PARIR.

Sentí como las baldosas de hielo debajo de mí, vibraban con el inconfundible traqueteo de pasos. Unos zapatos blancos balanceándose sobre la altura kilométrica de sus tacones, entraron al cubículo y mientras la puerta se cerraba, se alinearon a cada lado de la base de la poceta en la misma postura que generalmente adopta una mujer tras otra.

Esperaba oír los ruidos acostumbrados, el chorrito, la mano rasgando el papel higiénico. En cambio, vi como una gota roja aparecía desde lo alto y se estrellaba en el suelo desparramándose con la velocidad de su liquidez.

La mujer alcanzó a emitir lo que nació como una mentada de madre, pero que al final encalló en un atragantamiento y comenzó a llorar; a los pocos minutos inició una conversación en la que apenas se adivinaban las palabras:

– Aló… ¡me vino, me vino! ¿Cómo se lo voy a decir?… hemos gastado una fortuna ya… no, esto no aguanta más, ahora sí va a dejarme.

Tres horas después, cuando pasó el tránsito vigoroso del medio día, ellas entraron juntas. La primera se detuvo en la puerta y golpeaba el piso impacientemente con la punta del zapato. La otra calzaba unas sandalias que apenas lograban contener sus pies rojos e hinchados, de inmediato me di cuenta que estaba embarazada.

-¿Cuántos hijos tienes tú?  -preguntó mirando de arriba hacia abajo el vientre plano de la otra-

-No, no tengo.

-¡¿Y eso?!, ¿no puedes?

-No, es que no los he buscado.

-Ah pero ya te sale, ¿cuántos años tienes?

-Treinta y dos.

-¡Uy! ¿Y para cuándo lo vas a dejar? si uno lo piensa mucho no tiene sus hijos.

– Eso dicen… -el zapateo del pie izquierdo aumento de velocidad-

-Cuando salí embarazada del primero mi pareja y yo ni siquiera vivíamos juntos, ¡pero hasta mi hermana menor ya tenía una niña, imagínate!

– Sí… me imagino…

La mujer se desconcertó, no llegaba a interpretar el tono de la respuesta. Para llenar el vacío y con el rictus que da la costumbre, acercó las palmas extendidas al lavamanos y las sumergió en el agua. El acto, pareció engrandecerse en su doble sentido cuando ella continuó:

-Ahora que salí embarazada mi pareja no quería, que si porque la vida está muy dura, que si porque se nos iba a complicar el día a día, que si porque él iba a tener que abandonar sus planes. Pero yo estaba loca por tener la hembrita, y ni me empecé a cuidar después del parto. Él todavía esta molesto, pero cuando llegue la niña se le tiene que pasar.

-Mmmm…  ¿y a ti te gustaría que un tipo te preñara a propósito, sin que estuvieras de acuerdo?

No alcancé a oír la respuesta, se perdió bajo el llanto del niño que despertó con hambre.

La noche siguiente un poco antes de que las luces se apagaran, se desarrollaba la rutina nocturna. Como siempre primero llegó el olor industrializado a “flores frescas”, después los pasos y el golpe del tobo lleno de agua al caer sobre el suelo. La mopa empezó a deslizarse cansadamente, una voz joven gritó desde el pasillo:

-Abuela, ¿le queda un cigarrito?

-¿Pero niña y tú no lo estabas dejando?, ven, toma.

-Gracias, ¿y qué más?, ¿cómo siguió el pleito en su casa?

La muchacha entró, caminó hasta el lavamanos y se sentó sobre el tope. Ese día como desde hace un par de meses llevaba una falda larga, sus piernas se balanceaban en el aire. Por primera vez alcancé a ver que una cicatriz redondeada le sombreaba la pantorrilla.

– Todo más o menos igual, Carlos sigue sin hablarme. Pero figúrate, ¿a ti no te parece raro? Ese muchacho no hace sino tomar caña con los amigos y leer libros que hablan pura paja, en eso se le ha pasado la vida y nada que asienta cabeza, que forma familia, ¡ni siquiera un hijo tiene!

-Pero, ¿por qué él dejó de hablarle?

-Es que se la canté claro, le dije que yo no le voy a durar toda la vida, y le pedí que al menos me diera un nieto. Y… bueno… le pregunté que si era del otro lado.

-¿Del otro lado?, ¿qué?, ¿chavista?

-No chica, gay.

-¿¡Carlos!?   -y reventó en carcajadas con una risa como de campanita de heladero-

-Sí. Es que toda la familia me tiene loca preguntando qué para cuándo pare Carlos, incluso algunos andan haciendo chistecitos. ¿Pero de qué te ríes tanto?

-Ay vieja, usted ve esta quemada que tengo aquí en la pierna, eso fue bajándome toda deslumbrada de la moto, el día que Carlos me dio la cola para la casa. Ese hijo suyo es del lado, pero de los atacones, ¿oyó?

Llegó otro día y transcurrió sin más distracciones que las ocasionadas por unas adolescentes que entre chistes y risas de envidia, escuchaban a una nena con las piernas recubiertas por unas largas medias vinotinto, relatando que su novio jamás se había quejado, ni mostraba desagrado por usar el condón.

Esa noche, la mujer llegó un poco más temprano que de costumbre. La reconocí por la risa de campanita de heladero, venía con otra muchacha aún más joven, que caminaba arrastrando los pies.

-Bueno ahora sí, me tienes curiosa, ¿al fin me vas a contar qué es lo que te pasa? –y el aire se llenó con notas de mantecado y café-

-Que estoy preñada, es eso.

-¡Gloria a Dios! ¿Y desde cuándo? Miguel debe estar feliz.

-Todavía no le he dicho. Es que, por eso quería hablar contigo… -y la voz se le puso delgadita- estoy pensando no tenerlo.

-Tú estás loca, ese es un pecado muy grave.

-¿Tú crees?

-Sí, mira, si estás embarazada es por la voluntad de Dios. Y tú ni nadie tiene derecho a quitarle la vida a ese niño. Si Dios te lo mandó es por algo, él siempre sabe lo que nos conviene.

-Si Dios sabe algo, -empezó a decir exasperada- es que yo en este momento no puedo tener un hijo, pero además, ¡es que no quiero!

La muchacha, empezó a verter lágrimas. Un llanto desesperado iba en aumento; de pronto se llevó las manos a la boca para contener una arcada nerviosa, era tarde. Un vómito amargo hacía de las suyas.

Quince minutos más tarde, un poco más serena, continúo.

-Si los hijos vienen por responsabilidad de Dios y él sabe tanto, ¿por qué le manda hijos a tanta carajita que después ni sabemos qué hacer con un muchacho? Para mí que Dios no tiene nada que ver en esto -y se le quebró la voz-

-Lo único que debes saber, es que debemos respetar la vida de todos los seres sobre la tierra estén nacidos o no, sin distinción de ningún tipo.

Yo estaba petrificada oyendo la conversación de ambas mujeres, en mi opinión los hijos vienen cuando vienen y ya, no es cuestión que amerite tanta reflexión o previsiones, ¡ni que fuese de vida o muerte!

Sin embargo, me conmovía tanto dolor, y sin darme cuenta salí del hueco en la baldosa y caminé unos pasos. El revuelo de la falda larga me alertó, ella me había visto.

-¡Una chiripa! Mátala, esas bichas se reproducen rapidísimo y cuando vengamos a ver, nos llenan el baño.

La sombra enorme de una suela se proyectó sobre el piso.

Foto: © Mey-Ling Rivero

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