El arte de reparar libros en la edad media

A principios de la Edad Media, en lugar con papel los libros se hacían con pieles de animales, conocidas como pergamino. Preparar el pergamino antes de que pasara a formar parte del libro requería un proceso delicado. La piel recién cortada se lavaba primero para eliminar la sangre y la suciedad, y luego se empapaba en una solución alcalina para eliminar los pelos. Después de mantener la piel en esa solución durante más de una semana en esa solución, se adhería a un marco de madera y se estiraba como un tambor para que se secara. En ese momento, se le daba un último repaso a la piel con un cuchillo afilado, para eliminar la última capa de pelo y conseguir el grosor adecuado. Esta era la parte más delicada porque presionar demasiado en ese momento o un simple descuido con el cuchillo podían causar rasgaduras o agujeros en el pergamino.

Las rasgaduras eran algo habitual una vez llegado a la fase final de este laborioso proceso, así que en lugar de tirar el pergamino dañado, los agujeros y los desperfectos similares se reparaban mediante costuras, a veces de manera muy artística, con bordados y con sedas de colores. Lo curioso de esta práctica es que consigue convertir un defecto en arte, conseguir que resalte por encima de las demás una página en mal estado.

Reparar agujeros de esta manera era una práctica común, especialmente en algunas comunidades monásticas. Este libro del siglo XIV sería un buen ejemplo. Los agujeros del pergamino fueron reparados con hilos de seda de colores después de ser comprados por la biblioteca monástica del convento de Vadstena en 1417.

A los escribas, en realidad, no les importaba demasiado que hubiera agujeros en las páginas, como demuestra que escribieran alrededor del desperfecto. Algunos tuvieron la costumbre de colocar una pequeña línea alrededor de los agujeros, como para evitar que el lector se cayera. En ocasiones, dependiendo del momento y de las ganas que tuvieran, los agujeros ni siquiera eran reparados. Es lo que ocurre con el agujero de este pergamino, perfectamente alineado con el dibujo de un dragón de la página siguiente.

Había cierta libertad para tratar esos desperfectos como mejor se considerare. No es extraño, tampoco, que se incorporen de maneras bastante ingeniosas al diseño de la página. Así, si encontramos tres agujeros seguidos, es posible convertirlos en la cara de un hombre que se ríe.

La existencia de pergaminos en mal estado puede decirnos mucho sobre los individuos que poseían, leían y almacenaban manuscritos. La abundancia de agujeros y rasgaduras puede indicar, por ejemplo, el bajo coste de los materiales en un intento por economizar el soporte de escritura. En otras palabras, aquello de que lo barato sale caro ya estaba vigente en la Edad Media. El estado del pergamino también nos da pistas sobre dónde se ha almacenado: los lugares húmedos dejan rastros de moho, mientras que si no se almacena con la presión adecuada el pergamino se comba.

 

/La piedra de sísifo

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