Dos fascinantes cuentos de Pedro Delgado

DEVUÉLVETE

                                                                                                                       … la sonrisa  y el horror en una misma mano.

                                                                                                                                                           Aníbal Nazoa

                                                                                                     

A Oscar Hernández, tremendo pana, dedico.

Estás en el Domingo Luciani entre tanto paciente que ha llegado a la consulta de urología. No puedes creer que delante de ti hayan llegado más de cien hombres que al igual le van a hacer el chequeo prostático. Piensas, por lo visto, que están muy interesados en hacérselo  porque se han levantado muy temprano (primero que tú, que estás llegando a las 7:30 am), alertados por el anuncio del periódico de ayer. Una larga cola por entre columnas de concreto y materos de uña de danta y palmeras, luce detenida mientras espera por la orden que el médico jefe del servicio dará a las 8 pm. Zapatos de todas las tallas y colores sobre el granito del hospital, lucen detenidos en exhibición de espera y aguante. Las blancas paredes parecen sabanas arropando la expectativa.

Te distraes con el Últimas Noticias, mientras a tus oídos llegan comentarios y conversaciones a todo tono y acento. La información económica, la página de sucesos, la de opinión, los anuncios clasificados, el deporte. A todo eso le prestas atención  en medio del vocerío y la echadera de bromas tan particular de la gente del común: que si tienes que ponerte así; que si debes aguantar la respiración; que si no duele; que tan solo serán cinco segundos; que hay un doctor que tiene el dedo así que hace salir hasta las lágrimas. Y tú, que de soslayo observas todo aquello, con el asombro inquietante de ser esta  la primera vez. Es cuando buscas la página del crucigrama para espantar tanto ruido.

Nada más comenzar las horizontales, te encuentras con una pregunta de tres letras que alertan tus sentidos ya  alarmados (y no digas que no comienzas a tenerle temor a todo aquello). Orificio final del aparato digestivo por donde salen los alimentos ya desechados. Sabes la respuesta, tu que estás cansado de resolver esos pasatiempos, pero para ti es más cómodo evadir aquello en medio del disimulo, guardando tu lapicero pensando que la pregunta se te hace incomoda. Pasas al horóscopo y lees tu signo: Virgo: Situación embarazosa en puertas. Debes tomar una decisión importante. Sigue tu instinto, tienes el poder. Entrevista con una persona que te dará consejo. Ábrete. Es cuando ves pasar la sonrisa de un médico directa al consultorio al cual has sido remitido. Relativamente un enano, pero con los dedos semejantes a los de dos manos de cambur manzano. Lo último que te faltaba. No aguantas más y sales en volandas.

Entras a la buseta buscando la comodidad de tu cuerpo, y te recuestas en el asiento trasero a dormir el madrugón y el ayuno. Caes en un sueño intranquilo por la irrupción repentina de la voz de tu conciencia. La oyes: ¿Julián Alfredo, qué has hecho?, devuélvete. No seas culilluo pana. Esa vaina no duele. Más arrecho es el quirófano y la quimio, chamo. ¿Tú no ves que por las madrugadas cuando te paras a mear el chorrito te cae por entre las piernas? Vamos, devuélvete, no seas cagao. Tú tendrás cuarenta años, pero igualito te vas a joder. No te has dado cuenta que esa vaina ya casi no se te para. Te lo digo porque siempre ando contigo para arriba y para abajo. Anda, despiértate vale. Coño, devuélvete.

Es cuando llegas al terminal y sales corriendo para entrar a la estación Petare. Haces la cola, compras el boleto y bajas al andén. Encuentras una hilera humana a la expectativa de la llegada de la locomotora, que toda desaforada irrumpe a la estación cuando la mañana reclama más movimiento. Entrando al vagón escuchas la inquietud alarmada de tu conciencia abriéndose paso: No subas Julián Alfredo. Devuélveteeeeee…

 

                                                                                                                                                 Caracas, agosto 2015

 

El VIEJO Y EL BAR

                                                                                                    Virgen de media noche, virgen eso eres tú…

                                                                                                                                                                 Agustín Lara

Entonces el viejo recordó como un relámpago taladrándole por su cabeza revuelta, como una mopa seca, que la mujer que recién había entrado sola al bar tenía un tatuaje en el antebrazo derecho: un escorpión armado presto a clavar el aguijón; las macanas abiertas dispuestas al abrazo y la cola levantada haciendo un arco mortal hacia adelante. Tenía tiempo sin verla; pero a él, apostado como siempre noche tras noche a las afueras del bar, le quedaba suficiente memoria en el cerebro como para recordar quienes entraban al negocio y quiénes no. Era evidente que la menuda y vieja figura del viejo, trajeada de harapos e infortunios, debía constituir parte del paisaje nocturno de aquel lado de la ciudad; sin embargo, el solo hecho de acudir religiosamente a sentarse en un escalón contiguo convertido en testigo nocturno, le confería alguna notoriedad en el sitio.

Algún tiempo atrás, a esa misma hora, el viejo había recordado que la mujer cada cierta vez entraba al bar. En dichas ocasiones, era siempre abrazando a un hombre diferente rodeándole la nuca con su brazo derecho. Hombres de menuda estatura elegantemente trajeados. Unos aretes plata columpiándole a los lados y una gargantilla de igual manufactura al contorno de su cuello de acordeón; los pies levantados por unos tacones de cierta alzada y unas ojeras que lo escrutaban todo eran su sinónimo. También en algunas noches anteriores (era su momento de sentarse a disfrutar de la música salida del grupo musical), trajo a la memoria sus gestos, su manera de andar y sobre todo su mirar profundo y misterioso. Como misterioso era el hecho de que cada cierta  vez, un hombre aparecía muerto en la penumbra de alguno de los reservados del bar dispuestos para las cuestiones más íntimas. Un impacto certero al corazón y la inmediatez del fulminante infarto, daban al traste con el conflicto amoroso dispuesto en la oscuridad del sitio.

El viejo descansa, es así, bajo una somnolencia arropada de canciones. Ahora se sumerge en  profundidades íntimas ligadas a su propia existencia. El peso de los parpados apenas le permiten tenerlos abiertos. Entre cabezada y cabezada la mopa se le revuelve ondulando un mechón rebelde que sobresale del lado izquierdo. Ahora entra al bar impecablemente de casimir inglés en un menudo, pero atlético cuerpo, borsalino gris y los pies cubiertos de piel de dos tonos. El marfil de una boquilla sobresale de su boca acariciándola con sus nudillos de oro. Pide un servicio de whisky y se sienta en una mesa cercana al grupo de músicos.

Lo curioso es que ella esté ahora allí en la barra, íngrima y sola. Sentada sobre un banco el espejo la devuelve a su lado. El neón le trasfiere a ambos un rostro nuevo, juvenil, sin la mácula de una arruga, sin el temblor indicador de sufrimiento alguno. Él, toma la determinación audaz y la invita a la penumbra de uno de los reservados. Se instalan. La mano en la entrepierna, los labios chocados, la sangre acelerada, el brazo derecho rodeando la nuca y el aguijonazo certero a la yugular.

El viejo se levanta, recoge los cartones y baja por la calle silbando un bolero de Daniel Santos.

 

                                                                   Caracas, septiembre 2015.

 

Pedro Delgado.  Publicaciones: Amor de museo, libro de cuentos, Fondo Editorial Carmen D Bencomo, Mérida. Crónicas publicadas en el diario Últimas Noticias, Ciudad Caracas, Revista Épale, y narrativa en el marco de encuentros de la Misión Cultura Corazón Adentro.

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