UN MAL CUENTO DE DISNEY

Una niña nacida de una pareja de amores malditos e imposible, Camila era su nombre; ella soñaba desde su infancia poder conocer la pasión del verdadero amor, anhelaba poder besar. Ya, acababa de cumplir los quince años de existencia y, ese sueño de placer no la dejaba dormir tranquila en las frías y solitarias noches. Junto a la ventana de su recamara, un cuadro de príncipes de hadas besándose en un infinito amor torturaba más su desespero. Sólo deseaba dormir y despertar en esas mágicas historias de finales felices.

Era el día de celebrar sus quince vueltas al sol, los padres inquietados por la espera de tal agasajo, gastaron sus ahorros de añales para poder brindar la mejor fiesta jamás imaginada que una hija pudiera tener, lindas decoraciones rodeaban la sala de festejo, lujosas prendas de vestir arropaban los cuerpos de los asistentes; el hermoso vestido de la cumpleañera era una pieza única del diseñador más cotizado del pueblo con tiras de seda y luminosos colores de carnaval, que hacían notar en la oscuridad su presencia por tal brillo casi celestial.

La pareja exaltados por el gran sueño, qué al fin había llegado, -celebrar el paso de la niñez a la adolescencia de su querida hija- asomaban un profundo pesar entre tal emoción. Sus recuerdos y maldiciones estaban a punto de hacerse realidad, una cruel historia aturdía a esa pareja desquiciada, víctimas de la lujuria.

Todo había comenzado veinte años atrás, en un pueblo lejano sin electricidad tras la cordillera. Donde Anastasia, la hermosa esposa del comisario de la localidad cruzó mirada por vez primera con Ramón, un joven recién graduado del colegio cercano, hijo de un compañero de la estación policial de José –el comisario- en una cena de celebración de Nochebuena; entre platillos, brindis y copas se cocinaba una pasión mortal. Las miradas entre Anastasia y Ramón no cesaban -se percibía el amor-, terminado el festín; la bella dama esperó un descuido de todos para susurrarle al oído:

–En tres días fuera de la iglesia al terminar la misa de las seis te estaré esperando.

Ramón entre la alteración y el miedo respondió con voz baja y temblorosa dos palabras:

– Allí estaré.

Era un amor prohibido, una aventura peligrosa. Él, que aún virgen sólo imaginaba el momento carnal, anhelaba con ansias romper la inocencia; ella, quería saborear la pubescencia dentro de su cuerpo, quería sentirse deseada nuevamente, ante la apatía de una larga relación caída en la monotonía y el engaño.

Pasaron los tres días, el joven puntual yacía fuera del templo, al instante una sombra se acercaba, junta a ella, Anastasia cubierta con un velo largo que le cubría todo el rostro ocultándole la identidad, ya fijándose frente a él, sin mediar palabras sacó de su cartera una carta que suavemente le entregó en sus manos, luego procedió a mirarlo fijamente soltando de su boca una leve carcajada para luego retirase junto a la multitud perdiéndose en los callejones.

Sin esperar ni un instante Ramón abrió la nota escrita con una bella letra y fragancia a dulce perfume de mandarina, donde decía: “Estaré sola en mi casa en dos días, te espero a las 2:00 pm. ¡No te preocupes que mi esposo estará de guardia en la comisaria!… Atentamente, Anastasia”.

Aquel muchacho no podía sostener la emoción y ansiedad, sólo se imagina lo que podía ocurrir en la cama, las posiciones y volteretas a experimentar, saciar el apetito –al menos él- que no había podido  sentir el amor ni  el deseo sobre un cuerpo desnudo.

La espera de esos días parecía eterna, un presentimiento maléfico lo aturdía –sabía que algo terrible estaba por suceder- pero era más fuerte las ansias de la piel, estaba dispuesto a dejar todo por esa mujer. Un amor repentino, ciego y extraño producía pensamientos en su cabeza:

-Amo a Anastasia más que a mi propia vida; sin ella no puedo vivir. La muerte prefiero antes que no tenerla.

Loco de amor; lo cubrían ideas asesinas, estaba dispuesto a desaparecer del camino a José para tenerla únicamente para él. Era una víctima de la obsesión, del pecado lujurioso y la tentación a lo prohibido, no hacía más que estimularse pensándola –ya era una enfermedad-, no dormía, ni se alimentaba, el desespero era evidente.

Transcurrieron dos días luego de aquel breve encuentro en la puerta de la iglesia, el tan anhelado momento llegó; terminó la apreciada espera. Rápidamente Ramón se dirigía hacia el punto donde se encontraría la doncella de su alocado cuento –la casa de Anastasia y José-, el corazón le latía fuertemente, pensaba él que se le saldría del cuerpo; tocó la campana con temor a lo incierto, a lo que podría encontrar del otro lado de la puerta.

De repente salió la dama tan reluciente, un vestido blanco semitransparente cubría su cuerpo desde los hombros a las rodillas. Sonriente ella le preguntó:

-¿Qué estás dispuesto hacer por mí?

Él, sin pensarlo dos veces manifestó con una voz firme y segura:

-Por ti mataría si es posible.

