Witold Gombrowicz: un esgrimista con(tra) la cultura

Witold Gombrowicz se fue de su Polonia en 1939 y vivió en la Argentina hasta 1963. En esta segunda patria –tal como él la denominó–, escribió gran parte de su obra, tras la aparición temprana de sus primeros relatos y la novela Ferdydurke (cuya colectiva traducción al castellano es de por sí un hito de la épica literaria porteña) en su país natal, durante la década de 1930. Trans-Atlántico, El casamiento, Pornografía, Cosmos y Bacacay (nueva edición de sus cuentos) fueron escritos en la Argentina, al igual que –casi todo– su Diario: una serie de entregas, varias por año, para Kultur, la revista de emigrados polacos publicada en Francia, adonde envió sus entradas durante la enormidad de dieciséis años. Luego de una edición española en varios tomos (no siempre todos fácilmente obtenibles) a fines de los años ochenta, y otra en uno solo, en 2005, no se había vuelto a publicar el diario completo. Ahora hay una nueva y excelente edición (736 páginas), con traducción revisada/mejorada, por El cuenco de plata, a cargo de Julio Rovelli, con un prefacio de Rita Gombrowicz.

El formato de diario le permitió a Gombrowicz usar “cualquier tema” como punto de partida, con centro en el “yo”: trajines, comidas, lecturas (de libros, de cartas de lector), viajes (varios extractados para lo que sería denominado Diario argentino –como su encuentro con los Santucho, en Santiago del Estero–), amistades y toda clase de experiencias. También hay comentarios disparatados, por así decir, suerte de relatos de ficción y breves líneas, con diversas percepciones y entonaciones, a modo de texto poético.

La “inmadurez” y la “juventud” aparecen permanentemente –como en la mayoría de sus libros– a lo largo de Diario: la época histórica, los condicionamientos sociales, culturales (el establishment “del arte” y/o “las letras”: Sur), etc., sobre (o contra) el sujeto. Gombrowicz utiliza el choque de la personalidad (la subjetividad del artista, del escritor) con la realidad objetiva (lo que incluye otros sujetos, otras subjetividades) para generar su literatura: para escribir y luchar en ese “espacio” que surge o simplemente está, existe, entre los seres humanos, para expandir y configurar su propia forma, una fisonomía particular y delimitada. Algo así como un ejercicio de esgrima verbal. Ubicándose en un linaje literario que parte de Montaigne y Rabelais, asegura: “el escritor que no sabe escribir de sí mismo es incompleto”.

En esa expansión del yo, en esa creciente plasticidad estética e intelectual, omniabarcadora, Gombrowicz responde a las acusaciones de “molesto”, “loco” y “payaso”; discute acerca de la literatura polaca (a Czesław Miłosz, entre otros), Sartre y el existencialismo, Mary McCarthy (quien le hizo perder un premio) o Cioran, y también del estalinismo, el periodismo y la crítica, y da su visión y postura ante el exterminio nazi. (Cuando Gombrowicz comienza a ser traducido y reconocido en Francia y el resto de Europa, su histrionismo, su antisolemnidad y su presunto nihilismo dan pie a toda clase de mitos infundados en torno a él.)

Gombrowicz sostiene: “No hay alternativa: sólo se puede escribir como Rabelais, Poe, Heine, Racine o Gógol, o no escribir”. Y así, con esa alta vara, se permite el tono confesional y el relato de vivencias, la polémica abierta y la “teorización”, el disparate y la nota lírica. La suya es una controversia con toda la cultura. Y a la Argentina la ve como una “nación joven”, de algún modo similar a la polaca, que debe afrontar el reto, no de “madurar” y/o “imitar”, sino de buscar “su propia forma”.

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