EL CARÁCTER DE CLASE AL DESNUDO

Neoliberalismo y literatura

Escrito por Arturo Bolívar Barretol.


El clima de una crisis civilizatoria

El mercado absoluto ha succionado la médula de la cultura y de la ideología. Ha sustituido los ideales humanísticos por una ética basada en los principios económicos de competitividad y éxito. Y las ha presentado como pensamiento moderno, novísimo y único para el progreso personal y social. El individualismo lapidario ha sido legitimado como un valor social. Es el triunfo de la barbarie. El sentimiento de extrañeza aún no termina de pasar. Y es comprensible. Estamos viviendo una crisis de civilización.

En ese clima espiritual, la creación literaria -ya en los 80 y 90- ha tendido a ser, en general, desencantada, focalizada en lo vivencial e inmediato, cargada de hastío, de un realismo procaz acorde con la dureza en que ha devenido la vida. Los paradigmas éticos, estéticos y sociales han sido abandonados. La posmodernidad es el retorno del decadentismo, pero esta vez –con el capitalismo tardío desbocado e irracional, y la derrota o repliegue del pensamiento progresivo- un decadentismo que se muestra aplastante, sin oposición: el existencialismo, el voluntarismo, el superhombre de Nietzsche, el darwinismo social, han retornado para imponerse ya a la totalidad de la vida, han pasado del ideario reaccionario burgués, antes resistidos, a dominar triunfantes toda la conducta de la vida social.

La literatura de mercado, la literatura hegemónica de hoy

Este capitalismo desbocado, este poder económico –cada vez más concentrado y global- ha ido capturado también el mercado del libro. Las multinacionales han pasado a dominar la oferta literaria, y de éstas, en el ámbito de la ficción, lo que vendría a ser lo más rentable: la novela. Con esto han dejado en la desolación, mucho más que antes, otras áreas de la expresión literaria. Un caso notorio es la poesía. “La poesía no vende”. En esta era donde se entroniza lo prosaico y mercantil, la poesía, precisamente por su propensión al simbolismo, o también, a la estética, ha sido completamente desaforada de los reflectores del neoliberalismo cultural.

Caracterizan a estos grandes grupos editorialistas -que ya no son las casas editoriales locales o nacionales- el hecho que abarcan una red de filiales en el mundo y de medios de comunicación -prensa escrita, digital, canales de TV-, además de red de librerías, incluso de cinematografía: una obra exitosa pasa inmediatamente a tener su versión fílmica.

Guiados compulsivamente por el beneficio económico, diseñan directamente los parámetros del texto narrativo que ofertan al mercado. Así, han impuesto como canon literario –en la novela, y en general en la narrativa- los preceptos de la literatura de masas, la paraliteratura, el best seller. No es que éstas no hayan existido antes –en el mundo anglosajón (en el norteamericano) han tenido vastísima presencia-, pero al lado de los patrones culturales y artísticos clásicos, eran consideradas una literatura inferior o menor, una subliteratura. Pues bien, con la totalización del mercado de hoy, éstas se han entronizado como precepto narrativo excluyente. La concepción del arte y la literatura –ya sean las del formalismo o esteticismo, o las progresivas que reivindicaban su carácter crítico y desvelador-, han dejado de ser vigentes. El interés centrado en la difusión masiva y en el gran rendimiento económico está, pues, en la base de esta orientación narrativa hegemónica. La cual se caracteriza porque los textos, de fácil corte narrativo -periodístico o con los recursos técnicos del cine-, contienen, como una receta culinaria, determinados condimentos recurrentes que apuntan a matizar y dar sazón a la trama argumentativa: acción, intriga, suspenso, misterio. Generalmente el lenguaje es neutro, estándar, sin localismos, como para la difusión global.

Han estado apelando a la temática histórica o religiosa (thriller histórico o religioso), ya que de ellas pueden ser explotados aspectos que llamen la atención, por ejemplo, romances o amoríos de personajes históricos u órdenes religiosas que fueron perseguidas y exterminadas, etc. O el tan suculento tema de la violencia, como se ha dado en nuestro país con la novelas escritas a mediados del 2000 y que han tratado el conflicto armado de los 80 y 90. Obras todas ellas con premios organizados por las grandes editoriales españolas.

