En nuestra época y desde hace algunos años, es común que directores de cine renombre incursionen en el mundo de la publicidad, en un intercambio que suele resultar provechoso para ambas partes. Por un lado, el director puede financiar de este modo proyectos personales y más orientados a su trayectoria artística y, por otro, la industria de la publicidad recibe una sacudida inesperada de creatividad y valentía. Si ya de por sí este es un mundo cuya dinámica suele encerrarse en las fórmulas conocidas y de éxito probado, los directores además llegan ahí con una visión no sólo diferente, sino en muchos casos excéntrica, renovadora.

Uno de los primeros casos en que un realizador se encontró en las filas de la publicidad sucedió con nada menos que Ingmar Bergman, a quien quizá nos cueste un poco imaginar en la tarea peculiar de vender jabones a través de algunos comerciales televisivos.

Según refiere Mike Springer en Open Culture, Bergman se vio un tanto orillado a optar por esta alternativa luego de que el sector cinematográfico de su natal Suecia se fuera a huelga. Era el año de 1951 y el director contaba con apenas 33 años. A su edad, sin embargo, figuraba ya como director en los créditos de casi una decena de películas y no sólo eso: se había casado y divorciado dos veces, había procreado cinco hijos en esas relaciones, se había casado nuevamente y su tercera esposa estaba embarazada. Como se ve, tenía razones de sobra para no quedarse quieto, pero también recursos creativos suficientes para encarar de la adversidad.

La fortuna, además, tocó a su puerta, pues la empresa jabonera misma quien buscó al joven director para que se encargara de la campaña publicitaria para cines de un nuevo producto, un jabón anti-bacterial promocionado en Suecia como Bris. Para su beneplácito, se le concedió, además, libertad creativa y de presupuesto, con lo cual pudo no sólo “salvarse a sí mismo y a su familia” en esos tiempos difíciles (según dijo al recordar ese momento), sino también tomarlo como un ejercicio para sus propios fines cinematográficos.

El resultado no decepciona. Bergman dirigió nueve episodios con los que trazó un arco creciente de locura y absurdo. Cada uno parece llevar cada vez más lejos las inesperadas posibilidades creativas del jabón que, sin embargo, en manos del director sueco y de su fotógrafo predilecto, Gunnar Fischer, fueron mucho más ricas de lo que podría imaginarse.

Si, como se dice, no podemos ser nadie más que quienes somos, en el caso de los artistas esa fórmula de la identidad encuentra una expresión muy precisa en el llamado “estilo”, ese sello que suele recorrer la obra creativa de una persona y su unidad, como la herencia de una familia que se reparte a través de muchas generaciones.

¿Encontraremos aquí la densidad existencial, el preciosismo en su dirección o el amor a los detalles simbólicos que caracterizan las cintas mayores de Bergman? Quizá no del todo, pero se trata de piezas que guardan una extraña relación con todo ello, divertimentos como los que se hacían en las artes del siglo XVIII para entretenerse, travesuras de una mente inquieta que aún en la “obligación” del trabajo y la rigidez de una industria como la publicitaria, encontró cómo ser fiel a sus propios propósitos creativos.

Información de Faena Aleph.