Un poema de Diana Moncada

La negritud de un lejano caballo ha traspasado mi temblor nocturno

he sostenido mi espinazo apenas con la soga de un corroído recuerdo

el sueño se erige sobre mis ojos como un oráculo de muerte

mi rostro huye

le he tramado una terrible artimaña

he tocado el hueso del grito

y heme aquí lavando mis senos con el agua turbia de la boca de los lobos

Arrastro mi desespero mi desconocimiento

estoy en el umbral de una tentadora puerta

me hallo ante el túmulo de luz salvaje

me prometo habitar las carnes rotas

me prometo el cuerpo

me prometo abrir la cáscara andrógina

 

ser mujer-hombre

lamer y lacerar un solo vientre. Ser mi hija y mi madre

parir entre el moho relucientes cabezas y olvidarlas.

Olvidarme

Habitarme de forma absoluta y luego y arrojarme de mi misma.

 

Me espanta esta hambre y esta carencia

y me encanta no sentirla cada día.

El tiempo fue tiempo hasta que se detuvo ante mi sexo.

La soga está frágil

hay dientes, cuchillos y garras devorando parajes y cielos,

la soga está frágil y ya no quiero sostenerla.

Duele, duele el retorno

mi cuerpo se inmola, se desgaja, se lacera.

La soga está rota,

las ruinas laten sobre el sol.

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