Estas “historias” tienen, en general, un carácter anecdótico, centrados en los detalles individuales de los personajes, o componen un falso historicismo, acendrado en lo truculento. Nunca ahondan en las realidades del contexto y de la historia social (procesos históricos de dominación, marginación, condición social actual), como si los personajes no tuvieran nada que ver con ellas. No solo no es su preocupación central, sino que una elaboración narrativa más o menos penetrante puede atentar contra esta propuesta literaria ligera cuyo fin obvio es el consumo masivo. Y claro, no se condice tampoco con la ideología ni con la orientación cultural de estos poderes económicos globales.

De manera que este modelo narrativo y la temática que se “recomienda” está segregada directamente de esta gran industria a través del diseño editorial, “complejo constructivo de la obra”. Se promueve esta producción a través de la organización de premios. O de otras formas, hasta por encargo: “La política editorial consistía en contactar a un individuo para que presente un proyecto de novela histórica, de ser aprobado por la editorial, según los criterios de venta –que se guía por el gusto del público masivo- se hace el contrato”. (María Cristina Pons, Neoliberalismo y literatura en Argentina). Seguidamente se pone en marcha el gran aparato de la publicidad.

Los críticos literarios se han extinguido

Las grandes editoriales, al hacer desaparecer los patrones de la literatura artística –ya ni siquiera preservando el puramente formalista o esteticista- y entronizar una literatura liviana, una sub literatura a todo dar, diseñada para la venta masiva, y que es sostenida y validada fundamentalmente por el marketing, ha hecho desaparecer también la crítica literaria cultural como valoración de la obra y de su posible difusión. La crítica cultural ha sido sustituida por la publicidad y el crítico literario convencional por el reseñador rentado de los medios masivos, parte de ese aparato publicitario.

La situación del escritor en esta época

En cuanto a la suerte del escritor, el neoliberalismo ha acentuado su marginalidad.

Claro que la marginación del escritor no es nueva. Pero en épocas donde se preservaban los valores artísticos literarios clásicos, o los que derivaban de ellos, la marginación podía ser social o económica -la pobreza de los mejores artistas y escritores, o el no vivir de su arte, ha sido siempre proverbial, salvo en breves periodos-, pero su arte mismo no era negado o anulado como tal por el mundo cultural de su tiempo. Es decir, su obra no podía tener valor comercial pero no era mezquinada en su valor artístico. Y tarde o temprano podía ser reconocida. Con el neoliberalismo cultural, que es la negación misma de los presupuestos artísticos, el escritor se ve ya excluido en su esencia misma. Al imponer la estructura bestseller como modelo narrativo difundido y celebrado, la exclusión adquiere un carácter letal. Puesto que, cuanto más artística y compleja sea la obra del escritor, con mayor razón será vetada, pero ya no solo de ser difundida, pero ni siquiera tomada en cuenta por el actual mundo literario muy imperativo. Hasta los grandes autores del pasado –clásicos o modernos- han sido sacados de las librerías, escuelas o universidades, y, cada vez más, echados de los medios del mundo de esta poscultura. Desde Cervantes a César Vallejo, el neoliberalismo les tiene jurada su muerte definitiva. La escala de valores del neoliberalismo está declarando, con la liquidación del arte literario, la muerte artística no solo de los autores vivos, también de los históricos que habían sobrevivido por la validez de sus obras. Ya ni siquiera el autor de corte elitista, el del canon de cierto tiempo pasado, el formalista o esteticista, tiene cabida. Peor aún el escritor que propende a una literatura crítica, desveladora, transformadora (pero este último ya no puede reclamar, en las condiciones que plantea el neoliberalismo, sino una posición de lucha social y política).

Las editoras locales o nacionales, hoy en crisis gracias al poder económico global, tampoco pueden ya acogerlos como lo hacían antes. El escritor se debate, así, entre ser completamente ignorado o coquetear con el canon. No pocos han caído en esto último.

Este canon bestselleriano está reservado solo para esa casta que calza -por origen social y por ideología, o solo por ideología- con esa literatura. Es decir, el escritor de tendencia liberal, “moderna”, en definitiva el escritor de percepción neoliberal, y dispuesto, en concordancia con su ideología, a convertirse, sin ningún remordimiento, en un mercenario de la literatura. Y a esa casta y a esa literatura es a la única que alumbra el foco “cultural” de nuestra época.

