino. Sin embargo, nada parecen temer de los duques y barones de sus países innombrados, a diferencia de los visires y califas del Medio Oriente, que son acechados siempre por sus subordinados.
  10. Los príncipes guapos y las princesas hermosas que se casan tras superar graves dificultades viven felices para siempre y son buenos con su pueblo, que los ama.
  11. Las hijas obedientes y los hijos audaces suelen ser premiados, pero la mayoría de los cientos y cientos de cuentos de hadas no son ni moralistas ni pedagógicos. (Hans Christian Andersen no escribió cuentos de hadas o maravillosos, sino cuentos para niños más bien urbanos del siglo xix.)
  12. Muchos cuentos son crueles al parecer por puro gusto. Otros dan la impresión de ser totalmente gratuitos, narrados sólo conforme a un cartabón como el que describe Vladímir Propp en Morfología del cuento maravilloso.
  13. Cuando hay una madrastra malvada, el esposo es siempre débil o simplemente desaparece de la historia. Los padrastros no son ni buenos ni malos con sus hijastras. (No conozco cuentos de padrastros con hijastros y sólo uno –“Peau d’âne”– de padrastro que acosa a su hijastra; obedece a que la reina al morir le exigió que se casara con una mujer aún más hermosa que ella, y ésa sólo podía ser su hijastra.)
  14. La cuestión de la vivienda opera en lo esencial en torno a la oposición palacio-casita o, más frecuentemente, castillo-casucha.
  15. Las mujeres –madrastras, brujas, hadas– son agentes más pasionales y más frecuentes del bien y del mal que los hombres. Como la impunidad de los reyes, esto es algo que merece subrayarse.
  16. Los hombres malvados –encantadores, magos, ciertos reyes– lo son de una manera más general que personal. No se ensañan con individuos en particular. Lo mismo aplica a los monstruos de sexo masculino: trols, ogros, kraken, dragones, etcétera.
  17. A los magos y encantadores muy rara vez se les designa como brujos o hechiceros, a diferencia de sus colegas femeninas. En el mismo tenor, a los reyes no se les tacha detiranos.
  18. A diferencia de los relatos chinos y japoneses, los espíritus –de la montaña, del bosque, del aire, del agua, etc.– tienen muy poca importancia si no están antropomorfizados o son simples instrumentos (los cuatro Vientos, por ejemplo). Los cuentos de hadas prestan poquísimo interés a los horrores y prodigios de la naturaleza, lo cual no deja de ser digno de asombro.
  19. Por ésta y otras razones, discrepo tanto del gran (y desordenado) compilador que fue Andrew Lang como de V. Propp: los cuentos maravillosos de todo el planeta no cuentan siempre ciertas historias universalmente compartidas, y tampoco hay treintaiún elementos inmutables.
  20. Los objetos mágicos o talismanes son casi siempre de factura humana y de precio elevado: anillos y collares y brazaletes y estuches de piedras y metales preciosos. Se mientan las pócimas mágicas, pero no las piedras y ramas y aguas sagradas.
  21. Los instrumentos religiosos del campesinado –las hierbas, los hongos, los brebajes, las danzas, los árboles, los estanques, los pozos, las cuevas, las ramas doradas– no se mencionan más que muy de paso y sólo en relación con algunas hadas malvadas (brujas). Lo cual también es digno de perplejidad.
  22. Los animales a veces hablan en estos cuentos, y algunos –sobre todo caballos y águilas (como emblema masculino)– en ocasiones llevan la voz cantante y conducen a los príncipes-héroes. A veces incluso se casan con princesas, pero siempre acaban revirtiendo a su naturaleza y pinta humana originaria. En los cuentos maravillosos europeos, los animales no suelen ser protagonistas.
  23. Por lo mismo, los protagonistas de los cuentos de animales nunca son épicos ni trágicos. Si acaso son astutos (o solidarios) a la manera misma de los humanos.
