EL DÍA QUE PLAGIÉ A GIOVANNI

A lo largo de mi vida he escrito muchísimas cartas, comencé en este oficio a muy temprana edad puesto que nací romántica y apasionada.

A mi primer amor lo conocí en el preescolar. Era el niño más orgulloso que haya existido, pero tenía unos ojos tan hermosos que hacía que valiera la pena tolerarle casi cualquier defecto.

Digamos que se llamaba Fernando por conservar su anonimato.

Fernando y yo discutíamos frecuentemente y todas las veces que eso ocurría yo tenía el trabajo de hacer alguna cosa que provocara la reconciliación. Con la edad que teníamos la forma no era tan obvia como lo es ahora, así que me tocaba usar la imaginación.

No me podía dar el lujo de esperar a que él diera el primer paso, no, yo tenía que hacer lo necesario para que acabara la molestia entre los dos, puesto que sabía perfectamente que de lo contrario él permanecería ausente de mi vida eternamente, desde el momento en que ceder no estaba dentro de sus opciones.

Recuerdo una carta en la que le escribí que por favor volviera a hablar conmigo porque lo extrañaba demasiado. Se contentó automáticamente y seguimos la vida como si nada hubiera ocurrido; volvió a ser mi adorado futuro esposo.

Años después en el colegio conocí a la primera persona que consideró mi escritura como algo digno de aprovechar, era mi mejor amiga y durante el tiempo que estudiamos juntas yo escribí, a petición suya, las cartas que iban dirigidas a todos sus enamorados. Ella me decía con sus palabras lo que sentía por el afortunado de turno y yo me inspiraba en redactar sus sentimientos de la manera más romántica que fuera posible.

Durante esos años de colegio aumentó considerablemente el número de cartas, no solo por los novios de mi amiga sino porque yo tuve la inmensa fortuna de conocer al segundo amor de mi vida.

Entonces escribía constantemente a mano, por correo, en rima, en verso, como fuera. Sentía muchísimo y algo había que hacer con todo eso. Hacía cartas tan cargadas de amor como de terribles errores ortográficos, tan vergonzosos para mí que deseo de corazón que hayan sido destruidas por el tiempo.

Escribí cartas, escribí poemas, escribí hasta grafitis. Regalaba canciones ajenas, me inspiraba y escribía yo misma, unas letras nefastas que mis amigas más cercanas me celebraban.

Recibí algunas cartas también yo, sin embargo no están en mi memoria, posiblemente estaban hechas de frases largas y complicadas, de razonamientos lógicos, de cuidado.

Pero hay una que sí recuerdo, no solo por la particularidad de las circunstancias en que fue entregada y por las características de su remitente, sino también y sobre todo por la hermosura y simplicidad de su contenido.

Yo tenía 17 años, acababa de terminar la última clase y me dirigí al transporte del colegio que me llevaría a casa. Cuando subía los escalones del autobús amarillo con su característico olor a gasolina, alcé la cara y arriba estaba un niñito de 7 años, con su camisa blanca del uniforme bien arreglada dentro del pantalón y peinado como si fuera la primera hora de la mañana.

“Hola ¿Cómo estás?” Lo saludé.

Alzó las manitos y me dio una hoja de cuaderno doblada en cuatro partes.

“A ver qué es esto”, la recibí. Era una carta escrita con letra de 7 años que decía:

“Sé mi novia, a ti nunca te dejaría” Giovanni.

Sin saber qué hacer le sonreí, lo abracé fuerte y le di las gracias.

Era la carta más bonita que había leído. Con poquísimas palabras, decir tanto… un poema hermético.

A ti nunca te dejaría. Es como decir “no te cambiaría por absolutamente nada en el mundo” o “eres todo lo que quiero, eres más que suficiente”. ¿Qué más se podría esperar?

Pasaron varios años y seguí recordando la carta.

Hasta que un día… plagié a Giovanni.

La inmensidad del amor que sentía me convirtió en una niña chiquita de unos 7 años, diciendo, también a mano y en una hoja de cuaderno “sé mi novia, a ti nunca te dejaría. Fernanda”.

Y recibí a cambio una sonrisa, un abrazo fuerte y por supuesto las gracias.

Me consolaré con la esperanza de que jamás sea olvidada la carta que le escribí con marcador rojo al tercer amor de vida.

Abogada de la Universidad Católica Andrés Bello, locutora de la Universidad Central de Venezuela y escritora autodidacta.

María Fernanda Salazar Acuña

Abogada de la Universidad Católica Andrés Bello, locutora de la Universidad Central de Venezuela y escritora autodidacta.

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