El neoliberalismo nos muestra al desnudo el carácter de clase de la literatura

La literatura de mercado es por naturaleza una literatura del status quo. Al estar capturada prosaicamente por el poder económico es obvio que ha sido puesta al servicio directo del orden establecido, como en ninguna etapa anterior de la historia moderna. Cosa interesante, el neoliberalismo muestra al desnudo el carácter de clase del arte y la literatura. Ha zanjado con el debate entre el elitismo y el progresismo cultural, dándole un golpe mortal al primero: el arte y la literatura están, efectivamente, impregnadas de su tiempo y, en el conflicto social, obedecen a un interés determinado. El neoliberalismo le ha dado la razón al socialismo que sistematizó y abrazó esta concepción del arte y la literatura. La literatura elitista, evasiva, formalista o esteticista, o de la torre de marfil, pretendía estar por encima del conflicto social –aunque, con su vocación elusiva, expresaba el miedo y la incomodidad ante las fuerzas sociales que cuestionaban el sistema dominante en crisis, del que era parte, y por eso la evitaba-, no obstante, era sutil: con su formalismo y esteticismo aparentaba esa distancia con lo social y político. Con el neoliberalismo, es decir, con el poder económico actual que tiene cautiva y prostituida a la literatura, se ha dejado toda sutileza; al convertirla en producto-mercancía, está, a) como nunca antes fabricada para su beneficio económico directo y, b) completamente a su servicio ideológico, ya que, siendo banal, una no literatura o un no arte, no puede ser ni crítico ni desvelador vital o social; está puesto al servicio, ya sin fisura, del establishment.

Pero al mostrar, abiertamente, cómo el arte y la literatura están vinculados directamente al interés económico y social dominante -en este caso al capitalismo salvaje que barbariza y prostituye el arte y la literatura-, automáticamente el neoliberalismo nos plantea que la única posibilidad de liberación de la cultura y del arte, la única posibilidad de progreso cultural, literario y artístico, es cuestionando el sistema que lo está pervirtiendo y destruyendo. Por tanto, un artista o escritor que hoy pretenda preservar el arte y la literatura sin querer ver la condición social que atraviesa, estaría sosteniendo un absurdo contrasentido, sería un artista o escritor ya completamente desfasado, ridículo, o abiertamente un cómplice del deterioro cultural y literario. El neoliberalismo nos enseña, con una evidencia cruda y desde su control dictatorial, que el arte, la cultura y la literatura son dependientes del orden establecido. Siempre lo fueron, solo que ahora el neoliberalismo nos lo revela con la crueldad y desvergüenza propia de su totalitarismo autodestructivo e irracional. Y con la fuerza de sus golpes más duros, nos indica que la salvación del arte, la cultura y la literatura solo son posibles cambiando ese orden social dominante. La obra que, conscientemente, se tense sobre esta crítica realidad, y el escritor o artista que también, conscientemente, asuma el compromiso social, que asuma esta concepción del arte y la literatura vinculada a la lucha por cambiar este orden, no es que esté asumiendo una opción, es la única opción coherente que nos exige el desembozado capitalismo actual. Queda, por tanto, derrotada, y desfasada, la concepción elitista y evasiva de la literatura.

La concepción literaria del arte-vida y del artista como hombre integral que, en el conflicto social, asume una posición comprometida por el cambio, no es que sea solo una teoría progresiva que está comprobando su verdad, sino que está colocando a los creadores en la necesidad histórica y urgente de asumirla. El neoliberalismo confirma la concepción marxista.

El neoliberalismo moviliza su propia negación social y cultural

Y, por eso mismo, la dictadura neoliberal no es homogénea, agudiza aún más todas las contradicciones sociales y extrema los propios elementos materiales de su negación. Así, la tecnología comunicacional, que ha integrado a la humanidad como en ninguna etapa anterior, acelera un proceso de democratización social y cultural. Hay una base popular, cultural y social, que emerge al ritmo de la novísima tecnología: edita, publicita y difunde sus propias creaciones –y con ellas su propia ideología-, alternativas a la dictadura de las multinacionales. Los grandes conglomerados editoriales ven socavados su propio formato convencional (el libro de papel) con las posibilidades de lectura e información que brinda el formato digital cada vez más perfeccionado (el libro electrónico), tecnología que, incluso, ha hecho saltar hasta el techo –repudiándola- a ciertos escritores de élite acostumbrados a vivir de la difusión exclusiva de sus obras con los patrones del negocio editorial tradicional.

Todo esto, además de las recurrentes crisis económicas globales, tras una primera etapa de dominio neoliberal, está haciendo que las multinacionales del libro vean cada vez más afectadas sus posibilidades de crecimiento.

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