Sentenció sin saberlo su destino. No pensaba, ni asimilaba esas palabras tan tétricas. Procedió el muchacho a entrar a la casa, segundos antes saboreó por vez primera los labios de esa mujer, inexperto, guiado por la tentación; torpemente se acercó a su boca y el instinto hizo todo lo demás.

Habían transcurrido cinco minutos de su llegada, los nervios lo rodeaban, pero él sabía que debía hacerse el fuerte y no mostrar ninguna debilidad ante lo que parecía, su primer amor.

Ella, débilmente lo sujetó de la mano –sabía del miedo que lo aturdía- sin mediar palabras lo llevó lentamente hacia las escaleras, paso a paso, parecía eterno el camino por esos fríos escalones de madera; en la cima, un cuadro de los esposos yacía dándole la bienvenida. Pensamientos tras pensamientos no cesaban en su confundida mente; en el fondo él sabía que actuaba mal, pero llevado por lo anhelos del deseo, nada más le importaba: solo tener a Anastasia desnuda entre sus brazos sobre la cama ahogados de cansancio y sudor.

Se aproximaron al fondo del pasillo donde se encontraba la habitación, al abrir la puerta una sorpresa le esperaba. Se encontraba José maniatado de brazos y piernas contra las esquinas de la cama, con la boca y los ojos vendados, inconsciente. Paralizado y sin palabras, a Ramón el pánico lo cubría; no se esperaba tan amarga sorpresa.

-¿Qué significa esto?

Exclamó, confundido. José se encontraría laburando en la comisaria, o según; eso era lo que expresaba la carta de Anastasia de hace dos días atrás.

Sin mediar palabras, la atrevida mujer se soltó el vestido, hasta quedarse desnuda por completo, y del armario un puñal desenfundó.

-Quiero que demuestres el amor que sientes por mí.

Él sabía lo que Anastasia quería, en el fondo, era la única manera de que el amor entre ambos pudiera florecer –asesinando al comisario-, la influencia de José, no permitiría un divorcio con su esposa, ¿qué sería de su reputación ante la sociedad?, y las represalias que tomaría contra ellos.

Decidido, sostuvo fuerte el puñal y lo clavó con fuerza en el pecho de José una y otra vez, hasta que el cansancio lo adsorbió.

Bañados de sangre hicieron el amor sobre el cadáver. Una maléfica relación nacía, un pacto de carne sentenciaba el destino de aquellos dementes enamorados.

Sabían que no podían quedarse más tiempo en el pueblo, iban a empezar a sospechar la larga ausencia del comisario; era cuestión de tiempo que llegaran hasta la casa buscándolo.

Ella recogió todo lo que en una maleta podía caber, con los rostros cubiertos; salieron de la casa, pero primero –como fiel creyente de Dios- Anastasia se dirigió al templo antes de emprender la huida hacia cordillera arriba.

En el confesionario, sin temor alguno, expresó no estar arrepentida de la locura que acaba de cometer, pero el padre perplejo por la horrible confesión que ella acaba de hacer;  la  maldijo.

-El ser que engendres con él, a los quince años de vida, Satanás se apropiara de su alma. Ustedes pagarán con su vida, la locura y el horror que acaban de cometer.

Sin más palabras, llegó el momento de la partida. Se esfumaron, nunca más supieron de ellos, como si la tierra se los hubiese tragado. Cambiaron de identidad.

Luego de cinco años, muy lejos del pueblo donde aconteció todo; nacía el fruto del amor, de ese amor perverso y enfermo. Pero ya todo estaba sentenciado, desde ese momento en el templo, la maldición era irreversible, sólo les quedaba proseguir el camino con Camila –el resultado de su amor- hasta su último respiro. El sueño de procrear un cuerpo, que siguiera fecundando la semilla con la sangre de ambos, se perdía con el pasar del tiempo.

Un año tras otro pasaba y las enfermedades atacaban con furia a Camila, los doctores que acudían a examinarla, concluían lo mismo: “no hay cura para tan mala enfermedad”.

Quince años cumpliría, un enorme festín saludaba su paso de la niñez a la adolescencia, a pesar de la debilidad en su cuerpo por las constantes enfermedades que la azotaban, portaba un hermoso vestido; pieza única del diseñador más cotizado del pueblo, con tiras de seda y luminosos colores de carnaval, que hacían notar en la oscuridad su presencia.

Ella, inocente de la maldición que la hostigaba, no dejaba de anhelar poder besar el verdadero amor, influenciada de las historias de pasión que sus padres le contaban antes de dormir.

Se aproximaba la media noche, el momento llegó; Camila se desplomaba en medio del salón de festejos, los gritos por el dolor que sentía entre su cuerpo cada vez era más fuerte que ensordecían a la multitud presente.

Los padres corrieron hacia donde estaba ella sujetándola fuertemente, no quedaba de otra, Ramón –el papá- debía cumplir el tan anhelado sueño de su hija ya moribunda, le sostuvo el rostro con ambas palmas de las manos y procedió a besarla en la boca.

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