LOS BESOS DE LUCRECIA

Escrito por Tibisay Mendoza

Aquella noche que llovía se podía respirar el olor a tierra mojada, dentro de la tenue habitación cada beso dado en el cuerpo de Lucrecia se fueron grabando en su tez blanca, delgada y suave, cada uno de esos besos fueron buscando su espacio, cabalgaban por mapear ese cuerpo, fue una batalla campal que fue tomando territorio y se fueron tatuando, cincelando.

En un principio Lucrecia quería quitárselos, quería lavárselos llegaba a la ducha, se desnudaba y se quedaba minutos frente al espejo mirándolos, luego se lavaba y los acariciaba sentía como habían sido pincelados cada beso en su cuerpo, entre sus piernas, en sus nalgas, el que más le costaba lavar era justo el que se acomodó en su cuello detrás de su oreja, porque le hacía rememorar cómo le hizo el sexo aquella noche.

Al final de mes ningún beso se borró, ni salieron corriendo como ella pensó que probablemente pasaría, por el contrario los besos se fueron transformando en algo que podría decirse que reverdeció, se volvieron capullos, maduraron y luego se fueron descomponiendo.

Cada minuto que el galope de los besos empalidecían, Lucrecia gemía de placer, porque para ella esos besos habían tomado vida propia por las noches, cuando la luna alcanzaba su punto cumbre, los besos la hacían delirar se convertían en pequeños gusanos que comían de su cuerpo. Lucrecia dentro de su delirio deseaban que aquellos esponjosos gusanos que se retorcían se la comieran viva que no quedara ningún pedazo de su piel, sobre todo de su corazón, deseó que le comieran el clítoris, luego la boca, y por último sus dos medias circunferencias de donde brotaban sus pequeños pezones rosados.

Cada gusano era feliz en el cuerpo delgado y asimétrico de Lucrecia porque al fin habían encontrado la paz de su existencia.

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