Victoria Weffer: Tres poemas en una cosmovisión

Nuvia

Esa señora estrafalaria,
pisando los 50,
o rebozándolos a su pena,
esa que lleva un leggins y una franela
que deja escapar más que asomo de edad,
manos que pasan y ya no pasaran,
ella que se pinta los labios de rojo
y usa colorete de mas,
que espera que cualquier hombre,
por su experiencia
algunos bolívares pueda pagar
ella que no busca sin más
que no oculta su verdad
se para en la esquina a esperar un cliente
nada más.

Ella que se muestra de vez en cuando azorada,
por la espera de algún comensal,
que no se debe ir,
la comida caliente debe estar,
cuenta sin vergüenza que espera a tres más,
se acoplo a su oficio,
vende en aquella esquina instantes de felicidad
pero Nuvia no teme fiar,
ama lo que hace no la desespera
desde hace años lo acepto ya.

esa señora de 50 años
más segura de su belleza que tú, que yo,
se para en la esquina,
con unas sandalias que cada tres días
manda a remendar,
a ella no le preocupa
en tacones con estilo saber andar,
ni bien sus labios delinear
prefiere escoger la facilidad,
al momento de poderse
desnudar

A veces deja la esquina,
para hacer la cola de la harina pan,
a veces me cuenta de sus hijos,
y de cómo hace tiempo se marcharon,
y no supo nada más,
ella consiguió un buen oficio,
para burlar a la soledad.

Vaga mundos

Sentado en la calle,
vistiendo ropas viejas, desgatadas,
los noto felices, eternos, libres,
noto que desconocen la realidad,
la realidad que yo percibo,
sentado en la acera, con un abrigo viejo,
con más parches que ruedos, que deja pasar un frío
que me cala hasta los huesos,
noto transeúntes taciturnos, que observan la luna,
pero que desconocen lo cerca que está,
Lo palpable que es,  cuanto te arropa a medida
que pasa la noche  y lo nostálgico que te hace sentir
cuando se ausenta,
Sentado en la calle  con los pies mugrientos,
un poco ensangrentados,  esta vez bajo el sol
noto como asqueados me rodean, para evitar tocarme,
o como un padre le agarra la mano a su hijo,
cuando este intenta acercarse,
un poco desolado, putrefacto, con los tobillos encallados,
los talones desgastados, respiro y no puedo ver el sol,
pero aquí donde estoy sin cubrirme, noto que arde que existe,
que pica, veo como ellos caminan,
como no perciben tan de cerca el sol, como yo.
Sentado en la calle, con la barba larga,
el cabello largo, un poco grisácea,
Veo como ellos me sienten loco perdido, distraído,
yo solo observo, los veo pasar,
¡Ay! Cuan perdidos estamos,
Me río, me río fuerte, con locura, con un poco histeria
Voltean se alejan y murmuran,
Su vida es absurda, como  la mía,
Soy antiético, basura, un gandul absoluto,
caminan por las calles, sin conocer cuántos pisan lo que ellos pisan,
cuantos se burlan y rechazan lo que ellos aman,
cuantos luchan por ideales distintos,
aquí sentado en la calle,
noto como me arde la boca del estómago por el hambre,
Pido una limosna, me evaden,
pero no importa, espero a que un alma genuina de mi si apiade,
mientras tanto, pienso, bosquejo  utopías, me imagino grande,
comiendo de un banquete, vistiendo los mejores trajes,
Aquí sentado en la calle, con los pantalones rotos y hediondos,
pienso,  ¿Qué hice mal? Quizá soñar,
o aún peor querer lograr lo que soñaba,
Aquí sentado en la calle, un poco dudoso, un poco abstracto,
Saco el libro que llevo en el bolsillo de mi abrigo y escribo.

Epitafio: “Cuando tú alma es más vagabunda que tú cuerpo yo rezo”

I

Este hastío prolifero,
inerva cada una de mis venas,
se convierte en palabras punzantes
que no salen, están saturadas.
Me siento hastiada,
de mentir y ser sincera,
de los amores erráticos y concurridos.

Hastiada del suspiro,
de la bocanada,
del exhalar,
de la muchedumbre y de la soledad.

Hastiada del olor de los hombres y de las flores,
de caminar sin rumbo y de hacerlo con horario.

Hastiada de hacerlo todo y terminar en nada,
de la enfermedad,
pero también de la supuesta cura.

Hastiada de esos restos de diamantes
a los que llamamos estrellas
y de ver la lava pulular en el azul,
de los efímeros encuentros casuales
y de los causales que dicen acumular horas.

Hastiada de los versos de Neruda y de la prosa de Vallejo
de ser la hija prodiga y la insensata,
de recogerme el cabello o llevarlo en la cara.

Llevo el hastío hasta en los tuétanos,
y allí la lluvia no cura,
desde allí los pájaros no se escuchan,
por allí la vida no fluctúa.

“De cuando intentaba mover la ceniza del mantel sin que este se manchara”

 

Victoria Weffer (Punto Fijo, Estado Falcón; 21 de noviembre, 1997) Es una poeta venezolana.

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