Cuando estás tan sola que deseas la prisión: las cárceles de Japón se llenan de ancianas

En una encuesta elaborada en 2017 por el Gobierno de Tokio, se decubrió que muchas de las mujeres que roban en tiendas aseguran no tener a nadie que se ocupe de ellas


En el artículo 91 del Código Penal español se prevé que se podrá conceder libertad condicional al condenado a prisión que haya “cumplido la edad de 70 años o la cumpla durante la extinción de la condena” y, además, cumpla otros requisitos. Esto facilita, aunque no implica obligatoriedad, que las prisiones en España tengan una tasa de población de edad avanzada muy baja. En 2008, en las cárceles españolas había más de 250 presos con más de 70 años. Según los datos de marzo de 2016 de la Secretaría General de Instituciones Penitenciarias, 1.948 reclusos tienen más de 60 años, en su gran mayoría (1.811) hombres, mientras que solo había en esta fecha 137 mujeres por encima de esa edad.

No ocurre lo mismo en Japón, país donde los arrestos y condenas de personas mayores y, en particular, de mujeres de edad avanzada, son mucho más numerosos que en otros países y que en otros grupos demográficos. El país nipón, donde más de un cuarto (27,3%) de su población tiene 65 años o más, tiene un problema en las cárceles: una de cada cinco mujeres es una persona mayor. No obstante, lacriminalidad en Japón es muy baja: la tasa de homicidios ha ido disminuyendo desde la década de los cincuenta hasta llegar a los 0,3 asesinatos por cada 100.000 habitantes: la de España es algo más del doble (0,63) y la de Estados Unidos, 13 veces más alta. De hecho, en todo el año 2015 tan solo se registró un asesinato por arma de fuego. Eso sí: las mujeres mayores condenadas han entrado en prisión por cometer, en su mayoría, delitos menores. De hecho, nueve de cada 10 mujeres condenadas fueron declaradas culpables de hurto, principalmente por robar en tiendas.

Así se desprende de una elaborada investigación de Bloomberg, de la que se extrae que tras haber pasado la responsabilidad del cuidado de los mayores a las familias y las comunidades, de la década de los ochenta al año 2015 el número de personas mayores viviendo solas se ha incrementado en más de seis veces, hasta alcanzar los seis millones. El Gobierno de Tokio elaboró una encuesta el pasado año en la que descubrió algunos aspectos interesantes: que la mitad de las personas de la tercera edad que robaban en tiendas eran mayores que vivían solos, que el 40% no tiene familia o que rara vez habla con sus personas más próximas y que, a menudo, estas personas dicen no tener quien las ayude.

Se sienten invisibles, creen que no se las reconoce más que como las que hacen las labores de la casa

Las mujeres suponen cerca de un 20% del total de las detenciones, pero con respecto a las mujeres mayores la cifra no ha dejado de crecer. Según un estudio del Ministerio de Justicia nipón, hasta 1998, menos de un 20% de las detenidas tenía más de 50 años; desde 2010, este porcentaje ha crecido hasta el 40%. Yumi Muranaka, directora de una prisión de mujeres cerca de Hiroshima, asegura que se sienten invisibles. “Pueden tener una casa o una familia, pero eso no significa que tengan un lugar en el que se sientan como en un hogar. Sienten que no se las comprende, que no se las reconoce más que como las que hacen las labores de la casa“, explica a Bloomberg. El problema añadido a su situación de indefensión social es su vulnerabilidad económica: casi la mitad de las personas de 65 años o más que viven solas también están en situación de pobreza: los hombres en esta misma categoría son solo el 29%.

Ni el Gobierno ni el sector privado han visto venir esta situación, por lo que no existen programas de rehabilitación y reinserción para este tipo de reclusas, al mismo tiempo que los costes derivados de mantenerlas en prisión se disparan. Los gastos asociados a los cuidados de personas mayores han hecho que el presupuesto para el sector sanitario dentro de los correccionales haya superado los 6.000 millones de yenes en 2015, un 80% más que una década antes. Además, los trabajos del personal de penitenciarías han variado considerablemente. Satomi Kezuka, por ejemplo, trabajadora en la prisión para mujeres de Tochigi, dice que en sus labores ahora se incluyen los cuidados por la incontinencia de las presas. “Se avergüenzan y esconden su ropa interior”, lamenta. Más de un tercio de las trabajadores en cárceles han dejado su trabajo en los últimos tres años.

“Mi vida es más fácil en la cárcel”

Aunque no todos los casos que recoge Bloomberg son iguales, algunas de las mujeres mayores que hoy están en las cárceles de Japón eran totalmente conscientes de lo que hacían cuando se metían una bandeja de carne o una barra de pan en el forro interior del abrigo. “La primera vez que entré en prisión tenía 70 años. Cuando robé, tenía dinero en la cartera. Pero me puse a pensar en mi vida… No quería volver a casa, y ahora tengo un sitio adonde ir. Pedir ayuda en la cárcel era mi única vía”, sostiene una de las mujeres, de 80 años, condenada a dos años y medio de prisión. “Mi vida es mucho más fácil en la cárcel: puedo ser yo misma y respirar, aunque solo sea de forma temporal. Mi hijo me dice que estoy enferma y que me deberían ingresar en una institución mental. Yo no lo creo. Creo que la ansiedad me llevó a robar”.

“Estaba sola todo el día, y me sentía muy sola. Mi marido me dio mucho dinero y la gente decía que tenía mucha suerte, pero no quería dinero. No me hacía feliz”, explica otra de las mujeres encarceladas en una prisión nipona, también de 80 años. “La primera vez que robé lo hice en una librería y cuando me llevaron a comisaría me interrogó un policía muy amable. Escuchó todo lo que tenía que decir. Sentí que estaba siendo escuchada por primera vez en mi vida”, añade.

Soledad. Ansiedad. Pero también desprotección económica. “La cárcel es un oasis para mí”, relata otra mujer, de 78 años. “Es un sitio cómodo, para relajarme. No tengo libertad, pero tampoco tengo nada por qué preocuparme. Hay mucha gente con la que hablar. Nos dan comidas nutritivas tres veces al día. Mi hija me visita una vez al mes. Me dice: ‘No lo siento por ti. Eres patética’. Y creo que tiene razón”.

Información de El Confidencial

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