  24. Discrepo de Bruno Bettelheim: la sexualidad –como deseo y como placer– está virtualmente ausente en esta literatura. Ello no se debe a que se trate de “cuentos para niños”, pues la infancia como la entendemos ahora no existía en tiempos en que la inmensa mayoría de los niños dormían en la misma habitación que los adultos y (con frecuencia) los animales. Como excepción, se cuenta que las damas duendes de Escandinavia se apoderaban de la voluntad de los muchachones mostrándoles sus pechos y dándoselos a mamar. (Según Propp, son las brujas las que maman de las doncellas dormidas o hechizadas, lo cual curiosamente tilda de “vampirismo”.)
  25. Los ogros y enanos secuestran a las princesas y otras hermosas damiselas, pero al parecer nunca las violan. Cuando el príncipe azul (o el ocasional súbdito valiente) las salva, se van raudos a casarse y gobiernan felizmente un reino, sin que nadie exija pruebas de castidad. ¿Quiere esto decir que son “cuentos para niños”? ¿O que las versiones que nos han llegado fueron expurgadas por los compiladores, siguiendo en esto el ejemplo de los Grimm? (¿O bien que pocas convenciones pesan tanto como la del final feliz?)
  26. Los personajes enumerados en el primer parágrafo de este texto –y otros, con los mismos u otros nombres– son todos europeos pero no por ello son idénticos entre sí. Los seres maravillosos del norte tienden a ser o bien enormes o bien pequeños e incluso diminutos (como las hadas en que creía Conan Doyle y que gustaban de pellizcar a la gente), mientras que en Europa meridional (y en Chaucer) suelen ser de talla humana. Asimismo, en el norte, que tardó en civilizarse y luego en cristianizarse, la maldad es más azarosa, gratuita.
  27. Las hadas conviven en una monarquía encabezada por una reina y están organizadas en una especie de corte jerárquica que a veces padece graves conflictos de precedencia y privilegio. Las rivalidades consiguientes suelen perjudicar a las princesas protegidas, a sus familias y a los súbditos. Todos sabemos de princesas convertidas en estatuas de piedra o cosas peores porque sus padres no convidaron a la fiesta a cierta hada, o no le obsequiaron el regalo que codiciaba.
  28. Sus equivalentes masculinos –magos, encantadores, trols, kraken, ogros y demás– parecen más bien ser agentes libres y en ocasiones incluso mercenarios. A veces conviven con las hembras de su especie –cuando son miembros de la gente buena opequeña de Escandinavia y las Islas Británicas– y no compiten entre sí sin piedad.
  29. Es importante señalar que el rasgo cultural europeo más conspicuamente ausente de los cuentos de hadas es la religión: el cristianismo lo mismo católico que protestante u ortodoxo. En los cuentos de hadas no tienen cabida ni Dios, ni las cruces, ni las iglesias; tampoco los sacerdotes, los monjes y las monjas. Estos personajes a veces aparecen en lontananza, amenazantes. (Propp cita tres casos de popes que se comportan malvadamente con los seres fantásticos; en uno que otro cuento escandinavo o alemán, el sacerdote es un intruso temible pero aún fortuito.) A los espíritus del agua los curas les causan horror, porque convierten el líquido en agua bendita para el bautismo.
  30. Mientras los compilaba, Madame d’Aulnoy fue quien memorablemente ideó el nombrecuentos de hadas para designar a los skaski rusos, los Märchen alemanes, los contesfranceses, la fiaba italiana, los folktales del idioma inglés, los cuentos populares del español, etcétera.
  31. No sé por qué unos relatos campesinos generalmente tan simples siguen ejerciendo tanta fascinación sobre nosotros. O más bien, sí, lo sé, y tú también, pero no sabemos cómo decirlo.

(En 2014, el fce y la unam publicaron un grueso volumen de Cuentos populares mexicanosrecopilados y reescritos por Fabio Morábito. Apenas si he tenido ocasión de asomarme a este admirable empeño, pero no quiero perder la ocasión de llamar la atención de los lectores sobre su existencia.)

De Revista Crítica

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